Opinión

Que muera el mal gobierno

La proclama de Miguel Hidalgo el 16 de septiembre de 1810 apostaba por Fernando VII joven promesa de una alianza imperial | Victoria Aupart*

  • 30/06/2019
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La madrugada del 16 de septiembre de 1810 el cura Hidalgo inhundó las calles de Dolores al grito de ¡Viva Fernando VII!, ¡Viva la América! ¡Viva la religión! ¡Muera el mal gobierno! La proclama de Miguel Hidalgo apostaba por el hijo de Carlos III, legítimo heredero al trono español y joven promesa de una alianza imperial, supuestamente capaz de revertir los males de la administración que había ignorado el creciente descontento criollo.

Años más tarde, cuando efectivamente Fernando VII recuperara el trono español, los criollos caerían en cuenta del pensamiento politico del monarca, conservador y poco interesado en las peticiones de los súbditos que habían clamado por él. Fernando VII, uno de los reyes más nefandos, encaminaba sus pasos hacia los derroteros del Viejo Régimen, aquel lugar donde el monarca ostentaba todo el poder por derecho divino. Sólo por que sí.

Si bien Fernando VII fracasó como progresista, la idea de que los súbditos pudieran elegir quién debía de gobernarlos fue en todos sentidos revolucionaria. Dos años atrás, en 1808 un nuevo debate inundó los salones, las tertulias nocturnas de las casas grandes, los cafés, las plazas y los atrios de las Iglesias. La Corona española había caído en manos del emperador francés Napoleón Bonaparte, con la controversial Abdicación de Bayona. La llegada de los corsos al trono español abrió la puerta al gran debate de la nueva centuria: ¿Quién debe gobernar? Y por consiguiente ¿En quién recae la soberanía? Estas interrogantes advierten un cambio irrefrenable hacia la consolidación de una nueva estructura política: el tránsito hacia la democracia.

La historiografía de bronce propone, casi como lugar común, que la Revolución Francesa fue parteaguas del movimiento de Independencia entre las colonias americanas. Nuevas investigaciones consideran que esta afirmación parte de un nacionalismo fincado en la segunda mitad del siglo XIX, cuando imperaba un sentimiento patriótico en los discursos políticos. Con la llegada de Benito Juárez al poder y el triunfo del liberalismo, periodistas, abogados, demagogos, funcionarios y servidores públicos, utilizaron la historia para legitimar las nuevas propuestas políticas. La mejor representación de sus ideales la encontraron en el estandarte de la Revolución Francesa, la cual promovía valores liberales.

Si bien la Revolución Francesa es un referente importante, existen otras causas que conllevaron al ocaso del Imperio Español y la consecuente pérdida de sus territorios en ultramar. El cúmulo de ideas sobre la identidad, la modernidad y la razón; la propuesta de nuevos modelos económicos y políticos y las nuevas vertientes de pensamiento filosófico ponían en duda la tradición y el derecho divino. Poco a poco la burguesía comenzó a establecerse como círculo hegemónico del poder económico y a reclamar terreno en el ámbito político, desplazando a la vieja aristocracia como la clase dominante.

Uno de los grandes cambios a lo largo del siglo XVIII fue la libre y voluntaria asociación en torno a un espacio. Este tipo de sociabilidad sugiere nuevas estructuras en torno a la organización y agrupamiento de las comunidades burguesas e industriales. Fue en estos espacios, públicos y privados, donde comenzó a manifestarse la Opinión Pública en las sociedades hispanas y donde comenzaron a gestarse las ideas sobre nuevas formas de organización política, decantadas hacia la democracia.

La idea de la modernidad cobró particular fuerza entre las sociedades occidentales a finales del siglo XVIII y principios del XIX, en la coyuntura política que dio paso a los Estados liberales y democráticos en ambos lados del Atlántico. Esta modernidad fue construida desde el empoderamiento social de la creciente burguesía ilustrada. El poder radicaba en sus decisiones, en las que, entre otras cosas, estaba la posibilidad de elegir a los representantes. En apariencia se trata de un modelo político integral, no obstante, habría que establecer que en principio esta libertad estaba acotada principalmente a un círculo masculino e ilustrado.

En principio los criollos no buscaron deponer el régimen monárquico, sino que apelaron a las reformas y reestructuración del sistema imperante. Cuando el representante de esta reestructuración fracasó, las élites criollas enarbolaron un movimiento para deponer a Fernando VII, quien resultó un monarca tradicional, pusilánime y abyecto.

En estricto sentido, la modernidad no confrontó abiertamente al viejo sistema; fueron concepciones novedosas en torno a materias políticas, económicas, sociales o culturales, que fueron surgiendo dentro de este sistema. Estos ideales convivieron de forma orgánica con las viejas usanzas, en el marco coyuntural de la progresiva transformación hacia los Estados Liberales.

*Victoria Aupart es maestra en Historia Internacional por el CIDE. Ha colaborado con Clío, Bully Magnets y otras empresas culturales. Imparte el taller de apreciación cinematográfica “Cine e Historia” y subcoordina el programa de licenciatura en historia del Instituto Mora.

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