Opinión

Rodolfo Rojas Zea, pilar del periodismo cultural

Es muy grande el hueco que deja. Es imborrable su legado en el periodismo cultural mexicano. | Guillermo Mora Tavares*

  • 09/03/2021
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Vivió y murió en la cultura. Poco común en ese ambiente, nunca militó en capillas, ni mucho menos las prohijó. A partir de su regreso a México en 1968, después de haber cubierto el Mayo del 68 en París, el 68 de allá y el de acá marcaron su vida. Baleado junto a la periodista italiana Oriana Fallaci en la Noche de Tlatelolco, terminó desencantado de su trabajo en el periódico El Día para ingresar a Excélsior: Fue desde entonces y durante décadas, pilar del periodismo cultural.

Rodolfo Rojas Zea, murió el sábado 6 de marzo. No tengo testimonio de su fecha de nacimiento, sólo se que fue en la ahora CDMX. Para ir al Olimpo, como eufemísticamente llamábamos a la Sección Cultural de Excélsior entre los 60s y 80s del siglo XX, Rodofo tan sólo cruzaba de una acera a otra el Paseo de la Reforma. Vivía en el número 27, frente al diario. Departamento a donde llegaban artistas de la literatura, la música, la pintura, el cine o, figuras del periodismo como Oriana Fallaci, con quien fue a Tlatelolco aquel 2 de octubre, porque tenían que cubrir el mitin estudiantil. Los había presentado poco antes el encargado de Le Monde para esta región, Marcel Niedergang.

De aquellas noches intensas de inteligencia y talento, Alfredo Jiménez recuerda “… una gran reunión en su casa de Paseo de la Reforma 27, con sus amigos Mercedes Sosa, Chabuca Granda, Mario Orozco Rivera, Guillermo Ceniceros, y otros cantores y artistas de la plástica”. Como muchos, Alfredo se inició como ayudante de redacción y poco a poco se forjó como reportero.

Rodolfo llegaba a la Redacción de Excélsior, con su gabardina beige, sobrepuesta. Sea cual fuese el clima. Generalmente salía muy tarde. Una noche estaba de guardia. Con natural educación y cierta timidez, pidió permiso para ausentarse dos horas: Fue a casarse y regresó. Era discreto, lacónico pero preciso y claro. Cumplido, nadie recuerda que jamás haya fallado en sus responsabilidades profesionales.

Escritores, historiadores, poetas, académicos, escultores, pintores, músicos, cineastas, actores, actrices y periodistas dan sin rubor testimonios de un periodista sin igual. Honesto, lector incansable, vanguardista y promotor cultural. Un caballero Águila o Jaguar de la Amistad.

No recuerdo haber sabido de nadie que lo viese como enemigo. Ni creo que los haya tenido jamás. 

En el año 2000, Emilio Viale, otro compañero de aquél Excélsior, entrevistó a Rodolfo para el diario La Crónica de Hoy, principalmente acerca del ’68: “…el 2 de octubre trabajé mucho, me arriesgué, me dieron un balazo, me echaron de Tlatelolco, volví, herido, por la nota. Y no me la publicaron”.

En el edificio Chihuahua de Tlatelolco, Oriana Fallaci y Rodolfo, recibieron un balazo cada quién. 

Días antes del 2 de octubre, Rodolfo fue llevado preso a Lecumberri y así lo narra el periodista Edgar González Martínez: “…Nos conocimos cuando trabajamos en el periódico El Día, allá por 1968. Antes del tlatelolcazo, reporteando en la vocacional de Tlatelolco, convertida después en una clínica del IMSS, nos confundieron con estudiantes y nos arrestaron. Nos subieron a la julia y nos llevaron a Lecumberri. Ahí estuvimos 48 horas y nos ayudó a salir José Carreño Carlón”. 

Los recuerdos y los testimonios emergen poco a poco y, cada vez más claros y contundentes, con relación a Rodolfo. Rescaté esto del libro “La Noche Perpetua”, de Marco Aurelio Carballo, publicado por la UAM-Xochimilco el año 2000: “…En el diario donde trabajábamos Rodolfo Rojas Zea fue reportero estrella de asuntos culturales y se hablaba de tú con los artistas de primera línea. Poseía originales de pintores famosos y libros autografiados por sus respectivos autores. Mercedes Sosa, por mencionar a alguien, cenaba en su departamento cada vez que ella venía al DF.

“¿Ya leíste a Ibargüengoitia?, me preguntó Rodolfo una mañana que fui sorprendido leyendo a Ágatha Christie. Lo recuerdo con su gabardina beige y varios libros, diarios y revistas bajo el brazo izquierdo, y en la derecha mostrándome la portada de “La ley de Herodes”, el libro de cuentos de Jorge Ibargüengoitia (1923-1983). No le había leído más que los artículos que publicaba dos veces por semana en la página editorial del diario en que trabajábamos los tres. Por cierto, era el primero a quien leía cada mañana de los martes a viernes, incluso antes que los editoriales del diario. Deberías leerlo, agregó Rojas Zea. Es buenísimo”.

Además de su huella en Excélsior, donde hizo mancuerna editorial con Eduardo Deschamps y fue el primero en descubrir el potencial creativo de Carlos Monsiváis, Rojas Zea fue cofundador del diario Unomásuno y de la revista semanal Tiempo Libre. En ambos tramos fuimos amigos y compañeros. Más de una vez brindamos con pálidos jaiboles, como don José Alvarado llamaba al whisky con agua mineral.

Es muy grande el hueco que deja. Es imborrable su legado en el periodismo cultural mexicano. Como jefe, siempre era un maestro. Formó legiones de periodistas culturales, mujeres y hombres.

Rodolfo, ahora sí estás en el Olimpo verdadero, y no en el de Reforma 18.

*Reportero desde 1964.

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