Opinión

Soy doña Sarita y se me van “mis” tres García

¿Cómo les digo que un puño me aprieta el corazón y no lo suelta?

  • 12/07/2016
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Diosas de la vida, por favorcito, denme la fuerza por esta vez, por estas tres veces, por estas tres despedidas cuyas fechas se acercan con sus dientes pelones y sus patas peludas: no permitan que me encarne en la Libertad Lamarque a mitad del aeropuerto, en doña Sara García. Se me van mis tres hijos, se me van mis tres García todos juntos, al unísono y lo que se llama: al mismo tiempo. ¿Ya leyeron ese “se me van?” Como cuando una dice refiriéndose a su hijo: “se me enfermó”. “No me hizo la tarea”. “No me disfrutó de la fiesta”. Y ese “me” materno se atraviesa como un bache a mitad de la carretera tan fresquita -y con tan lindo paisaje- por donde el hijo pasea su deseo de seguir su vida (suya de él) que ya casi “está en otra parte”. Su libertad, caray.

 

Ese animal rudimentario: el “mío, mío” materno. Pero qué mal me caigo, qué mal. El muchacho piensa en una universidad del otro lado del océano, en sus futuros compañeros, en una novia, en otra lengua, en su nuevo departamento, y una sólo atina a abrir el baúl de los recuerdos y mostrarle sus fotos de cuando tenía seis meses y le daba su primer biberón para comenzar a retirarle la leche materna, despacito para no traumatizarlo, tal y como lo explica Françoise Dolto de manera repetida en sus obras completas. Tremendo desfasamiento.

 

“Ustedes son sanos por los seis meses de leche materna”, decía (y dice) mi madre, y yo le hice a como ella me dijo, y mira cómo crecieron, ¡qué barbaridad! Y pensar que fue apenas ayer que andaban en sus triciclos. El de Sebastián era un tractorcito verde. Y pensar que fue apenas ayer… “No, mamá, Françoise fue mi maestra en el primero de primaria, hace como trece años”, murmura Santi con un cierto dejecito de irritación. Es verdad. “Pero cómo pasa el tiempo”, exclamo, dramática sin desearlo.

 

Mis hijos ahora corren haciendo trámites, ¿dónde van a vivir? Los documentos para sus visas. Cumplir no sé qué cantidad de requisitos para la universidad. Hicieron tantos esfuerzos para que los aceptaran. Ya tienen dieciocho, veinte y veintiocho años, el de veintiocho lleva seis años viviendo con su mujer. ¿Cómo que pueden importarles mis historias de mamelucos, mis “ya viste tu dibujo del primero de kínder”, mis “encontré tu cartilla de vacunación”, “jamás olvidaré lo lindo que estabas con tu playerita roja”. Me dejan la ciudad deshabitada. ¿Ya les conté cuando Sebastián salió disfrazado de arbolito en el festival escolar? Ay, pero qué mal me caigo, qué mal me caigo.

 

Mis hijos y yo nos hemos despedido muchas veces, como suele suceder con todos los hijos de todas las mamás. Pero, ¿no es un exceso que suceda todo al mismo tiempo? La fecha se acerca y hay días en los que apenas me reconozco: riego demasiado las plantas, me traga una especie de silencio sospechoso, paseó a marchas forzadas a mi perrita Cayetana, vuelvo a regar las plantas (los cactos incluidos), hasta casi ahogarlas, converso y soy capaz de decir cualquier cosa, lo que sea, menos que mis hijos se van.

 

Lo que sea menos que faltan sólo tres semanas para despedir a Diego y a Sebastián, dos meses para volver a despedir a Santiago. Tres semanas. Dicen que el tiempo vuela, y es verdad. Y yo intento detenerlo, alargar los días, fotografiar sus rostros cada segundo. Sus gestos. Sus risas. ¿Y ahora qué hago? Ya sé que a una se le ocurren cantidad de cosas. Una trabaja, ama, abraza, va al cine, pasea con sus amigas/os, lee, se pierde en los muros de una exposición que le gusta, visita a su familia. Pero hoy mi corazón da de gritos. Les cuento, es como un gemido doloroso y largo. Les cuento: es como una furiosa embestida de la más completa irracionalidad.

 

Los rituales de las despedidas. Una agita la mano en un aeropuerto, una estación de autobuses, un andén. Una mira la espalda de su hijo que se aleja hacia sus elecciones, hacia su vida. Hace muchos años, cada vez que pude, hice lo mismo. Tomaba ese pasillo que lleva hacia el futuro en una ciudad distinta, a veces, en un país distinto. Lo tomaba y no tenía ni la menor idea de lo que podían sentir mi madre o mi padre en esos segundos en que agitaban la mano y hacían su mejor esfuerzo por parecer felices.

 

“Qué te vaya muy bien, hija”, y con la arrogancia de la juventud una siente que no puede irle sino muy bien. Una no entiende esa inquietud, esa mezcla de contento y dolor, ese deseo de dejarte ir y ese deseo de retenerte que se hacen nudo en el pecho y provocan una sensación de estallido inminente. Ahora comienzo a entender de una manera rotunda esos esfuerzos por sonreír cuando la fecha se acerca. Esa sensación física de estómago que se sume, de puño que aprieta el corazón. Me obsesiona un idea absurda: “no te sueltes a llorar como una desquiciada en el aeropuerto. No les hagas eso”.

 

Recuerdo alguna vez cuando Sebastián se fue en un viaje de la escuela. Todos los niños ya estaban en el autobús menos uno de sus compañeritos. Su mamá se aferraba a él en medio de una crisis de lágrimas. No lo soltaba. Recuerdo la cara de angustia del niño que después, cuando por fin lo soltó, ya no quería subir las escaleras del autobús. Ya no podía irse sin “abandonarla”. ¿Cómo se lanza un hijo al viaje, libre, confiado y feliz cuando su madre se queda allí como catatónica, con el alma despostillada y hecha un mar de lágrimas?  Por eso les cuento. Por eso les lloro acá, para no llorar allá: cuando se vayan.

 

Diosas de la vida, denme la fuerza para que logre liberarme de este pesar sobre mi tapetito de yoga. En la Cineteca. En mi máquina de escribir. En una subida al Tepozteco, (no lo voy a lograr, soy fumadora). En mis frenéticas sesiones de caminadora. En circunstancias otras que no cabe mencionar en este contexto. Denme la fuerza para cacharme in fraganti cada vez que tomo tonos de reproche (sangriento) sin saberlo: “Si te acuerdas de mí, hijo”. Zas. “Ahora que te vas”. “Claro, una como madre”. Sí, esa es una a sus horas: “la cabecita blanca” de un tango, aún cuando en la realidad esté dispuesta a raparse a coco antes que dejarse crecer una cana. La chantajista involuntaria y arrepentida.

 

Y el más tremendo, cursi, y espeluznante grito de toda la historia del cine mexicano: ¡Hijo mío de mis entrañas! Ay, pero qué cosa tan espeluznante y tan antiestética. Ustedes disculpen. ¿Qué puede una hacer con esa educación sentimental? ¡Me faltaron otros veinte años de diván! ¡Mi psicoanalista me estafó! ¡No soy yo, es mi inconsciente! No puedo ponerme a llorar en el aeropuerto. Lloraría tan fuerte que quebraría todos los cristales. Todos. Y me detendrían por un delito federal. Lo que es muy grave.

 

El domingo fui al tianguis de Coyoacán y me hice tatuar un unicornio de henna en el brazo. Como antes, como cuando eran niños. Entonces íbamos juntos. Ellos se tatuaban cada vez dibujos distintos y yo cada vez este unicornio. Un amigo decía que eran nuestros tatuajes tribales. Mi pequeña tribu se dispersa. Esta vez por más tiempo.  En nuestra casita hay unicornios por todos lados. Son nuestros animales fetiches: los unicornios y los lagartos. Acá les cuido la ciudad, queridos míos. Acá les cuido el país. Acá les cuido el baúl de los recuerdos por si alguna vez necesitan volver a ellos. Acá les cuido los dibujos del kínder, la primera cartita de amor, nuestros inventos, nuestro léxico familiar. Nuestros juegos.

 

Como le explicaba Diego a su maestra (hace nada más 25 años, como si fuera ayer) en su primer día de escuela: “Diego y mami cordón bilical, bilical, bilical”.  Y me voy a quedar allí tres veces seguidas en ese aeropuerto, intentando sonreír mientras agito la mano. Diego, Santi, Sebastián y mami: cordón bilical, bilical, bilical. No me lo tomen a mal, a veces me encarno en doña Sarita, y ahora se “me” van mis tres García. ¿Cómo les digo que un puño me aprieta el corazón y no lo suelta? “Quítate puño”, que le digo. Y no lo suelta. Pero me cuento que soy una chica súper poderosa con su tatuaje en el brazo. Eso me cuento. Escondo en el armario a doña Sara García y la dejo encerrada con doble llave. La apachurran montañas de nostalgias. A ella, no a mí.

 

Me “empodero”. Ajá. Recuerdo la vocecita de Sebastián una vez que solucionamos (a la velocidad de un comando) un problema con el equipo para la clase de patinar y me dijo orgullosísimo: “Lo lograste Batichica”. Agito la mano. No me desmayo en el aeropuerto. Soy una Batichica y lo voy a lograr. Buen viaje, amadísimos míos.

 

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