Opinión

Salón Los Ángeles, los rituales del cuerpo en riesgo por la pandemia

No sabemos cuánto de lo que conocimos antes de la pandemia sobreviva. | Cristina Tamariz*

  • 09/08/2020
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Hace un par de días leí una de las frases más contundentes sobre el momento crítico que vivimos, resumido en una palabra que lo penetra todo, pandemia. Escribe Amador Fernández-Savater, tenemos malas noticias, “el virus se reproduce a través de nuestras formas de vida… Podemos decir que los modos de vida convencionales están infectados y envenados. No hay vuelta a lo mismo”, y es justo eso que nos queda, el terreno de una incertidumbre acechante. Entre la larga, larga lista de prácticas que quedarán relegadas por un tiempo al recuerdo está el baile, un espacio de sociabilidad urbana por excelencia.

El Salón Los Ángeles, es sin duda uno de esos espacios sobrevivientes al ímpetu moralizante de las autoridades, al cambio de gustos en las diversiones populares y ahora al asecho de un virus que nos enfrenta al dilema, distanciamiento o muerte. Medio mundo conoce su eslogan, pero pocos tienen la experiencia de descubrir lo que tarde a tarde tenía lugar entre la música de las orquestas y la pista de baile. Comparto las notas de la primera vez que asistí a los martes de danzón en febrero del 2015, era un baile de carnaval.

“A la salida del metro Tlatelolco avancé por la calle Lerdo hasta distinguir la marquesina del salón. Cuarenta pesos para acceder a un espacio suspendido en el tiempo desde su apertura en 1937. Al fondo del escenario amenizaba la danzonera de Felipe Urban mientras los bailadores esperaban pareja en unas bancas de madera alrededor de la pista. Para las mujeres parte del ritual de transformación tiene lugar en el baño, cambio de zapatos de piso por zapatillas de tiritas que adornan la parte del cuerpo más valorada por cualquier bailador, los pies”.

“Inicié mi recorrido por el salón con ese nerviosismo que provoca lo desconocido.  Al avanzar por el salón sentía la mirada de los señores entre extrañados y curiosos. Uno de ellos de más de setenta años, según pude calcular, me salió al paso y me invitó a bailar la primera pieza. En uno de los descansos otro señor que aparentaba menos edad, me dijo que si no quería un antifaz como el que usaban varias señoras. Me llevó con una señora de no menos de 80 años de porte elegante con su traje sastre rojo y el cabello color caoba quien saludaba a todos los asistentes por su nombre. El hombre que me llevaba la llamó por su nombre, Doña Armida y le comentó: -Mire traigo a una amiguita para que le dé su antifaz. La señora me miró con simpatía, pero aseguró que ya los había repartido todos. El hombre insistió de nuevo, -Mire que es muy linda, no la va a dejar sin antifaz. Doña Armida se levantó de la mesa y en un momento regresó con uno plateado en diamantina y plumas blancas, comentó que era el que había guardado para ella, pero que me lo regalaba. Agradecida con ese gesto, me enteré después que era la dueña del salón”.

“Bailé con un par de señores hasta que me sacó un hombre de complexión robusta cuyo atuendo era más parecido al de los músicos. En efecto, Ángel Revilla era músico y tenía un grupo de son cubano que amenizaba en un restaurant cerca del estadio universitario todos los jueves. Le comenté que trabajaba en una investigación sobre la trayectoria de los danzoneros, enseguida noté su entusiasmo y sin decir más me guio a la pista, pero no en plan de bailadores sino de observadores. Fue un momento revelador cuando el mismo escenario que miré al llegar y me impresionó por su novedad, se desplegaba como una radiografía. Ángel conocía a la mayoría de asistentes asiduos, incluso me comentó que sus padres se habían conocido en este salón y él había vivido por años en la colonia Guerrero”.

“Me dijo que para mi estudio seguro me interesaría conocer a Estelita, una mujer que pasa de los 60 años, dedicada al deporte en su juventud (voleibol) y que a raíz de la muerte de su esposo se entregó por completo al baile. Una a otra, me impresionaban las historias de vida de los bailadores, como un sastre que llevaba décadas de asistir de manera ininterrumpida al salón. Lo mismo sucedía con otro hombre de unos 70 años que fue agente de la policía y que en sus mejores años llegaba ataviado con joyería y relojes finos”.

“A medida que transcurría el tiempo las relaciones entre los bailadores se volvían más íntimas. Cuando la orquesta interpretó algunos mambos, hombres y mujeres formaron dos filas e iniciaron con una coreografía perfectamente coordinada. En otras piezas, los abrazos y acercamientos cuerpo a cuerpo eran frecuentes, las parejas en abrazo pleno cuando sonaba un bolero. El tiempo del baile en el salón tiene la misma cadencia de una pieza musical”.

Mientras concluyo este escrito, después de evocar lo que era una tarde de baile en el salón, la familia Nieto continúa con una campaña para recaudar fondos y evitar el cierre definitivo de Los Ángeles. El virus que amenaza nuestras formas de vida y entretenimiento parece no ceder ante las restricciones y medidas de contención. Cuando por fin nos sea posible salir sin el rostro cubierto, sin miedo al contagio, no sabemos cuánto de lo que conocimos antes de la pandemia sobreviva. Espero que la marquesina de Los Ángeles siga encendida para entonces.

*Cristina Tamariz, investigadora y docente especialista en diseños de investigación social. Doctora en Ciencias Sociales por El Colegio de México; maestra en Sociología Política por el Instituto Mora y licenciada en Ciencias de la Comunicación y Periodismo por la UNAM. Pertenece al Sistema Nacional de Investigadores (SNI) del Conacyt. Forma parte del cuerpo docente de la Maestría en Periodismo político en la Escuela Carlos Septién García.

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