Opinión

Tenemos que hablar

La imposibilidad de la escucha, del diálogo, del entendimiento y las soluciones parecen volverse la constante. | Fernanda Salazar

  • 06/11/2020
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El reciente plebiscito en Chile y las elecciones de esta semana en Estados Unidos parecen ser dos caras de una misma moneda. La insostenibilidad de sistemas racistas, desiguales, violentos y excluyentes en los que quienes históricamente han detentado el poder se rehúsan a perderlo.

En Chile, la movilización social ha logrado, tras años de lucha, manifestaciones y represión, poner sobre la mesa -con éxito- la necesidad de un nuevo pacto social. Mientras, en Estados Unidos la división enraizada en el racismo y lo que Greene califica como “el placer visceral de la dominación” tiene a ese país cada vez más visiblemente confrontado, con consecuencias sociales y políticas que aún están por verse.

La violencia, la desigualdad y, particularmente, la resistencia a perder poder de quienes lo han detentado históricamente, están al centro de las más duras batallas por la forma y el rumbo que debe tomar el mundo hacia delante y el lugar que cada individuo y grupo social deben y pueden tener en él.

Un ejemplo de esto es la reacción de los mercados que, en palabras de Enrique Quintana, estuvieron de fiesta tras el día de la elección mientras una nación está polarizada y en vilo.

La explicación de este analista económico pasa por el hecho de que, a pesar de la incertidumbre en la presidencia, la casi certeza de que los Republicanos mantendrán el Senado implica que, si el candidato demócrata gana la presidencia su margen de acción para hacer reformas a los impuestos o a las grandes empresas tecnológicas, e incluso al sector energético, puede ser muy limitada. Es decir, el centro del poder no se desplaza aún si la gente lucha en las calles y con su voto por transformarlo. Y al final, en eso se resume todo lo que está mal con nuestras democracias. ¿Qué tanto podemos cambiar lo que nos afecta?

No quiero decir con esto, de ninguna forma, que daría igual el resultado de una elección, pero sí que los cambios en las cúpulas del poder difícilmente traen cambios profundos si no es con la fuerza de la sociedad.

¿Pero qué pasa cuando los países están tan profundamente divididos?

La imposibilidad de la escucha, del diálogo, del entendimiento y las soluciones parecen volverse la constante. Lo vemos incluso al interior de movimientos sociales que comparten principios generales (aunque no necesariamente las soluciones). Ahí, lejos de buscar diálogos al interior de diversas corrientes y partir, mínimamente, de la validación de la otra/otro como interlocutor, se descalifica públicamente a quien piensa distinto sin entender las razones o las motivaciones detrás de ese pensamiento. Nos quitamos a nosotras y nosotros mismas la posibilidad de descubrir que quizás hay puertas, si no para acuerdos totales, sí para caminos comunes.

Si eso es así dentro de los movimientos por justicia social, esto se está volviendo prácticamente inmanejable entre quienes no comparten visiones del mundo, como claramente está pasando en muy diversos países.

El documental social dilemma nos reitera, con gran claridad, eso que sabemos desde hace años: las redes sociales se han vuelto más un espacio de desencuentro que de encuentro. Más un espacio de regresar a nuestras zonas de confort que una exposición y convivencia real con la diversidad. Un espacio en donde podemos dejar a alguien hablando sola o solo, porque lo que nos importa es sólo decir lo que nosotres pensamos. De ahí la precisión del concepto de cámaras de eco.

Pero lo que el documental no dice es que en el fondo de todo esto está la defensa del status quo; la nostalgia de sociedades homogéneas dominadas por un grupo específico de personas que no toleran la idea de que las estructuras que han permitido su dominio se desmoronen.

El problema de la polarización no se origina por quienes rompen vidrios o tiran monumentos en reclamo por justicia. Lo cierto es que eso está siendo utilizado para atemorizar, reforzar estereotipos y fortalecer el poder de quienes no quieren dejar el dominio.

Por eso tenemos que hablar. Hacernos más resistentes al debate. Hacernos más capaces de argumentar e intercambiar ideas. Reconocer a otres, que no son quienes realmente detentan el poder de opresión, como interlocutores. Reconocernos a nosotres en esa cadena de dominaciones para entonces alejarnos de la soberbia de quien “alecciona”. De no hacerlo, lejos de lograr cambios sostenibles, nos estamos llevando hacia la imposibilidad de convivencia pacífica en democracia y al encumbramiento de personas que no deben seguir teniendo el poder.

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