Opinión

¿Renovarse o desaparecer?

La construcción de contrapesos efectivos debe ser prioritaria para la oposición. | José Antonio Sosa Plata

  • 29/08/2019
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A poco más de un año de las elecciones federales de 2018, el sistema de partidos se mantiene débil y sin los contrapesos que necesita nuestra democracia. El impacto que provocaron en el sistema político los más de 30 millones de votos en favor del presidente Andrés Manuel López Obrador, configuraron uno de los escenarios políticos más complejos e interesantes que se hayan visto en la historia del país.

Después de “la tormenta” de aquel domingo 1 de julio, llegó un largo periodo de calma para los partidos y liderazgos opositores al nuevo gobierno. Esta situación le ha dado al presidente de la República un amplio margen de libertad para que avance, sin grandes obstáculos, en la ruta de su proyecto conocido como la Cuarta Transformación.

Sin embargo, para seguir adelante en la ruta de una democracia real y robusta, el gobierno federal y los partidos deben adaptarse a las necesidades que imponen el contexto internacional adverso y una situación interna dominada aún por la inseguridad, con una economía que no crece conforme a las expectativas.

Si bien es cierto que el presidente ha tenido logros muy importantes, también lo es que le llevará demasiado tiempo consolidar el cambio comprometido. La misión no será fácil. Por un lado, porque se necesitan muchos recursos y un cambio cultural que involucre a toda la sociedad. Por el otro, porque la historia ha demostrado que lo más conveniente es consolidar un sistema político plural, abierto, en el que se respeten las leyes y en el que funcionen, de manera efectiva, los pesos y contrapesos.

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De la misma manera está demostrado que la ciudadanía no aprobará ni resistirá con facilidad otro modelo de presidencialismo centralista. Tampoco el de un partido hegemónico, autoritario y dominante. El mensaje que dio en el sentido del “ya basta” con la corrupción, con la impunidad y con la inseguridad tenía la intención de colocar la mirada en el futuro, tirando los viejos lastres que tanto daño hicieron, por décadas, a la tranquilidad y calidad de vida de la mayoría de la gente.

La voluntad de la mayoría fue clara y contundente. Por eso cimbró el sistema de partidos, como nunca lo había hecho. Hoy, la mayoría sigue confiando en el presidente y en su proyecto. Pero un sistema sin los equilibrios adecuados ha abierto la puerta a nuevas situaciones de riesgo que no se pueden soslayar.

En este marco, el #PRD creó #Futuro21. El proyecto está sustentado en una coalición política en la que participarán organizaciones y personajes políticos y de la sociedad civil diversos. El objetivo principal, dicen sus creadores, es convertirse en un contrapeso del presidente de la República y #Morena. El primer reto lo tendrán que superar en las elecciones intermedias de 2021.

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Las críticas a la nueva agrupación no se hicieron esperar. Algunas de éstas fueron muy duras contra los liderazgos que participaron en la asamblea que realizaron el sábado pasado. Como era de esperarse, al #PRD tampoco le ha ido muy bien en los medios y en las redes sociales. Fallaron las narrativas, el manejo de tiempos y algunos contenidos de quienes dieron las entrevistas.

La renovación institucional es un proceso que debe apoyar cualquier régimen democrático. Más aún cuando se experimenta un desprestigio de la política y una crisis de liderazgos que dificulta la competencia profesional y plural. En un sistema de partidos, en donde la alternancia es parte de un proceso normal, “los perdedores” tienen el derecho a reinventarse, a corregir y a presentarse de nuevo ante el electorado.

Las derrotas y fracasos no siempre aniquilan. Hay incluso quienes los ven como áreas de oportunidad. De cualquier forma, los proyectos renovadores no solo deben servir para recuperar o mantener los intereses personales o de grupo. También son útiles para renovar las reglas de la política, de manera particular en un contexto como el que estamos viviendo en el país.

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Aunque se dice que en imagen nunca hay una segunda oportunidad para causar una primera buena impresión, Futuro 21 tiene dos ventajas. Una, el tiempo para revisar y corregir a fondo la estrategia política y comunicacional. Otra, el bajo impacto comunicacional que tuvo el anuncio de su lanzamiento. El proyecto tiene potencial y puede contribuir a que tengamos una democracia de mayor calidad. Lo que falta ver es si logra desarrollar la capacidad para convencer a una sociedad escéptica de la política y muy preocupada por sobrevivir el día a día.

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