Opinión

Superar la pobreza sin acceder a la modernidad

Las cosas se fabrican para no durar, para que se vuelvan moda y para obligarnos a cambiarlas por razones de estatus. | Jorge Faljo

  • 05/01/2020
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Con el riesgo de que se considere broma, o un tema banal, dedico este artículo a la moda como un serio obstáculo a las transformaciones que necesitamos. Entre ellas disminuir la inequidad; suspender la destrucción de nuestro entorno; recuperar un estado fuerte capaz de impulsar una política industrial y rural y, finalmente, construir una nueva relación entre gobierno y población sustentada en una auténtica democracia participativa.

Ninguno de estos cambios es independiente de los demás; todos son facetas de una sola gran transformación. Y uno de los mayores obstáculos se encuentra agazapado; es la moda. Se trata de la multiplicación del consumo originada en cambios sin sentido.

La economía del planeta se atasca debido a la debilidad de la demanda. Existen vastos potenciales de producción agropecuaria e industrial que, aunque técnicamente viables, no son competitivos respecto de la producción de los grandes consorcios internacionales. La respuesta puede y debe ser la creación de esferas de producción y comercio que no compitan con aquellos.

Pero hay algo más; no se trata de elevar la producción imitando el estilo de consumo de la población de los países industrializados. Es ese modelo de consumo el que está destruyendo el planeta.

Lo mismo puede decirse del argumento de que México cuente con un Estado fuerte, con políticas industrial y agropecuarias orientadas a elevar el consumo y bienestar de la mayoría. Sí, pero sólo funcionará si es parte de un viraje en el modelo de consumo que se ha impuesto para los que lo pueden pagar y que se impone en la mentalidad de los que no lo pueden hacer. No será posible superar la pobreza si el intento es que los ahora pobres accedan al consumo que el Netflix nos presenta como normal. Esas son falsas ilusiones.

No es un problema menor; tal vez el descontento que manifiestan en muchos países los grupos de población que han visto mejorar su situación se origina a que en su mente se quedaron a medias. Ahora son menos pobres, pero siguen sin acceder a los bienes de las clases medias acomodadas de los países industriales.

Es fundamental que en una nueva relación entre pueblo y gobierno ocurra un diálogo profundo en el que se entienda que acabar la pobreza no puede llevar al consumo occidental privilegiado. No puede porque no alcanzarían los recursos y porque en buena medida es un consumo altamente destructivo.

¿Qué tiene que ver la moda en esto?

Hay que pensarla en un sentido amplio. La industrialización occidental se ha basado en la proliferación del automóvil, de carreteras, espacios de estacionamiento. Y la fabricación de automóviles se ha basado en crear en los consumidores el impulso a cambiar de automóvil cada año. Los cambios de diseño, de calaveras, luces, colores y demás son modificaciones superficiales que provocan, con éxito, la compra de automóviles más allá de lo racional o meramente práctico.

Un auto nuevo es un producto altamente contaminante; no me refiero a que vaya a serlo en el futuro, sino a que por el sólo hecho de fabricarlo ya generó una gran contaminación. Un auto tiene cerca de 30 mil componentes producidos en todo el planeta; así que bien podemos decir que un auto nuevo ya recorrió miles de kilómetros; los de sus componentes.

Es paradójico que la lucha contra la contaminación haga del gobierno un aliado de la industria para provocar que los consumidores desechen su automóvil y lo cambien por otro que, por varios años, va a contaminar menos. La respuesta debiera ser otra; combatir el cambio indiscriminado de algo que sigue siendo funcional. Y eso puede lograrse exigiendo a los corporativos automovilísticos que extiendan garantías de largo plazo. Un auto un poco mejor hecho puede durar 50 años; así que obligar a garantías de 20 años; con diseños que permitan mejoras parciales a lo largo de ese tiempo sería más lógico que impulsar el exceso de producción de vehículos.

Hace 20 años había 14 millones de teléfonos celulares en el país; hoy pasan de 100 millones. Han tenido mejoras, pero incluso el más simple cumple con su función esencial. Las compañías telefónicas difunden un estilo de consumo adictivo y siempre en espera del modelo más reciente. Lo que hace que no nos parezca tan extraño que nos obliguen a cambiar de teléfono al recontratar sus servicios. El Estado, en alianza con los consumidores debiera en este otro caso exigir productos garantizados por un mínimo de 5 años y prohibir la venta forzada. Técnicamente es posible. Eso nos ahorraría lo que ya son miles de toneladas de desechos telefónicos al año.

Desde hace decenios impera en la industria el concepto de obsolescencia planificada. Las cosas se fabrican para no durar, para que se vuelvan moda y para obligarnos a cambiarlas por razones de estatus. Se da en la venta de automóviles, celulares, electrodomésticos y electrónicos.

Ocurre también con la ropa. En los años ochenta del siglo pasado, en los Estados Unidos, el consumo per cápita de prendas de vestir era de doce al año. Ahora el éxito de las grandes cadenas de tiendas que venden ropa de moda se basa en inducir la rápida obsolescencia de diseños y colores.

Dado que gran parte de los consumidores usarán esas prendas pocas veces se ha generado un problema de manejo de desechos. Y son básicamente desechos plásticos. Una mínima parte de lo que terminan desechando los consumidores se vende barato a los pobres, incluyendo la ropa de paca, por tonelada. Pero la mayoría va a dar a los vertederos de desechos o se quema. Lo que contribuye a la seriamente a contaminación ambiental.

Y no se diga el conocido problema de los plásticos que no se destruyen; más bien se desintegran en partículas minúsculas y que ya son parte de los pescados que consumimos.

Construir una sociedad equitativa requiere cambiar hacia un modelo de consumo racional, lógico. No el consumo dictado por la obsolescencia planificada, que promueven prácticamente todas las industrias. Algo que podría ayudar a dejar de ser esclavos de la moda y del consumo innecesario sería que los productos tengan etiquetas ecológicas. En el caso de un automóvil la etiqueta diría que producirlo requirió 148 mil litros de agua; o que unos jeans necesitaron 8 mil litros de agua. Y que en ambos casos el porcentaje de reciclamiento efectivo de sus componentes es ínfimo.

Avanzar hacia una sociedad regida por la justicia social demanda cambiar el estilo de consumo. Lo que en la práctica significa usar el mismo auto, celular y ropa por mucho más tiempo. Usar las mismas bolsas de mandado una y otra vez. Sólo con estos cambios podremos detener la destrucción de la naturaleza y, a la vez, avanzar hacia la equidad.