Opinión

Sin respuesta

Promesas, anhelos, para un problema sin respuesta. | Ricardo de la Peña

  • 14/11/2021
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Demasiada tinta ha corrido para cuestionar la inviabilidad de una propuesta asistencialista a escala mundial para el combate a la pobreza. Más allá de lo inapropiado del foro elegido y lo repetitivo de lo externado, habría que revisar cuáles son las bases que hacen atractiva, al menos para una parte de la población, este tipo de propuestas.

 

Lo añejo del asistencialismo

Luego del éxito, al menos en Occidente, de los programas de recuperación de las naciones afectadas por la última conflagración a escala mundial la humanidad enfrentó un vertiginoso proceso de ampliación de las soberanías, que conllevó la pérdida de vínculos y compromisos específicos de las viejas naciones con la población radicada en los espacios que se liberaron. Claro que hubo explotación de esos pueblos durante el colonialismo, pero la humanidad asumía como responsabilidad de los Imperios el atender las demandas de sus conquistas.

Más después de las independencias, resultaba que existía un increíble volumen de personas carentes de lo más elemental que no serían atendidos ni correspondería su atención a nadie externo. Es en ese marco que surgen las primeras propuestas asistencialistas para el desarrollo en varios de los organismos internacionales surgidos al término de la Segunda Guerra. Pero nunca estuvo claro cuál sería el procedimiento práctico para la distribución de recursos que resultaría más eficiente ni el eventual alcance de estos proyectos, puesto que se quedaron en simples propuestas que jamás lograron concretarse. Promesas, anhelos, para un problema realmente sin respuesta: la pobreza mundial.

 

El período neoliberal

Al mismo tiempo que surgían estos llamados a combatir la pobreza, las economías capitalistas entraron en una etapa de intensificación de las dinámicas de concentración de capitales y de fortalecimiento de los mercados financieros. Había crecimiento, pero este no necesariamente repercutía en la disminución de la pobreza relativa. Era posible que los segmentos más bajos de la escala de ingresos aumentaran cuantitativamente los recursos de los que disponían, sobre todo dónde existían programas universales o sumamente amplios de salud y educación, pero su distancia con los estratos superiores, la capa del dos por ciento más rico, continuaba ensanchándose. Y el matrimonio soñado entre capitalismo y democracia resultó, para muchos, una promesa incumplida o, al menos, insuficiente para paliar los rezagos en la atención de las necesidades de los más pobres. Es este creciente divorcio entre la concepción igualitaria de la democracia liberal y la desigualdad fáctica entre los habitantes lo que favoreció la emergencia de discursos que descalificaron el modelo democrático tradicional y se encaminaron a adoptar procedimientos directos de consulta y asistencia a la población, componentes claves de eso que se llama populismo. El diagnóstico en que se basan es correcto, pero la evidencia muestra que donde se aplican sus remedios, se logra mayor homogeneidad, pero a la baja. La eliminación de la pobreza, luego de medio siglo de proyectos, sigue sin respuesta.

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