Opinión

Que se cierre esa puerta

Sostengámonos las/los unas/os a las/los otras/os. Cuidémonos. Son tiempos de desasosiego. | María Teresa Priego

  • 24/03/2020
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Son tiempos de desasosiego. Recuerdo el bello poema de Carlos Pellicer: "Que se cierre esa puerta". El suyo es un llamado al amor, al encuentro erótico. A la intimidad indispensable. Un bello llamado al encierro elegido. A dos. Ahora la puerta se cierra tan a pesar nuestro. Me ha dado por pensar en las Carmelitas Descalzas, en las distintas formas de los claustros. Ahora la vida sucede –sobre todo– del umbral hacia adentro. Y en contactos electrónicos. Por teléfono. Las manos que se agitan a distancia de ventana a ventana. Viva la tecnología que nos permite reunirnos. Organizar comidas y cenas a distancia con la familia y los amigos, como nos sugirió Carmen Boullosa. Extendió su mantel, sus flores, sirvió su mesa y cenó conversando con sus tan amados a través de una pantalla. Ellos también estaban, en otra ciudad, a la mesa. 

Hay cantidad de cosas que hacer hacia adentro. Sin duda. Conversar, leer, estudiar, mirar cantidad de buenas películas. Escribir, pintar. Cantar. Bailar. Participar en juegos a los que invitan en redes sociales. Seguir las visitas virtuales de los museos. Jugar con las mascotas. Ejercicio físico. Yoga, por ejemplo. Los juegos de mesa. Intentar recetas nuevas. Ordenar esos álbumes de fotos, labor que hemos pospuesto por años. Y volver a mirar esas fotos, con todos los viajes de memoria y nostalgia que implican. Circulan lecturas gratuitas cedidas por las editoriales. Vínculos hacia películas de ya reconocidos y nuevos cineastas. Y, sí, pasar la aspiradora hasta por el último de los rincones me ha provocado una paz, que puedo jurar que jamás me ofreció antes. Les decía a mis hijos que me encontré de golpe convertida en madame Trapito. Ese desasosiego casi continuo. Pareciera que viene y va, pero es una especie de telón de fondo interior. Late por dentro. Provoca una cierta angustia, una sensación de amenaza.

Los seres humanos solemos vivir mal la incertidumbre. Los horizontes que no logramos entender. Un cambio demasiado brusco en las reglas de la convivencia. ¿Cómo habría imaginado que recibir un ramo de flores me llevaría a decir de inmediato, en la puerta misma de la casa: "derechito al lava manos, por favor"? Lavar las manos el tiempo de tres consignas breves o una larga, de las de las marchas feministas. Varias veces me ha sucedido sentir un extraño sobresalto mirando una película, y me cacho pensando: "que se alejen un poco, ¿por qué le murmura a la oreja?" "van a contagiar a la persona mayor, qué irresponsables", "Son demasiados en un espacio pequeño, ¿y la sana distancia?" Hay un golpe psicológico innegable, en este cambio de los tiempos. Un estar en alerta del que no necesariamente somos tan conscientes. Compré ramos de flores con la pareja ya mayor que tiene su negocito a dos cuadras de la casa. Han estado allí desde hace más de quince años. Las últimas frutas y verduras del señor que coloca su carrito enfrente. Se dispersan los referentes emocionales de nuestros barrios. ¿Y, hacia dónde van esas personas? ¿hacia dónde? ¿con qué?

Hay una angustia que tiene que ver con el contagio, con qué tan grave podría ser dadas las experiencias de los países a los cuáles el virus llegó antes, los que nos anteceden en la experiencia. ¿Habrá camas suficientes? ¿y si colapsa el sistema de salud? ¿los hospitales públicos atenderán a las personas no afiliadas? ¿los hospitales cuentan con el equipo necesario? Atendemos a los detalles más minuciosos de cómo evitar el contagio, cómo cuidar a una persona enferma. Las cifras al alza. Pero a esa angustia se suma la de la crisis económica por venir. Los pequeños negocios que podrían verse obligados a cerrar, ¿cuántos empleos perdidos? ¿Qué será de las y los millones de mexicanas/os que viven del trabajo informal? Que no pueden dejar de salir. ¿Qué será de las/los trabajadoras/es de las grandes empresas y cadenas transnacionales que podrían sin duda sobrevivir pagando los salarios de sus empleados y que, sin embargo, los "invitan" a retirarse a sus casas sin sus salarios? ¿cuántas familias sostendrán el salario de las trabajadoras del hogar en estos meses de confinamiento? La desigualdad social tan visible, tan siempre ruda, se visibiliza más. Esperamos las propuestas económicas. Las esperamos con ansia.

También nos reímos. A veces, sólo lo intentamos. La cantidad de memes que hemos recibido con el ahora multicitado Poncio Pilatos. La Mona Lisa que mira al exterior desde la ventana de su casa. Por fin pudo irse a descansar de ser mirada. El personaje de "El Grito" de Munch y las partículas de coronavirus que dan vueltas alrededor suyo. El "David" con tapabocas. La habitación de "Las Meninas" de Velázquez desierta. Jesús solitito en la mesa de La última cena. Van Gogh en su habitación en Arlés con una pancarta: "quédense en casa". La creatividad es esa fuerza de Eros en lucha contra su contrario. A ella nos atenemos. A ella nos encomendamos. Los tan pequeños gestos cotidianos que toman, es cierto, una dimensión distinta. Escucho la voz de mi hijo el que sí está en la casa. Miro a los otros dos también encerrados en sus casas en ciudades con niveles de contagio ya mucho más altos. Sentimos incertidumbre, sentimos miedo. Tenemos que cuidarnos también de otras expresiones que podrían llegar como consecuencia de las circunstancias: ansiedades, angustias. Enojo. Falta de concentración. Pesadillas. Insomnio. Creación de síntomas físicos que podríamos confundir con el contagio y nos asustan. No lo olvidemos, en la angustia: el cuerpo habla. Cuidémonos de las discusiones innecesarias que puede provocar una convivencia forzada. O una separación que se prolonga hasta fecha no determinada.

Riego mis plantas. Las coloco en la bañera amontonaditas, como si se abrazaran, abro la regadera para que sientan la lluvia. Para que crean que están en medio del campo, silvestres, libres. Afuera. Baño a mis perruchis y les cuento que se internan en el Puyacatengo. En el Grijalva bajo una tormenta. En el Sena. En el Bósforo. No hemos parado de viajar. También por las ensoñaciones existimos, los seres vivientes. Los minúsculos gestos que sostienen la cotidianidad, nuestros pies en la tierra. Sostengámonos las/los unas/os a las/los otras/os. Cuidémonos. Son tiempos de desasosiego.