Opinión

Salvando al Godín, ¿especie en peligro?

El Godín como especie enfrenta un dilema entre la extinción y la evolución. | Aniela Cordero

  • 08/08/2020
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En casa de Pedro los tuppers abarrotan el refri y la alacena, son tantos que ya no halla dónde guardarlos y a pesar de que cocina más en casa desde que inició la cuarentena, no los ocupa para guardar comida, pues hace solamente lo necesario para comer. Recuerda con nostalgia su lonchera térmica, con compartimentos separados para comidas calientes y frías, que ahora sólo acumula polvo guardada encima del refrigerador.

El gafete con yoyo de Sandra se pregunta si ya lo olvidó, porque no lo ha ocupado en tres meses. Ya no lo estira, no lo juega cuando esta nerviosa, ni lo presume con sus compañeras de trabajo como cuando le puso una nueva mica a la credencial. El propio yoyo teme romperse si algún día Sandra vuelve a estirarlo, aunque sea sólo por los viejos tiempos.

Mario dejó sus pantalones en la tintorería, y apenas se animó a ir por ellos. Llegando a casa se los prueba, en parte para cambiarle un poco a los pantas y a la pijama del hombre de acero que ha sido testigo de innumerables juntas y snacks, y en parte para asegurarse frente al espejo que sigue siendo talla 36… pero los pantalones no mienten, y la imposibilidad de cerrar el cierre y abotonarlos, tampoco. Mario ha subido de peso, ¿ahora qué hará con tantos pantalones?

Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, Doña Pelos se la refresca a sus antepasados porque otra vez le salieron demasiados chilaquiles. Chilaquiles que definitivamente ya no se venden como antes en la esquina de las oficinas. Recuerda con ojitos Remy cómo los viernes antes de las 9 am ya no tenía nada, ni café, ni pan, y mucho menos chilaquiles. Se pregunta qué será de la señorita Claudia, la que puntualmente bajaba a las 8:30 am y le pedía 6 chilaquiles con todo, 3 sin crema y 2 sin cebolla, y echaban el chal a gusto mientras preparaban todo.

Martita extraña ir al tianguis los martes. Tiene el teléfono de la comadre que le vende por catálogo, pero no es lo mismo que pasear en el tianguis a la hora de comer, aprovechando para hacer un poco de mandado y concederse un par de antojos. Martita no lo sabe, pero Juan, el frutero, también la extraña, pues era su mejor clienta. Ahora ya no vende tanto y mucha de su mercancía se ha echado a perder porque los martes pasan a lo mucho 6 personas al tianguis, con eso de que las oficinas están cerradas, tal vez sea mejor buscar otro mercado donde poner su puesto.

Desde las oficinas, los lugares se empolvan, las plumas pierden tinta y los calendarios se decoloran, extrañados de tanto silencio y soledad. No hay juntas, ni llamadas, tampoco el olor a café mientras le cantan las mañanitas a los cumpleañeros del mes. De repente ven a un grupo de extraterrestres cubiertos de pies a cabeza que rocían toda la oficina con un líquido que huele raro, y se van. Están hablando de reducir espacios, pues no todos los Godínez regresarán físicamente a las oficinas, sólo los más necesarios y los que no tengan riesgos de salud, sabrá Dios qué es eso.

El Godín se enfrenta a un evento decisivo en su evolución; se extingue como lo conocemos, y cambia todo el ecosistema creado a su alrededor, o se adapta, y junto con ellos todos los que dependían de su hábitat natural.

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