Opinión

Sueño de una tarde dominical en el museo Dolores Olmedo

Y de las tantas maneras de amar a México.

  • 23/09/2014
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“¿Me quieres, Diego? Es doloroso sí, pero indispensable saberlo. Mira Diego, durante tantos años que estuvimos juntos, mi carácter, mis hábitos, en resumen, todo mi ser sufrió una modificación completa: me mexicanicé terriblemente y me siento ligada par procuration a tu idioma, a tu patria, a miles de pequeñas cosas y me parece que me sentiré muchísimo menos extranjera contigo que en cualquier otra tierra… Son nuestros amigos mexicanos los que me han animado a pensar que puedo ganarme la vida en México, dando lecciones. Pero después de todo, esas son cosas secundarias. Lo que importa es que me es imposible emprender algo a fin de ir a tu tierra, si ya no sientes nada por mi´ o si la mera idea de mi presencia te incomoda… Por eso te pido Diego que seas claro en cuanto a tus intenciones.

 

Para mí, en esta semana, ha sido un gran apoyo la amistad de los pintores mexicanos en París, A´ngel Zárraga sobre todo... En medio de ellos me siento en México… un poco junto a ti, para mí eras un torbellino físico, además del éxtasis en que caía yo en tu presencia, junto a ti era yo un poco dueña del mundo…”.

 

Carta de Angelina Beloff a Diego Rivera en “Querido Diego, te abraza Quiela” de Elena Poniatowska. (Las cartas imaginadas).

 

“Hay luna Nin, a ver, ¿sientes bien? Duerme bien mi niño, trabaja bien, seas bueno de salud y de vez en cuando ma´ndame un beso, como yo te mando muchos. Quisiera estar al lado tuyo en esta noche de plena luna y dormirte y besarte en los ojos dormidos para que no tengas mal sueño. En fin... me da mucha pena que papá sea tan enfermo, después de la carta que él me escribio´ me siento aún ma´s cerca de él [el padre de Rivera] y siento un verdadero dolor no poder verlo —pero de eso ya no te hablo— la iniciativa tendría que venir de ti…”.

 

“Cartas de Angelina Beloff a Diego Rivera”, Archivos del Museo Frida Kahlo. (Las cartas de la realidad). Cartas citadas por Nathanial Eli Gardner.

 

 

 

“Retrato de Angelina”, Diego Rivera.

 

 

 

Es un medio día de domingo en el Museo Dolores Olmedo en Xochimilco. Hay un sol intenso, casi increíble después de tantos meses de lluvias, granizos y tormentas. El sol quema. Vuelvo a ese personaje que se llama Clarice, ¿O será Clarisse? Ese personaje que anda a la búsqueda de un México para amar, un país que también es luminoso, creativo, inmenso. No se trata de negar la realidad, no. No se trata de no leer los periódicos en las mañanas, ni de ignorar la necesidad de transformar cuanto deseamos que poco a poco se vaya transformando. Pero Clarisse quiere “recuperar” un México que a veces, vamos olvidando a golpe de cotidianidad y de rudeza. A golpe de rabia, de impotencia y de miedo.

 

En lo personal, como en lo colectivo, una/o tiene que saber quién ha sido, saber quiénes hemos sido. En la memoria recreada está nuestra fuerza. Eso sabe, eso piensa, eso anhela.

Clarisse mira los jardines del Museo que abraza la más importante colección de Frida Kahlo y de Diego Rivera. No nada más. “Entrecruzamientos”, reflexionaba en el texto de la semana pasada, y lo sigue pensando. Les cuento:

 

Es un medio día de domingo del año de 2014 y el sol quema. El frío excesivo también quema, como ciertas memorias. Nombra el frío, porque en el museo está también una colección de obra de Angelina Beloff, la pintora y grabadora rusa primera esposa, en París, de Diego Rivera. Su pareja por  más de diez años, la madre de Diego Ángel, el bebé que murió -en París- durante un invierno helado y una epidemia de meningitis. Entonces, Diego y Angelina eran muy pobres, en la ciudad el carbón escaseaba y era carísimo. Leer la vida de Angelina después de la pérdida de su hijo y del regreso de Diego a México es recorrer la genealogía del más tremendo abandono. París está helado, Diego está lejos. Al irse el pintor le prometió a Angelina que un día le mandaría el dinero para que lo alcanzara. Nunca lo hizo. Le mandaba sí una remesa mensual, nunca lo suficiente como para atravesar el Atlántico. Ella trabajaba todas las mañanas como restauradora, por las tardes pintaba y hacía sus grabados.

 

Angelina Beloff, grabado.

 

Una mujer espera a un hombre que ya la olvidó, que no responde a sus cartas. El silencio de Diego está en la versión novelada (doce cartas) de Elena Poniatowska, Nathanial Eli Gardner, quien estudió las cartas escritas en la realidad, cartas que Elena no conocía cuando publicó su novela corta, afirma que Diego sí respondía, puesto que aunque las cartas de Diego a Angelina no se conozcan, es posible deducir “el diálogo” a partir de las palabras de Angelina en las cartas custodiadas en el Archivo de la Casa-Museo Frida Kahlo. Pero en el fondo, respondiera o no, es casi lo mismo. ¿Qué respondía? Ya no la quería al lado suyo, es un hecho. ¿Cómo se habrá enterado Angelina de que su amado, un año después de dejar París, ya para 1922 se casaba de nuevo con una mujer mexicana: Lupe Marín? Se enteró quizá por los amigos mexicanos en París.

 

Si comenzamos en el orden previsto por el museo, la visita empieza en las habitaciones de la casa de Dolores Olmedo: su sala, su comedor, su recámara, la pasmosa colección de objetos tallados en marfil y en otros materiales que  Clarisse no sabe reconocer con exactitud: quizá jadeíta, coral. Formas verdes y rosas. Después viene la sala Kaluz/Merchen con los grabados de Angelina y una pintura suya de Tepoztlán. Diego nunca concretó su invitación para que Beloff viniera a vivir con él a México, pero pasados los años, ella llegó solita en 1932. Acá vivió, trabajó y murió en 1969 a los 90 años.  Se dedicó al arte, a la educación, se apasionó por el teatro de títeres, formó parte de la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios.

 

Al final de “Querido Diego te abraza Quiela”, Poniatowska narra que el pintor mexicano y la pintora rusa se encontraron en Bellas Artes, y que Diego pasó junto a ella sin reconocerla. Otras fuentes afirman que el encuentro sí existió, pero que no sucedió en Bellas Artes. Diego ya estaba casado con Frida Kahlo. Clarisse “conoció” a Angelina a través de la novela de Elena. Entonces, recién llegaba a París a estudiar, vivía en un estudio pequeñísimo cerca de Montparnasse, y no lejos de la Ciudad Universitaria. Fue a la biblioteca de la Casa de México y se tropezó con el libro de Elena. Comenzó a leerlo, lo leyó de un tirón, es una obra breve, pero es sobre todo imposible de dejar de lado. Terminó de leer de noche, muy noche.

 

 

 

 

Beloff, pintada por Rivera.

 

Estaba desesperada y hacía frío. Desesperada de la infinita tristeza de esa mujer desconocida “Angelina”, a la que sentía que ya quería, iba a quererla para siempre. No pudo quedarse en su casa, y se echó a andar hacia Montparnasse. Como si recorriera las calles de esa otra mujer. Se detuvo ante una librería de libros de segunda mano, abierta a las 11:00 de la noche. En el interior un hombre joven leía. Ella entró, volvió a salir, en la mesa sobre la banqueta encontró un libro impreso en un papel parecido al manila: La traducción al francés de cuentos rusos ilustrados por Angelina Beloff. Entró de nuevo a la librería con el libro en la mano, se sentía sola, infinitamente sola. Justo ese libro, justo esa artista, justo esa noche. “La casualidad no existe”. Se sentó frente al Lector, le contó la historia, lloró por Angelina y por todos los seres abandonos de este mundo, incluida ella misma, solitita en París.  Angelina perdió a su hijo, eso le dijo al Lector. El Lector le prestó su pañuelo y le regaló el libro. Le preguntó dónde estaba Angelina ya en esas fechas. Ella no sabía nada. Angelina Beloff ya estaba en México.

           

Pero les digo que es el año de 2014 y en la sala del Museo Dolores Olmedo la pintura “Tepoztlán” hace pensar a Clarisse que Angelina encontró en México su luz y su paz. Fue una gran ilustradora. Trabajó la obra de André Maurois, Charles Vidrac, Molière, Jack London. En la sala se exhiben sus grabados para ilustrar los cuentos de Hans Christian Andersen. En el 2012 el Museo Mural Diego Rivera organizó una retrospectiva en su honor: “Trazos de una vida”; la idea de fondo fue muy explícita: Angelina Beloff fue más, mucho más que la mujer que amó casi hasta la locura –dicen- a Diego Rivera. La que se enamoró de un hombre en París, y se enamoró de un país a través de ese hombre. Tenía amigos mexicanos y ellos la ayudaron a viajar y encontrar la luminosidad de México en un romance, que ese sí, fue para siempre.  

 

           

 

 

“Tepoztlán”, Angelina Beloff.

 

Las salas dedicadas a Rivera son magníficas, fue él personalmente, quien aconsejó a Dolores Olmedo acerca de la obra suya que debía comprar para tener una colección “representativa” de su trabajo. También le aconsejó la obra de Frida que era bueno adquirir: “treinta piezas” y dijo cuáles, el museo tiene ya 26 de ellas. Fue su consejero en la adquisición de piezas prehispánicas y me imagino, pero no lo sé de cierto, que fue él quien aconsejó también la adquisición de las 40 obras de Beloff. Extraordinario mausoleo el que Rivera imaginó para sí, en sus largas conversaciones con su amiga y adoradora Dolores Olmedo: Su obra, la de Beloff, la de Frida. Y un día aterrizaron allí –también- las cenizas de Marevna Vorobieva, la madre de su hija Marika Rivera, nacida en París, y a la que nunca reconoció.  Las cenizas de Marievna “reposan” en los jardines del museo, debajo de la cabeza de Diego Rivera.

Cuenta Olmedo que a la muerte de Frida y antes de casarse con Emma Hurtado, Rivera le propuso matrimonio a varias mujeres, entre ellas: María Félix y ella misma. Ambas dijeron que no. Olmedo no vio razón alguna para ese matrimonio, pero fue en cambio la amiga más amorosa y más leal, hasta el último de los días del hombre al que siempre llamó “Maestro”.

 

 

“Fondos congelados”, Diego Rivera.

 

 

La obra de Rivera abarca los diversos periodos de su búsqueda pictórica: “En la fuente de Toledo”, 1913. El joven de la estilográfica, 1913.  “El rastro”, 1915. El extraordinario “Matemático”, 1918, año también de “Retrato de Angelina Beloff”. “Los fondos congelados”, 1931, el mismo año de “El niño del taco”.  “La familia”, (madre e hijos). Esos niños de Diego Rivera, él que se desesperaba tanto con el llanto continuo de Dieguito Ángel enfermo, él, quien nunca quiso reconocer a su hija Marika, fue capaz de pintar a los niños más bellos de este mundo. Sus niños de ojos pelones y rasgados. Él supo convertir en inolvidables a los niños “olvidados”. “La tehuana desnuda”, 1946. “Vendedora de alcatraces”, 1957.

 

Las obras posteriores a su viaje a Rusia ya enfermo: “Niño ruso con mochila”, 1956. Un niño ruso en un trineo. Pequeños cubiertos con gorros y abriguitos, entre la nieve, los ojos de los niños son azules, pero son esos mismos ojotes rasgados de los niños mexicanos. “La infancia es para ver”, querría decirnos. Toda la vida es “para ver”.

 

En “La casa de los vientos”, propiedad de Dolores Olmedo, en el cerro de La Pinzona en Acapulco, Rivera, enfermo de cáncer, pintó una serie de 25 atardeceres de los cuales el museo expone 20. Son increíbles. Como es increíble una pintura como “La hamaca”, de esa misma época (1956) La sensualidad, la luz, el amor a la belleza de un artista que se despedía de la vida…abrazándola.

 

 

 

“La hamaca”, Diego Rivera.

 

 

La hacienda de “La noria” cuyos orígenes se remontan al siglo XVI, es ahora el museo Dolores Olmedo. Los jardines, sus pavos reales, su familia de perritos Xoloitzcuintle que comenzó con una pareja que Diego Rivera le regaló a su amiga Lola. Sus amplios corredores. Las dos salas dedicadas a Frida Kahlo protegen algunas de sus obra más entrañables:  “La niña Virginia”, 1929, y “El camión” del mismo año.  “Desnudo de Eva Frederick”, 1931 y “retrato de Eva Frederick” del mismo año. “Naturaleza muerta con perico y bandera”, 1931.  “Hospital Henry Ford”, su pintura de la cama de hospital en la que se mira yaciendo, después de la pérdida de su primer embarazo en Estados Unidos, 1932.  “Unos cuantos piquetitos”, narra la historia de una mujer asesinada por su amante (Kahlo la encontró en la nota roja), al cual al preguntarle ¿por qué la había matado, y por qué de esa manera terrible? El respondió: “Nomás fueron unos cuantos piquetitos”.

 

“Mi nana y yo”, 1937. “La columna rota”, 1944. “La máscara de la locura” y autorretrato con changuito”, 1945.  Clarisse es una fan desatada de Frida, entonces, ¿cómo les digo? Mirarla es cada vez una transformación. Mirarla en su dolor que se expone con una grandiosidad sólo comparable a su valiente “impudicia”. Eso, la honestidad sin tregua, el “decirse” sin tregua.  Kahlo convirtió su felicidad y su dolor en una de las obras más entrañables de todos los tiempos.

 

 

 

“El camión”, Frida Kahlo.

 

 

 

 

 

 

“El difuntito Dimas”, Frida Kahlo.

 

El amigo de Clarisse le dice –antes de llegar al museo- que allí están las cenizas de Marevna Vorobieva. ¿Cómo? ¿En México? ¿En este museo? Marevna , (el nombre se lo eligió el escritor ruso Gorki, y significa “princesita del mar”) murió en Londres en 1984. Conoció en París a Diego Rivera y mantuvo una relación con él paralela a la relación que él tenía con Angelina Beloff. Ambas eran pintoras, rusas, y amigas. Marika Rivera, la hija de Marevna, nació en 1919. Dieguito Ángel, el hijo de Angelina ya había muerto. Durante dos años Rivera visitó a la niña y a su madre en su casa de Chatillon, después a su regreso a México, no volvió a verlas más.

 

Enviaba dinero, a través de Angelina, ni más ni menos. Ya enfermo, dicen que Rivera quiso a invitar a Marika (bailarina, coreógrafa, actriz) a visitarlo en México. Marika no aceptó.  Y sin embargo, habrá sido ella quien trajo desde Inglaterra las cenizas de su madre al país tan amado por su desamorado padre.

 

Marevna fue como Angelina, como Frida, una mujer apasionante “la primera mujer cubista”. Formó parte (como Angelina) del intenso movimiento artístico que  bullía en el París de la época, ese París en el que Diego avasallaba con sus imaginarios de “salvaje”, con sus inventos de “comedor de niños”, con su pintura. Hay un retrato cubista de Marevna pintado por Rivera, y otro –muy bello- pintado por Modigliani. (No están en esta exposición).

 

 

 “Amigos de Montparnasse”, Marevna.

 

Esas miradas que han mirado/miran a México. Las de las/los mexicanas/os y las de las/los extranjeras/os. Me gusta este país. Me gusta descubrirlo cada vez. Amarlo cada vez. Sí, y a pesar de todo. Es tan inmenso, tan vasto, tan rico, tan diverso. Pienso en Rivera y en su continua dependencia emocional con las mujeres, a las que amaba y engañaba, como si traicionar fuera su única manera de amarlas.  Alguna vez dijo de Angelina Beloff: “Angelina me dio todo lo que una mujer puede brindar a un hombre. En cambio, ella recibió de mí toda la miseria que un hombre puede infligir a una mujer”. Pienso cada vez, cuando recuerdo a la pintora rusa, cuando recuerdo las palabras de Angelina/Elena en “Querido Diego, te abraza Quiela”, que Angelina, ella, en ese invierno helado en París, perdió a su hijo.  Después además perdió –terrible abandono-  al hombre que amaba y con quien compartió más de diez años de su vida, pero ella, sobre todo, vio morir a su hijo.

 

“Entre más amaba a una mujer” escribió Rivera, “más quería lastimar, Frida sólo fue la víctima más evidente de esa repugnante característica”. Frida pintaba, más acá o más allá de Rivera, las tres siguieron el camino de su personalísima creación. Y es muy interesante el homenaje que Lola Olmedo le hizo a su amadísimo amigo: está allí “rodeado” de sus amores, sólo falta Lupe Marín. Están “juntos” en ese espacio maravilloso en Xochimilco. Y una a ellas las quiere y las admira, con él y sin él, aunque parezca tan difícil separarlos, sobre todo a él y a Frida.

 

Los ojotes desmesurados de los niños mexicanos. Para pensarlos y soñarlos. Amar a México en esos ojos. A este país que nos duele, nos desespera, del que todas/os somos parte, del que todas/os somos responsables. “Quiere ir al embarcadero”, le pregunta un joven en bicicleta, “No, gracias” –dice Clarisse- recién desembarca apenas de su viaje.

 

@Marteresapriego