Opinión

¿Qué le queda a Peña? La sucesión

Es difícil asumir que Peña Nieto no ejercerá su capacidad de mando para imponer algún candidato cercano a sus intereses.

  • 28/11/2016
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Se acaban los cuatro primeros años de la restauración priísta, y son muchos los analistas que ya dan por terminado el ciclo del presidente Peña Nieto. Con una aprobación popular cómodamente ubicada ya en los peores registros de la historia reciente, es poco probable que en los dos años restantes de gestión tomen vuelo las famosas reformas, o surjan nuevos temas a los que el presidente pueda entrarles con éxito. A Peña Nieto sólo le quedan dos comodines en la baraja: pilotar la sucesión priísta; y ponerse la playera de las fuerzas armadas y encabezar una nueva guerra contra el narco para reducir los alarmantes niveles de violencia criminal. Dedico la columna de hoy a la sucesión, y la siguiente al problema de la seguridad, aunque como se verá, ambos asuntos podrían estar íntimamente relacionados.

 

El inicial empuje reformista de Peña Nieto se agotó con el colapso del precio del barril de petróleo, el escándalo de la Casa Blanca y la desgastante resistencia de la CNTE a la reforma educativa. A pesar de los esfuerzos heroicos de los videgaraystas para convencernos de que la economía estaría mucho peor sin las reformas, lo cierto es que el país, lejos del crecer al 5 por ciento bíblicamente prometido, se encuentra en la antesala de una posible recesión, si la demagogia trumpiana cobra forma proteccionista. Y sin el amarre del triunfo económico, poco le queda al presidente, demasiado tibio en su liderazgo contra la corrupción institucional.

 

Lo que sí le queda, porque está en el ADN priísta, es ser el fiel de la balanza sucesoria. Menciona Carlos Castañeda, en su libro La sucesión, una teoría que podría resultarnos útil para interpretar en qué dirección el presidente podría inclinar la cancha del proceso sucesorio. Al repasar cómo el PRI eligió a sus abanderados presidenciales desde Echeverría hasta Zedillo, Castañeda nos dice que en varias ocasiones, los políticos priístas mejor posicionados para ser ungidos con la candidatura a la presidencia eran aquellos que habían creado un problema que ningún otro rival podía resolver.  

 

Hasta la llegada de Echeverría, los presidentes llamados civiles buscaron a sus sucesores en el despacho de Gobernación: el problema era resolver el orden interno. Con la abundancia petrolera, Echeverría tensa las cuentas fiscales del país y decide romper la tradición para nombrar al secretario de finanzas. Desde entonces, estos se hacen necesarios como garantes de que las crisis dejadas por sus antecesores y por ellos mismos desde la Secretaría (recordemos que hay crisis en 1976, 1982, 1988 y 1994), serían adecuadamente resueltas. Es Salinas, quizás ignorante de la crisis económica que se estaba cocinando al final de su mandato, quien decidió romper la contienda entre gobernación y hacienda para aupar a la Secretaría de desarrollo social (Sedesol) como nueva cantera de presidentes. La jugada le salió mal: Colosio fue asesinado y la crisis de 1992 junto con el corsé institucional que obliga a los candidatos a renunciar al gobierno con un año de antelación, forzaron a Salinas a optar de nuevo por el economista – Zedillo.

 

Tras el paréntesis de las presidencias del PAN, en las que la influencia de Fox y Calderón a la hora de nombrar a sus sucesores fue relativamente menor, la restauración priísta trae de nuevo los usos y costumbres del nombramiento digital o dedazo. Y a pesar de lo débil que anda el presidente (incluso ninguneado por las bancadas priístas en asuntos como el matrimonio homosexual o la legalización de la mariguana), es difícil asumir que no ejercerá su capacidad de mando para imponer algún candidato cercano a sus intereses. En juego está no solamente el manejo de su legado presidencial, sino también la gestión de cuotas de impunidad para el equipo compacto de Peña Nieto. En esta última línea iba el nombramiento del senador Raúl Cervantes para la PGR, como puente hacia la Fiscalía General que buscaría atar las manos de un AMLO por fin en la Presidencia. Pero ese movimiento ha encontrado más rechazo del esperado, sobre todo entre los presidenciables panistas. Por eso, cobra aún más fuerza la elección del sucesor.

 

En ese sentido, todas las quinielas se centran en dos: el secretario de gobernación, Osorio Chong, y el grupo de Videgaray, cuyo principal puntero ahora mismo parecería ser José Antonio Meade, secretario para todo y con todos y que podría ser bien valorado por sectores del panismo temerosos de una posible victoria de la izquierda.

 

Sin embargo, el affair Trump ha complejizado el tablero sucesorio. Del grupo de Videgaray, Meade, además de no despegar en su visibilidad pública, tendrá que enfrentarse a un escenario creciente de incertidumbre económica. Y Aurelio Nuño está demasiado verde, la Presidencia será para un candidato por encima del medio siglo, rango en el que se mueven AMLO, Margarita Zavala y los presidenciables priístas. Cobra así, de repente, otra vez, fuerza la baza de Videgaray. Si volvemos a la lección principal extraída por Carlos Castañeda de su estudio de las sucesiones priístas, el candidato ganador es aquel capaz de crear un problema que sólo él puede resolver.

 

¿Les suena la visita de Trump allá por agosto? Cuando nadie daba un duro por el republicano, Videgaray orquestó la reunión entre Peña y Trump en los Pinos y la rotunda reacción de una ciudadanía indignada obligó al presidente a sacarlo del gobierno, no sin antes hacerle todo tipo de agradecimientos. Pero en un giro increíble de la historia, la derrota de Clinton ha desatado un imprevisible escenario de tensión entre los dos países. Y en ese escenario, Videgaray se postula como el mejor interlocutor frente al magnate inmobiliario, el único capaz de resolver un problema que en no menor parte ayudó a crear. El retorno de Videgaray al ejecutivo es cosa hecha, sólo falta saber si será con una cartera presidenciable (¿quizás a SEDESOL, tras las impertinencias de Miranda?)

 

La gran incógnita es si Osorio aceptará cruzado de brazos el regreso del hijo pródigo. A pesar de que no despunta en las encuestas, Osorio es el candidato natural anti-Peña: la solidez priísta frente a las ocurrencias del presidente. Pero Osorio tiene que evitar dos posibles escenarios: primero, que el grupo del presidente se lleve la gubernatura del Estado de México en junio (para lo que tendría que pujar contra Del Mazo) y segundo, quizás más importante, que Peña Nieto adopte una actitud más agresiva en la lucha contra el narco, lo cual pondría el foco sobre la no muy exitosa gestión de Osorio en gobernación. A esto dedicaremos nuestra próxima columna.

 

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