Opinión

Salvando al Godín de los Zoombies

O por qué acabamos más cansados si no vemos a nadie. | Aniela Cordero

  • 23/05/2020
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Desde que inició la cuarentena hace ya 2 meses, aunque todos coincidimos con que se siente una eternidad, hemos estado adaptándonos al tan anhelado home office, que para algunos ha sido más una maldición que un beneficio, pero no contábamos con que tendríamos casa llena. Empezamos el día, tenemos llamadas, conferencias, juntas, y al terminar el día no falta el bonito momento familiar donde también nos conectamos para ver a nuestros seres queridos, platicar, echar el coto y en general sentirnos no tan solos en este aislamiento.

Pero de alguna manera, acabamos aún más cansados sin tanto contacto humano. ¿Por qué? La BBC entrevistó a dos especialistas al respecto, Gianpero Petriglieri y Marissa Shuffler, quienes son profesores asociados en Insead (Escuela de negocios y centro de investigación) y la Universidad de Clemson respectivamente. Gianpero es especialista en la investigación de aprendizaje sustentable y desarrollo en el trabajo, mientras que Marissa estudia el bienestar laboral y la efectividad del trabajo en equipo.

Ambos coinciden en que es más extenuante el comunicarse a través de videollamadas o videoconferencias, porque al no tener a la persona frente a nosotros (físicamente) necesitamos mucha mayor concentración para descifrar y procesar el lenguaje verbal del otro, como las expresiones faciales, el tono de voz y a lo que podamos ver del lenguaje corporal. La disonancia mental entre saberse cerca pero no estarlo, causa sentimientos contradictorios y nos impide fluir naturalmente en una conversación.

Por otro lado, los silencios y desfases son otro factor para tener en cuenta. En una conversación cara a cara los silencios marcan el ritmo y la cadencia de la conversación de forma natural, mientras que en las videollamadas provocan ansiedad y preocupación, además de incomodar a todos los involucrados porque no sabemos si es nuestra conexión, la del otro, o qué es lo que está pasando. Y a pesar de que los silencios y desfases sean tan cortos como 1.2 segundos, la gente tiende a percibir al otro como menos amigable o concentrado.

Un tercer factor a considerar es que al tener la cámara activada (y no siempre podemos desactivarla) somos muy conscientes de que los demás nos están observando, e incluso nosotros mismos nos observamos de más porque ponemos nuestro video para ver cómo nos están viendo los demás, y eso pone un poco más de presión, pues nos sabemos el centro de la atención de los demás, y sabemos que están observándonos detenidamente, lo que se traduce en nuestro cerebro como la necesidad de sobreactuar y no fluimos tan bien con la conversación.

Adicional al tema tecnológico, el utilizar con muchísima más frecuencia estas herramientas, son un recordatorio constante de la situación de cuarentena y asilamiento, de modo que cada vez que vemos a nuestros amigos o familia a través de las pantallas, inconscientemente nos estamos recordando todo el tiempo lo que temporalmente hemos perdido y lo que extrañamos; desde convivir con nuestros compañeros en la oficina, el ritmo de un día de trabajo con sus idas, venidas y descansos; hasta las salidas con amigos donde puedes escoger cuándo irte a casa o si asistir, o no.

En estos momentos no hay diferencia entre introvertidos o extrovertidos, todos estamos experimentando el mismo cansancio y angustia (aunque a diferentes niveles) al encontrar nuestro contexto normal interrumpido por causas fuera de nuestro control.

Para acabarla de amolar, y como leíamos en la columna anterior, los aspectos de nuestra vida que se encontraban separados, están sucediendo todos en el mismo espacio y tenemos que interpretar nuestros diferentes roles sociales (amigo, cónyuge, jefe, colaborador, etc.) a través de la misma ventana digital. Incluso, ya no hay una diferencia entre el tiempo o espacio que reservábamos para "nosotros" (el famosísimo "me time") mientras que la presión por no perder nuestro trabajo, o encontrar uno lo antes posible, hacen mella en nosotros.

Algunos podríamos pensar en que, si tenemos una videollamada con nuestra familia o amigos, es un espacio y momento para relajarnos, pero muchas veces participamos por que debemos y no precisamente porque queramos. En esos casos, estamos un mayor tiempo aparentando que realmente disfrutando, y sólo hace que terminemos más cansados.

Claro está que la solución no es dejar de utilizar las videoconferencias, pero podemos hacer un par de cosas para evitar tanto cansancio. El primer paso es limitar los videos a los estrictamente necesarios, incluyendo las reuniones sociales. A pesar de la distancia, no todas las llamadas tienen que ser con video, algunas pueden ser una llamada, un mensaje o una carpeta compartida con el equipo con notas claras.

Al tener las videollamadas que no podamos cancelar, el tiempo para hacer un catch up con nuestro equipo es importante, sobre todo antes de pasar a temas prácticos y del trabajo. Es una forma de mantenernos conectados socialmente y de seguir fomentando la convivencia a nivel laboral. Si de plano no podemos evitar las videoconferencias todo el día, hay que tratar de poner periodos de transición entre cada una para que nos dé tiempo de hacer algo alejados de la pantalla como caminar un poco, hacer una rutina pequeña de ejercicio, prepararnos una botana o bebida, y poder agarrar energía para nuestro siguiente performance.

Y si todo lo anterior falla, no hay nada de malo en regresar a los viejos tiempos y mandarles una carta. En correo exprés, eso sí.