Opinión

Recuperación sostenible… ¿será?

Las cifras revelan incrementos de la producción agropecuaria superiores al crecimiento de la población. | Jorge Faljo

  • 20/09/2020
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México refrendó su compromiso por una recuperación sostenible durante la Reunión Ministerial de Medio Ambiente del G-20, el grupo que incluye a los principales países del planeta. En esa videoreunión virtual la representante de México, la subsecretaria de Asuntos Multilaterales y Derechos Humanos de la Secretaría de Relaciones Exteriores, Martha Delgado, señaló que debemos atender, urgentemente, la pérdida de biodiversidad, la degradación de la tierra y el cambio climático, al mismo tiempo que se combate la pobreza.

Tiene razón y su planteamiento estuvo en perfecta sintonía con el del documento final del encuentro. En ese documento se dice que cada año se pierden para la agricultura alrededor de 12 millones de hectáreas con un significativo daño ambiental y socioeconómico que impacta a miles de millones de personas.

Cuatro días antes una reunión similar del G-20 referente a agricultura y agua, se discutió cómo incrementar la sostenibilidad de la agricultura para un crecimiento incluyente, reducir el desperdicio de alimentos, que se acerca a la tercera parte de la producción total, y combatir la desnutrición.

Finalmente, los participantes de ambas reuniones acordaron continuar sus esfuerzos hacia el encuentro de soluciones. Como vienen haciéndolo desde hace décadas.

No falta diagnóstico, no faltan soluciones y podría pensarse que no falta sinceridad en el deseo de cambio. Pero no se avanza porque cambiar de rumbo implica enfrentar enormes barreras de intereses creados y la idea de que no hay otra manera. No es así.

El sistema alimentario en su conjunto es hoy en día el principal depredador y contaminante del medio ambiente, de la tierra, el agua y el aire. Un sistema guiado por el único objetivo de la mayor productividad de corto plazo produce al máximo a costa de la sobreexplotación de la tierra a la que agota, no le permite recuperarse y termina por desecharla, o usarla sólo como piso exhausto. La implantación de monocultivos va en contra de la biodiversidad y la expansión de los mismos destruye bosques y selvas.

El uso excesivo de fertilizantes químicos contamina el agua dulce y millones de toneladas de fosfato y nitrógeno, arrastrados por los ríos, terminan en los océanos, fertilizando el crecimiento de algas que absorben el oxígeno disuelto que necesitan las poblaciones de peces. La agricultura ataca la vida marina.

Se estima que cerca de la tercera parte de los alimentos se pierde o desperdicia. En el mundo pobre sobre todo, por instalaciones de almacenamiento y procesamiento inadecuadas. En el mundo rico por cada consumidor se desperdician unos 100 kilos al año de alimentos, entre otras cosas por una apariencia imperfecta, porque el tipo de alimentos es más delicado, o de plano porque se compra de más y la comida, siendo parte menor del gasto de tales familias, no se cuida en los hogares.

Lo central del problema es la producción de carne. Si se suman las tierras de pastoreo a las dedicadas a la producción de forrajes, cerca del 70 por ciento de las tierras agrícolas se dedican a la producción de ganado. El incremento demográfico y de nuevas clases medias en algunos países, por ejemplo, China, llevan a un consumo excesivo de carne. Tan excesivo que se asocia a enfermedades crónicas, como obesidad, diabetes, problemas cardiovasculares y cáncer.

Más de la tercera parte de la producción mundial de cereales se usa como forraje. Eso reduce enormemente su capacidad para alimentar a más seres humanos. El consumo excesivo de carne no sólo expande las superficies de cultivo, ataca la biodiversidad y contamina, sino que quita alimentos de la mesa de los pobres y contribuye a los cientos de millones de gentes que sufren hambre crónica.

Las cifras revelan incrementos de la producción agropecuaria superiores al crecimiento de la población. Pero estos ocurren sobre todo en forma de productos para el consumo de las clases medias y altas y estos incrementos no han disminuido el hambre y la mala nutrición. En este año de pandemia estas crecen no tanto por la menor ingestión de calorías, sino por una reducción de la ingestión de proteínas y micronutrientes. El tipo de hambre oculta y permanente se traduce en obesidad. Este país ya es de gordos desnutridos.

Un asunto grave es que, en los países ricos, Estados Unidos y Europa en particular, existen altos subsidios a toda la cadena alimentaria que alientan la sobreproducción y las exportaciones a precios con los que no puede competir la producción de los países periféricos, como el nuestro. Lo cual desalienta la inversión en la agricultura local, excepto la de exportación y aquella que también recibe altos subsidios.

Se ha creado una situación paradójica; somos exportadores de alimentos de consumo suntuario, aguacates, camarón, cerveza entre otros, e importadores del consumo básico de la mayoría de la población.

En condiciones de libre comercio la inversión agropecuaria interna, la pública y la privada, se ha centrado en la agricultura productivista, depredadora y en buena medida exportadora. Al mismo tiempo a la mayoría de los productores, el campesinado, se le definió como sin potencial y se le abandonó. La liberalización del mercado alimentario se asoció a la disminución del estado y se dejó todo en manos de transnacionales.

La importación de alimentos baratos funcionó como compensación parcial de la estrategia de empobrecimiento de los asalariados. Se sacrificó al campesinado y nos hemos hecho adictos a las importaciones baratas.

En estas condiciones no puede funcionar lo que México propuso en la reunión del G-20, combatir la pérdida de biodiversidad, la degradación de la tierra, el cambio climático, con una producción alimentaria incluyente y, al mismo tiempo, combatir la pobreza.

Cambiar a una alimentación sana implica que muchos coman menos carne, sobre todo vacuna, y que la mayoría coma alimentos más variados, con más proteínas y micronutrientes esenciales, lo que se puede lograr con leguminosas, plantas y complementar con productos animales.

Pero el verdadero gran tema es el del libre comercio alimentario. Superar la adicción a alimentos baratos importados, y apoyar una producción interna sostenible, que permita vivir con dignidad a la población rural y alimentar a la población, no es viable con el T-MEC que se acaba de firmar.

Antes que ese tratado México se comprometió en otros tratados, y en su constitución, a priorizar el derecho humano a la alimentación. Ahora la pandemia, más las evidencias de desastre climático, hacen imperativo que la recuperación sea efectivamente sostenible, no depredadora.

Esto no se logrará si no se empuja desde abajo para contrarrestar los poderosos intereses que siguen dominando el sistema alimentario.

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