Opinión

Sufragio efectivo. No reelección

Lo de la ‘no reelección’ es un punto clave de confianza en el gobierno de AMLO, y en él mismo, si en efecto él decide no contender. | Joel Hernández Santiago

  • 20/03/2019
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El 14 de marzo, con 329 votos a favor y 153 en contra, la Cámara de Diputados aprobó el dictamen para la reforma Constitucional en materia de Consulta popular y Revocación de Mandato, para así poner a decisión ciudadana, durante el proceso federal intermedio de 2021, la continuidad o no del presidente Andrés Manuel López Obrador. Ésta reforma pasa ahora al Senado de la República y una vez aprobada pasará a los Congresos de los Estados para su ratificación.

Esto es el cumplimiento de un ofrecimiento de campaña por el por entonces candidato de “Juntos haremos historia” que decía que “cada dos años se hará una consulta popular para someterme al escrutinio popular y que sea el pueblo el que decida: El pueblo pone, el pueblo quita”, decía entonces, y ahora. Luego pasó a ser ‘cada tres años’. Está bien.

Aquello que era una muestra de seguridad en su propia fortaleza, confiado en que sus propuestas eran y son lo mejor para el país y sus habitantes para hoy y en el futuro y que, por lo mismo, el pueblo bueno las apoyaría. Y reiteraba que es un asunto de gobernar con el pueblo porque “mi único jefe es el pueblo”. Está bien y es cierto. Como el pueblo es el jefe de legisladores y ministros.

El tema parecía ser menor durante estos meses. Ocupados todos en asuntos como la cuestión energética, o económica o de reformas constitucionales para la creación de la Guardia Nacional… y más. Sin embargo, una vez que se aprobó esta Reforma Constitucional comenzó el jaleo para acusar que lo que López Obrador estaba buscando era la reelección para 2024, toda vez que supone que su fortaleza de hoy será la misma para 2021 y más…

Todo esto tiene que ver con la historia política de nuestro país. No sólo porque en la Constitución de 1917 se cerraba el paso a la reelección política de presidentes luego de un siglo XIX plagado de reelecciones, como también durante la gestión de Porfirio Díaz que se mantuvo 32 años en la presidencia y, por lo mismo se hizo una Revolución para cambiar “el antiguo régimen” bajo el principio irreductible del “Sufragio efectivo. No reelección”.

El maderismo estaba ahí, en su tono más democrático en momentos en los que “México ya está preparado para la democracia” diría en 1908 el mismo Porfirio Díaz. Pero democracia ahí no era sólo el apotegma, como sí era la participación ciudadana para decidir a quienes deberían gobernar al país y ser parte del Congreso mexicano. Luego ocurrió un malvado golpe de Estado por el que fueron asesinados el presidente Francisco I. Madero y el vicepresidente, José María Pino Suárez.

Lo que siguió fue una Revolución que enfrentó a distintos grupos que querían a un país distinto; algunos más en el tono social, otros más en el tono político. Ganaron los ‘constitucionalistas’ aunque la Constitución del 17 recogería algunas de las propuestas agrarias y obreras del movimiento. Por esa Revolución murieron un millón de mexicanos y otro tanto salió del país.

Luego no se cumplió. Álvaro Obregón, triunfador, y quien había peleado por la no reelección y el voto efectivo fue el primero en romper la regla porque había sido presidente de México de 1920 a 1924, pero se propuso para volver a ser presidente de 1928 a 1932. En julio del 28 lo mataron.

Plutarco Elías Calles se hace del poder y una y una, y una vez más impuso a los presidentes del país, en una forma de reelección a la que se denominó Maximato. Lázaro Cárdenas (1934) rompe esa regla y manda a volar a Calles en 1935. Cárdenas modifica el tiempo presidencial de 4 a seis años y así.

En adelante el Partido Revolucionario Institucional (PRI) se mantuvo en el poder ‘por las buenas o por las malas’. Por entonces hablar del sistema político mexicano era referirse única y exclusivamente al régimen priista prolongado hasta 2000. Más de setenta años en el poder hacían lo que Vargas Llosa llamó: “una dictadura perfecta”. Lo que también era una forma de reelección permanente. Eso fue así.

Esta vez Andrés Manuel López Obrador propone la consulta para que el pueblo califique su gestión a mitad del camino y decida si debe seguir o no.

Pero también, quienes lo ven desde otra perspectiva, dicen que es un intento previo a la elección presidencial para fortalecerse en el poder una vez que podría aparecer su campaña de revocación o no de mandato en 21 con vistas a 2024 y toda vez que su presencia en 21 fortalecerá –dicen- al partido Morena, que podría debilitarse sin la presencia de AMLO por quien se votó en 2018… y más que se dice.

El presidente apareció el 19 de marzo para enfatizar que no quiere la reelección, que es un político con espíritu maderista y que una vez que concluya su gestión en 2014 se irá a refugiar a sus palmares en Palenque, Chiapas. Está bien.

Y este mismo día firmó en su conferencia matutina, y de forma pública que no se reelegirá en 24 para el siguiente periodo presidencial. Pero también acusó a sus adversarios: “Mis adversarios políticos, los conservadores, que creen que soy como ellos porque su verdadera doctrina es la hipocresía. Vociferan que la propuesta de la revocación de mandato encubre la intención de reelegirme en 2024”, afirmó. Pero les hizo caso, y firmó.

Está bien que el presidente tome estas decisiones que precisan el alcance de las medidas que va tomando. Que sea así siempre será muy sano para todos. Lo de la ‘no reelección’ es un punto clave de confianza en su gobierno, y en él mismo, si en efecto él decide no contender y si se sustrae a la tentación de imponer ‘por la vía legal’ a su sucesor, a la manera de don Plutarco.

Así que es buena noticia esta. Y lo será mejor si se cumple la regla maderista, esta vez sí, del “Sufragio Efectivo. No reelección”.

Cien días de dimes y diretes

@joelhsantiago | @OpinionLSR | @lasillarota