Opinión

¿Quién habla del narcotráfico y los músicos de a pie?

La violencia que padecen los cantantes mexicanos no termina con el delito, con frecuencia sus cuerpos se exponen públicamente. | Edgar Guerra*

  • 22/03/2020
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El asesinato impune de los cantantes de música mexicana regional avanza imparablemente. Ayer, hoy; aquí y allá, intérpretes de estilo grupero o de banda, compositores de corridos o músicos locales, todos son víctimas de secuestro, extorsión y homicidio. Además, la violencia que padecen los cantantes mexicanos no termina con el delito. Con frecuencia sus cuerpos –cadáveres violentados– se exponen públicamente, sus memorias se criminalizan, y sus familias son revictimizadas. 

Se ha vuelto cotidiano que, ante la muerte de algún artista reconocido, en los medios de comunicación estalle un festín de notas periodísticas, reportajes malintencionados y recuentos de trayectorias que vanaglorian o condenan al artista caído. Así, la victimización no termina con el asesinato. La violencia, muchas veces, se instala en la prensa, la radio y la televisión; se convierte en linchamiento mediático y envilece la conversación pública. 

Son innumerables los casos de artistas asesinados por “posibles vínculos con la delincuencia organizada”. Tristemente, en algunos casos, la sentencia condenatoria no proviene de las autoridades judiciales, sino del público, de los fans del artista o de cierta prensa despiadada que privilegia el escándalo antes que la ética. Es cierto que, en muchos de los incidentes, las circunstancias del asesinato no pueden menos que provocar suspicacias acerca de la probable responsabilidad de la delincuencia organizada en la consumación del delito: armas de alto poder y de uso exclusivo del ejército; participación de un grupo de individuos; vestimenta y parafernalia tipo paramilitar; grandes contingentes de vehículos; mensajes sobre el cuerpo de la víctima o en el área del delito. Como abono a la sospecha, en algunos casos, los presuntos perpetradores declaran su autoría a través de distintos medios, principalmente en las redes sociales. En otros, las versiones se generan como chismes de las mesas de redacción, se propagan a través de los medios masivos y se convierten en leyendas populares. 

Sin embargo, es a las autoridades judiciales a quienes les compete esclarecer los motivos y las circunstancias del hecho violento. Desafortunadamente, en México no contamos con un registro oficial acerca de los artistas y personajes del mundo del espectáculo que han sido asesinados. Mucho menos sabemos, con certeza, hasta qué punto su desaparición o muerte se vincula con la delincuencia organizada o con el clima de inseguridad que prevalece en México.1

Hasta ahora, la investigación académica se ha acercado al tema de la producción musical para estudiar sus vínculos con la delincuencia organizada, en especial aquella involucrada en drogas. La literatura sobre el tema ha mostrado que las relaciones entre lo que coloquialmente se nombra narcotráfico y la producción artística musical son dinámicas, sus nexos de larga data y, en gran parte, se ha destinado a cantar las glorias y las ruinas de los hombres y mujeres del narco. 

De acuerdo con las investigaciones existentes, en sus inicios, la música regional mexicana vinculada al narcotráfico cantaba, casi siempre a través del corrido, un lamento escrito intempestivamente desde la expiación –ya fuese desde el dolor ante la muerte de un ser querido o desde la cárcel–. Los corridos eran cantos entonados con una vocación prescriptiva y contenían una moraleja. A través de la composición musical se mostraba la porosidad entre lo legal y lo ilegal, y se expresaba cierto arrepentimiento. Hoy, por el contrario, ese mismo género musical enaltece las hazañas de los jefes criminales, su poderío, el dominio de su territorio, la violencia que ejerce; sus glorias, sus mujeres y sus riquezas. La vieja estructura normativa del narcocorrido se ha diluido: ya no hay arrepentimiento, sino legitimación. 

Esta transición es un dato interesante no solo sobre la historia de la música regional mexicana sino sobre la historia misma de nuestro país. Los dramas y las vidas que son temas de las canciones dicen mucho acerca de la evolución de la delincuencia organizada, en especial, de aquella vinculada a los delitos contra la salud. La música que, en una primera etapa, narraba historias de familias, trayectorias de vida y dilemas morales, hoy evidencia, en sus temas y en sus prácticas, el uso sistemático de la violencia sádica como un medio para resolver conflictos de poder.

Ahora bien, hay un cambio social y económico, más allá de los temas de las canciones, que las investigaciones académicas aún no estudian: la violencia que ahora se ejerce contra los músicos y los artistas. Más allá de las historias amarillistas en torno a las tragedias de las grandes figuras del mundo de la farándula, nada se dice sobre la violencia perpetrada contra los músicos de a pie. Esos que animan las fiestas de las bandas delictivas locales, que son contactados de forma directa y amenazante en sus lugares de trabajo o en sus casas, que son vendados para conducirlos a una fiesta. Que una vez ahí, en los lugares clandestinos de lo ilícito, en los que la fiesta explota, quedan sujetos a los designios de los señores que los contratan; quedan expuestos a no recibir pago –en el mejor de los casos–, a ser amenazados o golpeados, o incluso a ser retenidos contra su voluntad por un tiempo indefinido. Testimonios sobre estos hechos abundan. Cantar en una fiesta de los señores de la droga ya no es un privilegio que reditúe, sino un riesgo que se corre con miedo y casi siempre bajo coerción.

Es necesario hacer estudios sobre el asesinato y la violencia que sufren nuestros cantantes y artistas. Bajo qué circunstancias mueren, en qué contextos ocurre su muerte y cómo. La tarea se vuelve necesaria si queremos entender a plenitud el desastre y las consecuencias de la dinámica de guerra e inseguridad en la que nos encontramos desde hace más de diez años.

La música regional y el tráfico de sustancias ilícitas se han entreverado en una relación simbiótica de beneficios y maleficios. Desde un punto de vista material, en gran medida, la música creció y se enriqueció trovando para los señores del narco y ha contribuido a la formación de un gusto musical, de una estética, de una cultura. Desde un punto de vista simbólico, las hazañas que narran las canciones legitiman la trasgresión que el narcotráfico ejerce a través de la violencia. En el camino, se ha construido todo un campo artístico de autores, cantautores e intérpretes que, cotidianamente, contribuyen a delinear una cultura musical que ofrece un sentido de pertenencia a muchos mexicanos y mexicanas, la mayoría jóvenes. Lastimosamente, ese mundo se encuentra estructuralmente acoplado al campo criminal. La música regional se ha vuelto una trampa de muerte para los artistas mexicanos.

1 En México contamos con registros –algunos más confiables que otros– sobre el asesinato de periodistas, de ministros de culto y de presidentes municipales. En estos tres rubros, la información se detalla con cierta acuciosidad sobre las circunstancias de la muerte, el estado de las investigaciones y otros aspectos. Además, no solamente existe información oficial al respecto, sino que también, se cuenta con informes generados desde organizaciones de la sociedad civil, así como investigaciones académicas. 

*Edgar Guerra es doctor en Sociologi´a por la Universidad de Bielefeld, Alemania (Suma Cum Laude) y Maestro en Sociologi´a Poli´tica por el Instituto Mora (Mencio´n Honori´fica). Sus li´neas de trabajo se encuentran en el campo de la sociologi´a de los grupos armados, de los movimientos sociales y la poli´tica de drogas. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores, Nivel I. 

Es coautor del libro “La poli´tica de drogas en Las Ame´ricas: Redefiniendo el problema y el papel del Estado”, publicado por el CIDE, asi´ como autor de varios arti´culos y ensayos de investigacio´n sobre grupos de autodefensas (PDF), organizaciones criminales y comunidades rurales (PDF), el movimiento canna´bico mexicano (PDF), las poli´ticas de seguridad y construccio´n de paz (PDF ), y de movimientos sociales en el contexto de la guerra contra las drogas( PDF ). 

Su ma´s reciente publicacio´n es: “Crueldad y brutalidad en las formas de morir de los periodistas en Me´xico. Una aproximacio´n desde la microsociologi´a”, en Revista Sociolo´gica, an~o 34, nu´mero 97, mayo-agosto, pp. 39-71. 

Está adscrito como profesor-investigador al Programa de Política de Drogas del CIDE en su sede Región Centro.

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