Opinión

Queremos ser maestros otra vez

Los veo abrazarse, pero saben que faltan otros maestros en el país que siguen esperando ser reinstalados y que el tiempo camina lento. | Manuel Fuentes

  • 28/08/2019
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Villahermosa, Tabasco. - Apenas si bajo del avión y la temperatura ronda por los 30 grados, nada singular por estas tierras a las 11:30 de la noche; mañana alcanzará los 40 grados, hasta los lugareños se quejan de tanto calor. El taxista que me lleva al hotel cuenta que están llenos de esperanza de que en su tierra renazca el empleo, porque hay mucha miseria, ¡no se imagina cuanta!, me dice.

Han visto en las últimas semanas, con mucha ilusión, la llegada de técnicos que vienen de todos lados para apoyar en los trabajos de la refinería y en la extracción del petróleo. Pero el tiempo se hace largo.

Se necesita empleo

Con el lanzamiento del proyecto de la refinería de Dos Bocas se lanzó la convocatoria para la contratación de personal, a la cual llegaron más de 45 mil personas a solicitar ser considerados en el proyecto. Acudieron personas de todos los municipios del estado, eran kilómetros de filas interminables de solicitantes de todas las edades, jóvenes, viejos, hombres y mujeres, algunos con doctorado, maestría, licenciatura, otros albañiles, ingenieros, maestros, con oficio o sin oficio.

Rostros serios, con los ojos de esperanza, mucho tiempo de pie, ni el sol los quebraba. Nunca había visto algo así, decía mi interlocutor.

Después de tanta fila les dijeron que sólo serían consideradas 20 mil personas, menos de la mitad, pero se necesita empleo y en esta zona a nadie le interesa traer industria. Fox, Calderón y Peña Nieto acabaron con la industria petrolera, ellos, su gente, sus amigos se hicieron ricos, y mírenos a nosotros como andamos. Creemos en el proyecto del presidente López Obrador, pero ¿sabe? el tiempo se nos hace largo.

Maestros reinstalados

La noche se me hizo larga con ese relato, pero tenía que encontrarme en la mañana con maestras y maestros que durante tres años estuvieron despedidos por la mal llamada reforma educativa y que al fin después de tantas promesas lograrían un convenio para regresar a laborar.

Al llegar al Tribunal de Conciliación y Arbitraje del Estado de Tabasco, con espacios reducidos, con unas cuantas sillas, con abogados esperando a ser llamados, en medio de un calor sofocante, con expedientes por todas partes, en el piso, en las gavetas, en los escritorios, sentí estar en un espacio donde se detiene el tiempo, donde a la justicia le salen telarañas.

Aquí estuvieron los expedientes de los maestros despedidos por la mal reforma educativa. Fueron muchos tragos amargos los que pasaron. Para señalar una fecha de audiencia se tardaron ocho meses. Pareciera que lo hacían intencionalmente para doblar a los maestros, pero no lo lograron.

-Venga la semana entrante, en dos semanas, este fin de mes. No tengo personal, mire cuánto trabajo tengo. Sólo puedo hacer un expediente por día, porque soy la abogada, secretaria y archivista y aquí nos pagan una miseria, decía la funcionaria.

En estos lugares no se conoce la justicia y es poco el personal que tiene esa convicción. Quien dirige ese Tribunal lo mandó el gobernador por simple amistad y para proteger los intereses del gobierno. A los maestros aquí les informaron que su juicio se había perdido, a pesar de que nunca les notificaron de sus evaluaciones, pero sí les pisotearon sus derechos.

Tuvieron que recurrir a un amparo y lograr que un Tribunal Colegiado de Circuito les diera la razón. Fue una victoria que lograron además de la reforma constitucional que tiró ese proyecto educativo del peñismo que tanto daño les hizo.

Una maestra me decía:

-Ya quiero estar en mi grupo, con mis niños, yo nací maestra y quiero morir como maestra.

-El tiempo de estar despedida fue una especie de muerte pero que no nos derrumbó. Unos maestros se fueron de peones, otros de choferes, otros nos dedicamos al comercio, otros vivimos de prestado y de vender nuestras cosas, pero aquí estamos.

El despido fue tremendo para muchos maestros porque los separaron de sus niños. No podían concebir que las propias autoridades educativas estuvieran contra sus propios maestros.

-Nos humillaron, nos mandaron a la policía, nos impidieron la entrada a nuestras escuelas. Vimos a nuestros niños llorar porque nos despidieron. Eso no lo podemos olvidar.

Al escuchar hablar a los maestros observo que les tiembla la voz de saber que están cerca de regresar a laborar. Ellos dicen que el pago de sus salarios no compensará el daño que les hicieron. Sufrimos actos irreparables. Exigimos una disculpa pública, que nos paguen el daño moral cometido.

Mientras los maestros me platican, los observo inquietos porque ya quieren irse de ese lugar nauseabundo que es el Tribunal de Conciliación y Arbitraje que tanto daño les hizo. Dan vueltas una y otra vez, llaman desde su celular a los abogados de la secretaría de educación pública del estado (así en minúscula) que los han hecho esperar varias horas estos días. Ya vienen, ya vienen, el tiempo se hace largo.

-Al menos, dicen ellos, les ganamos el amparo y logramos que hicieran otro laudo en el que reconocieran que el despido cometido en contra nuestra fue injusto.

Los veo abrazarse, pero saben que faltan otros maestros en el país que siguen esperando ser reinstalados y que el tiempo camina lento. Les dicen:

-Siguen ustedes, no desistan, no pierdan la esperanza. Queremos, al igual que ustedes, regresar a nuestras aulas, estar frente a pizarrón, recorrer los salones, escuchar los gritos de nuestros niños, abrazarlos, queremos ser maestros otra vez. Es nuestra vida.