Opinión

Su mamá no la ama; su mamá no la mima

“Mi madre nunca me tomó de la mano”: Violette Leduc.

  • 12/05/2015
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Una no puede exigirle a su madre que fuera capaz de amarla. Cada quien hace lo que puede, cada quien carga su historia, cada una/o busca –desbrujulada/o- sus indispensables resarcimientos, y no todo el mundo es capaz de resarcirse en el amor y  en sus promesas. No toda madre encuentra en sus hijos, al amor y sus promesas.  Dato duro. Lupina me cuenta que la primera vez que escuchó a su madre reírse, ella ya tenía 24 años. Hasta entonces las carcajadas estuvieron prohibidas en su casa.  Parece que después de este escampado feliz, las risas se prohibieron de nuevo. Ella ya no vivía en la casa de sus padres.

               

Se preguntó por qué había sido necesario atravesar tantos años y un océano para mirar a su madre feliz. A su madre le costaba muchísimo trabajo la felicidad. Deja tú, el bienestar. La calma. Muchísimo. La vida para ella –por ocultas sinrazones- era como escalar una montaña descalza y en medio de arbustos puntiagudos.  La desesperación. Cada quien hace lo que puede. Cada quien carga su historia. Cada quien arrastra sus fantasmas, sus hoyos negros y sus desamores. De niña y adolescente Lupina espiaba –en otras familias- los territorios de la madre amorosa, y entonces regresaba a su casa como quien se interna en una tierra de nadie. No puede decir que su madre no estuviera físicamente presente, era de otro estilo su ausencia: Como si viviera atrapada en un más allá que no le permitía registrar la realidad inmediata. Las cotidianas Cumbres Borrascosas.

               

Como si un antiguo sufrimiento suyo tomara todo el espacio.  Lupina pensaba que adentro de su madre existía un inmenso vacío con fuerza de atracción: La jalaba por dentro y se la tragaba, entonces ella andaba por allí,  o junto a sus hijos, cumplía, daba órdenes, se desplazaba por la casa, los llevaba y los traía, pero en realidad, ella, la madre, siempre estuvo en otro lado. Lupina extendía la mano y tocaba la mano de su madre. Su madre –ausente y sin apenas darse cuenta- retiraba la mano.

 

En las noches Lupina se hacía bolita en la cama e inventaba felicidades para su madre. Buscaba viajes, risas, aventuras, collares para ella. Pero, ¿qué deseaba la madre? ¿qué le gustaba? La madre leía sus revistas “femeninas” de modas, consejos y glamour y suspiraba. ¿Quizá el problema de la madre era no ser la amiga preferida de la Grace Kelly, no estar casada con un compadre de Rainiero, y que no la invitaran al Festival Internacional de Circo de Montecarlo? ¿Acaso sí podría haber sido feliz en las playas de Cannes o Ibiza, como la duquesa de quién sabe qué, dada a posar en todas las arenas del mundo junto a sus perritos? Pero la madre detestaba a los perritos. Es que casi todo lo que estuviera vivo y se moviera a la madre le causaba desazón, lágrimas y cantidad de problemas.

 

No había manera de saber lo que la madre quería, sólo flotaba sobre sus cabezas una pena rotunda: No la “merecían”. Eran unos niños  malvados con corazones de piedra. Los cinco hijos, hasta los más chiquitos. Eran unos niños nacidos con dos o tres genes atravesados, un mal casi desconocido, una desgracia que sólo podía haberle tocado a ella, y esos genes retorcidos –de los que Lupina habla como si de veras existieran- convertían a los niños –casi desde la cuna- en seres egoístas y demandantes guiados por un fin único: Atormentar lo más posible a su madre, “arruinarle la vida”, beberle su fuerza y su posibilidad de ser feliz. Vampiritos minúsculos e  ingratos.

 

“Pero, ¿de qué me hablas Lupina? ¿Cómo a qué hora te inventaste la existencia de esos genes atravesados”. “No lo sé, en la infancia, creo que me lo sugirió mi mamá. Hasta te puedo decir que hay poquísimos caso en el mundo para buena suerte de las madres: Quizá dos en Italia, uno en Costa Rica, dos o tres en Singapur. En Rusia, varios casos se dieron en Siberia. En México hubo dos, el de mis hermanitos y yo, y el de los hijos de una amiga de mi mamá”.  “¿Y quién te mantuvo tan científicamente informada?”. “Me lo iba imaginando, no importa a cuántas racionalizaciones puedas llamarme hoy. Lo que te digo es verdadero, porque para aquello de los diez años yo ya tenía varios casos registrados”.

               

Su mamá se los explicaba con mucho detalle a través de la vida de su amiga con sus hijos: “No se la merecen”, “un día debería largarse para que cuando esos ingratos lleguen a su casa no haya nadie”,  “la están matando, un día se la van a encontrar muerta y se lo habrán ganado”, después la conversa se deslizaba más o menos de la siguiente manera: “Un día van a regresar ustedes de la escuela y no voy a estar aquí, no van a volver a saber de mí”. Lupina –con frecuencia- sentía que le sudaban las manos a la salida de la escuela, una navajita le atravesaba el corazón durante las clases: ¿Y si su madre ya no estaba en la casa? ¿Y si se moría de tantas penas? ¿podría ella ser la madre de sus hermanitos? ¿podría a pesar del gen retorcido de la maldad que la habitaba?

               

No los abandonó su madre, y siempre le ha estado agradecida. Pero había un algo como de vivir en el filo de la navaja: ¿Cómo es ser ingrato? ¿Cómo es ser hijos que no se merecen a su madre? ¿En qué momento una ya cayó en la ingratitud? ¿Si te ríes eres ingrato?  ¿Y si sueñas? La madre lloraba mucho. Lupina se acercaba y le preguntaba por qué: “¿No lo sabes?”, decía la madre.  “Piénsalo, eres (son) tan egoísta(s) que ni siquiera lo sabes (saben)”. Lupina pensaba y pensaba y el corazón se le oprimía con una emoción que después entendió que se llama angustia. “Virgencita del Santo Socorro, ilumíname, ¿qué le hice a mi mamá?”. Imposible pensar que ese daño tan cotidiano se lo infligieran los hermanitos a la madre. Eran unos lindos niños sus hermanitos. Tan dóciles, tan atemorizados y calladitos.

               

Lupina lee y lee los homenajes a las madres en las redes sociales. ¡Cuánto comercio y cuánta vendimia! Y sin embargo, los lee y siente una especie de antiguo anhelo. No es que quiera sumarse a idealizaciones de la imagen materna que pueden ser descabelladas y terminan funcionando como armas crueles contra las mujeres: “La madre abnegada”, “la madre perfecta”, “la madre con su infinita capacidad de amor”. Nadie está para lanzar demandas inhumanas. Es otra cosa ese anhelo: Alguna vivencia de una madre que la abraza. Alguna memoria de una madre feliz, de veras feliz. Algún segundo de una madre agradecida con la vida.  Un “te quiero”, un “lo hiciste bien”, un “estoy orgullosa de tus hermanitos y de ti”.

 

Pero la madre no podía, no pudo. “Cada quien hace lo que puede”, dice Lupina. Y quizá lo intentó la madre; amarlos. Quizá lo intentó porque vivía en un casi sádico sentido del deber. Lupina puede jurar que jamás niña alguna tuvo los cabellos peinados con mayor precisión.  Ninguna niña llegó a la escuela con los tablones de la falda más meticulosamente planchados. Su madre no hacía el trabajo de la casa, pero lo vigilaba con ojo de águila. Y era una suerte que la madre no hiciera el trabajo de la casa, porque eso permitía que existieran Mari y Candelaria. Las ternuras salvadoras de Mari y Candelaria. Mari, quien aún después, cuando ya no vivía en la casa y era ya madre de sus propios hijos, todavía tenía el tiempo –entre el puchero y el postre en su trabajo de “entrada por salida”- de preguntar: “¿Cómo te fue en la escuela mi niña?”.

 

Parecería una pregunta muy simple: “¿Cómo te fue en la escuela?”. “Es increíblemente complicada de hacer esa pregunta”, me dice Lupina. “¿Cómo te diré? Primero se te tiene que ocurrir que tu hija vive una vida. Que tus hijos existen en la realidad y más allá de ti. Que tus hijos –también- necesitan”. “¿Estás enojada con ella?”. “Ya no. Desolada, a veces. Desolada porque su sufrimiento misterioso y antiguo la alejó de tantas cosas lindas que ofrece la vida. Tantas cosas que le pasaron de largo. No podía vivirlas. Nada más no podía. Quizá ahora las vive un poco más. Hace algún tiempo me ofreció un regalo inmenso, me dijo: ‘Qué cariñosos, inteligentes y hermosos son mis nietos, hoy pensé que tal vez mis hijos fueron así, y yo nunca pude verlos’”.

               

“Eso me dijo. Y sentí como una caricia en el alma que me llenó de esperanzas. Una especie de resarcimiento. Eso me dijo mientras  se escuchaba de fondo las risas de mis sobrinitos  y de mis hijos. ¿Te das cuenta el regalo que me hizo y que se hizo? No fue una explicación, no fue una disculpa,  más bien una constatación. Como si por fin tuviera la fuerza para nombrar una verdad suya que tuvo que negar toda la vida para sobrevivirse. El miedo que mi madre habrá tenido de ella misma”.

 

“Una a veces quisiera, es cierto, ser la madre de su madre”, me dice  Lupina. “Acariciarle los cabellos y viajar con ella hacia su infancia. Protegerla, cuidarla. Decirle a su madre- niña: ‘No te preocupes, ese sufrimiento no es indispensable. Intentemos vivirnos juntas de otra manera. Yo te amo mamá-niña, tan hija del desamor tú misma. Tu madre tampoco pudo, ¿verdad? No te preocupes madre-niña, nosotras vamos a romper esas cadenas generacionales, nunca es tarde’”. “¿Y lo crees Lupina, que nunca es tarde?”. “Sí lo creo. El anhelo de casi toda/o hijo desamada/o: Mientras haya vida, nunca es tarde. Los tiempos del amor son misteriosos, pero a veces pienso que hay abrazos capaces de resarcir todas las ausencias de todos los abrazos. Nunca es tarde”.

               

“Y si tu madre y tú se dieran esa oportunidad ¿qué harías?”. “Abrazarla”. Lupina se ríe. “¿Qué hace una si tiembla la tierra, dime tú? Es tan simple: una abraza y protege a los que ama”.

 

@Marteresapriego