Opinión

Se hace camino al andar

Por: Gustavo Ferrari.

  • 26/11/2016
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Un 7 de agosto de 1977 llegué a La Habana. Un par de músicos en el aeropuerto me recibían al sonar de la canción “Cuba que linda es Cuba” junto al cortejo propio que todo funcionario diplomático recibe al llegar a un país extranjero: los miembros de protocolo, sus futuros compañeros de embajada y el jefe de misión, en este caso el embajador.

 

La consigna con la que llegaba no era fácil, había que armonizar las relaciones entre un país gobernado por una junta militar autoritaria y un régimen que se mostraba al mundo como el ejemplo de la revolución socialista. Venía procedente de México, en donde mi labor al frente del Departamento de Asuntos Culturales y de Prensa, había llamado la atención  a la cancillería  de mi país  y a su embajador en Cuba, de que yo era la persona  idónea para atomizar esa relación tan difícil que se avecinaba entre ambos países.  Tenía 23 años no cumplidos aún, títulos colgados en la pared, horas de libros y clases, ninguna experiencia con los países comunistas, pero aquellas palabras de despedida de mi padre al borde del avión “no te pido abstinencia, pero si prudencia”, retumbaron en mis oídos frente a lo que seria mi futuro.

 

Fueron cuatro años muy ricos en Cuba, de experiencias, vivencias, de contacto directo con una época muy especial de la política y la diplomacia internacional mundial. Conocí y pude convivir con la mayoría de los líderes africanos independentistas. Compartí con Fidel, Kadafhi, Tito, Arafat, las preocupaciones del mundo no alineado y los devenires del nuevo orden económico internacional y confirmé, como estudioso de la política internacional como la China de Mao se había alejado de la revolución cubana. Vi como la lucha armada de  El  Salvador y Nicaragua triunfaban con el pleno respaldo del gobierno de Castro y como la Unión Soviética y sus países satélites exportaban a la isla sus teorías de las soberanías limitadas, la economía centralmente planificada y a  sus técnicos agrícolas, mecánicos, todólogos y sobre todo militares. Fui testigo de las luchas cubanas en Mozambique, Angola, Guinea; de los apoyos a Somalia para derrotar a Haile Selassi y de cómo mi colega peruano sacrificó su carrera diplomática abriendo las puertas de su embajada para dar asilo a más de 10.000 personas (los marielitos) en busca de asilo, en uno de los sucesos más olvidados de la historia cubana contemporánea.

 

Dialogué con Haydee Santamaría en su Casa de las Ameritas y disfruté de las pinceladas de Rene Portocarrero y de Ponce, ambos ya en su ancianidad. Solía tomar el té de las cinco con Amalia Peláez en su caserón del Vedado y gocé de la amistad del historiador de la ciudad Eusebio Leal, con quien compartí la osadía de donarle, en plena crisis política entre nuestros países, un estandarte argentino para su famoso salón de las banderas en el histórico Palacio de Capitanes Generales, convertido en Museo de la Ciudad. Aprendí a conocer al verdadero Che Guevara de la mano de su padre, Ernesto, con quien amenizaba, todos los jueves por la tarde, bajo la influencia de un whisky etiqueta roja, una tertulia en mi oficina y de ese cronista de France Press Alfredo Muñoz Unsain, mejor conocido como Chango, que había acompañado al comandante en sus días en la función publica.

 

Bebí mis mojitos en La Bodeguita y mis daiquiris en el Floridita, siguiendo los consejos de Hemingway, visité las noches caribeñas “for export” del Capri, Tropicana y el Nacional. Leí aquellos libros oficiales recomendados para estar en sintonía con el régimen, asistí a las tertulias de Alejo Carpentier y discutía sobre los intelectuales con Nicolás Guillen, Fernández Retamar y Marinello. Cuando todavía eran unos trovadores callejeros disfrute de Silvio y de Pablo y solía reservar un palco en el Teatro García Lorca para deleitarme con los movimientos de baile de la ya veterana Alicia Alonso en su interpretación de Carmen. Escuche historias de oropel y de fantasías, de grandes propiedades de otrora y de ciertas cátedras de los ancianos hacia los más jóvenes sobre las bondades de la Cuba prerrevolucionaria. Me crucé con ese personaje místico del Caballero de Paris (un vagabundo loco que caminaba sin rumbo por La Habana protegido por todos) y recordar a Tres Patines en sus andanzas por lo que fue la parte comercial de la Habana Vieja.

 

Conocí cada rincón de la Habana y de su gente, a pesar de los Comités de Defensa de la Revolución y de las siempre miradas sospechosas y vigilantes de Roberto Meléndez, ese Jefe de Ceremonial y Protocolo tan particular como siniestro de la cancillería cubana que conocía y sabía el movimiento cotidiano de cada miembro del cuerpo diplomático acreditado. (Aconsejo a leer las páginas de Persona Non Grata de Jorge Edwars, primer Embajador de Salvador Allende en Cuba y declarado Persona Non Grata por el gobierno castristas). Sabía que cada paso mío era seguido y así lo podía confirmar periódicamente cuando los funcionarios de la misión cubana en México le contaban con tono jocoso a mi padre, entones representante de las Naciones Unidas en ese país, qué había hecho su hijo ese día o el anterior etcétera.  Recorrí la isla en salidas oficiales y no tantas escapando el protocolo y de la obligación de informar a las autoridades locales sobre mi paradero. Pasé por las Villas, Camaguey, Trinidad, Mariel, San Antonio, Isla de Pinos y Oriente. Había que ver y aprender, sentir lo que pensaba la gente mas allá del discurso oficial de turno.

 

Tuve en Varadero mi reencuentro con la religión al decidir tomar mi primera comunión y oficiar como padrino de bautismo de un niño cubano de madre argentina que vino a intentar inscribirlo en la embajada para que algún día pudiese salir del país sin problema. Me divertí mucho buscando micrófonos en la Nunciatura Apostólica en donde, con mi par Pietro Zambi -hoy cardenal y delegado del Papa en Washington- jugábamos a los detectives y a las películas de espionaje.

 

Me enamoré con la prudencia del caso. Uno nunca sabía si ese “eres el único en mi vida” era un mensaje del corazón o de la seguridad de Estado que permanentemente  enviaba una pollera como prueba para medir  el “comportamiento capitalista en una sociedad socialista” Soñé muchas veces bajo un cielo estrellado mi futuro y bajo ese mismo cielo una tarde me despedí, sin pensar que nunca más la volvería a ver, de mi hermana Maria Sylvina que pasó conmigo una temporada antes que el destino le jugara una mala pasada en una calle de Florencia en Italia.

 

No quiero dejar correr estos recuerdos sin mencionar a Pancho Molina Salas, mi maestro y forjador de la diplomacia. Hijo y nieto de embajadores, Pancho supo inculcarme el amor, la sabiduría y las formas de una carrera en donde, sobre todas las formas que la manejan, siempre se debe proteger ese “yo interior” que es el verdadero sentir de nuestro existir. Nunca el funcionario debe vencer a la persona, ni al ser humano y ese legado de Pancho, fallecido en plenas negociaciones con Gran Bretaña por el conflicto Malvinas, sigue estando hoy más que presente en mi andar cotidiano por el mundo y en mi vida profesional.

 

Han pasado muchos años de aquellos días y hay pocas palabras que simplifiquen todo lo que he tenido, todo lo que he vivido y todo lo que he sentido. No he querido olvidarme de nadie. Fue un periodo inolvidable y muy querible hasta el punto que, años más tarde, cuando me tocó asumir las responsabilidades de subsecretario de Relaciones Exteriores y se retomaron las negociaciones por la deuda de Cuba con la Argentina las palabras de las autoridades cubanas fueron muy breves: -“Sabemos quién eres tú y sabes quién somos nosotros, todo lo demás esta dicho, así que empecemos”-.

 

Por eso una vez más parafraseo a Benedetti diciendo; vivir, después de todo/ no es tan fundamental/ lo importante es que alguien/ debidamente autorizado/ certifique probadamente/ que uno existe.

 

@gferrariw

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