La personalidad de Donald Trump y las posiciones que ha asumido de corte neofascista, lo han convertido en un personaje sumamente polémico, querido por algunos -particularmente los denominados wasps que es el acrónimo utilizado para los blancos, anglosajones y protestantes- y detestado por muchos.

 

En el caso de nuestro país, su obstinación por construir un muro divisorio en la frontera y que lo paguemos nosotros, la pretensión de renegociar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte por considerar que es abusivo para Estados Unidos así como los anuncios constantes que advierten de la deportación masiva de inmigrantes, le han significado la aversión prácticamente unánime de los mexicanos, lo cual se recrudece cada vez que califica en forma genérica a nuestros paisanos como delincuentes y se narra la historia de familias que han sido separadas.

 

Ciertamente enfrentamos un escenario muy complejo a partir de su llegada al poder, y la respuesta de nuestro gobierno ha sido francamente pobre. A pesar de los agravios -que en algunos casos han rayado en la humillación-, no ha sido capaz de asumir una posición firme, las acciones para defender los derechos de nuestros connacionales ha sido muy tímida, y a la fecha no se conoce siquiera si cuenta con una estrategia.

 

Pero eso si, ha tratado de tender una cortina de humo en uno de los momentos más críticos de la administración de Peña Nieto y aprovechar estos sentimientos colectivos de rechazo al presidente norteamericano para recibir un poco de oxigeno al convocar a la unidad nacional buscando el apoyo de la ciudadanía, aunque sin mucho éxito como quedó evidenciado con la famélica marcha oficialista del pasado domingo encabezada por Isabel Miranda de Wallace.

 

No hay duda que Trump representa una amenaza para el concierto internacional y que sus controvertidas decisiones, acompañadas de esa actitud soberbia y ofensiva probablemente tendrán aún mayores repercusiones en la relación bilateral así como en la economía nacional e incluso en la política interna. Sin embargo, ponerlo como nuestro principal enemigo me parece un exceso.

 

No debemos confundirnos, el está cumpliendo sus promesas de campaña para complacencia de quienes le dieron su voto -aunque quiero pensar que también hay arrepentimiento en algunos-, los intereses que está obligado a defender son los de su país, y aunque no nos guste, en estricto sentido lo que pase en México no es su responsabilidad y tampoco es el origen de los problemas de fondo que sólo a nosotros corresponde afrontar y resolver.

 

Nuestros verdaderos enemigos son la corrupción e impunidad, la indiferencia ante la pobreza y la desigualdad, el lucro con la necesidad de la gente, la discriminación y la violación constante a los derechos humanos, así como la incapacidad del gobierno para generar oportunidades que eviten que nuestros paisanos se tengan que ir en búsqueda de un mejor futuro aún a costa muchas veces de sus propias vidas. Si no nos respetamos a nosotros mismos, ponemos en orden nuestra propia casa, cumplimos con nuestras obligaciones ciudadanas y exigimos a las autoridades que hagan lo que les corresponde, difícilmente podremos lograr que se nos respete afuera.

 

@agus_castilla

@OpinionLSR

 

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