Opinión

¿Qué es lo importante: tener razón o salvar vidas?

Detrás de los modelos y los números hay personas. | Ma. Elena Estavillo Flores

  • 06/07/2020
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A mediados de marzo, cuando apenas comenzábamos algunas de nosotras[1] el confinamiento, alguien me insistió en un espacio público en dar un aproximado de cuánto iba a durar a pandemia. Me resistí, porque sabía que teníamos muy poca información. Tuve que contenerme conscientemente ante esa pulsión lúdica que nos empuja a la apuesta, a ese extraño gozo de dar en el blanco. Pero sabía que sería irresponsable ceder al juego, porque el mensaje más importante que tenía que comunicar era que nos estábamos moviendo en una zona de gran incertidumbre.

Lamentablemente, nuestras autoridades de salud no han podido resistirse. López Gatell se ha enfocado en dar y renovar pronósticos del pico, del avance de contagios, del número de muertos, de la duración de las etapas… y en todos ha fallado. No podía ser de otra manera.

Y el apuro no es errar el cálculo. Eso era evidente en un entorno de inusual certidumbre, ante un virus del que no conocíamos prácticamente nada, sobre el cual todos los días surgen nuevos datos que deben llevarnos a replantear conjeturas y ajustar modelos.

El problema es que la atención de las autoridades y su estrategia de comunicación con los ciudadanos han estado enfocadas en las proyecciones. Como si fuera un juego de apuestas. Como quien le pregunta a su amigo: ¿cuántos coches crees que pasen por aquí en el siguiente minuto? ¿8, 10? Uy no, fueron 5. Ahora, apuesto 4. Y mientras la emoción crece contando los coches y renovando las apuestas, un niño atraviesa la calle.

La atención obsesiva por los pronósticos no ha dejado que nos enfoquemos en las estrategias. Los números son importantísimos, sí, pero no sólo para describir. La crónica de los hechos ya la harán las historiadoras, las periodistas, las escritoras. A las autoridades de salud (que no son sólo médicas, sino epidemiólogas, estadísticas, economistas, matemáticas y otras) les toca estudiar la información; desmenuzarla para entender mejor el fenómeno; usar los datos que surgen cada día para ajustar y, si es necesario, rediseñar estrategias.

Los datos en este contexto de enorme incertidumbre, deben servir para aprender todos los días, lo que es un gran reto para un líder autoritario y carismático, pues la situación exige aceptar que iniciamos en la tabula rasa, sin la ventaja del iluminado que puede presentir dónde está el destino y cuál es el camino.

Pero como el foco ha estado en las apuestas y no en el aprendizaje, cada día lo que escuchamos son justificaciones de lo dicho, reinterpretaciones para no admitir el error. En ocasiones, la necia realidad ha forzado a ajustar los pronósticos, pero no ha sido suficiente para repensar las acciones, las estrategias ni los mensajes.

Es así como hemos escuchado explicaciones inverosímiles para insistir en ir contra todo y contra todos: no hay que intervenir cuando haya un niño enfermo, sino hasta que haya mil; no tenemos que cancelar eventos masivos; entre más se alargue la pandemia (con una mortalidad elevadísima), más éxito tendremos; no es necesario usar cubrebocas; nuestro presidente no es una fuerza de contagio.

A lo largo de la pandemia se ha insistido en la transmisión de mensajes que minimizan la gravedad de la situación y refuerzan una ilusión de control: se ha domado la pandemia, se está aplanando la curva, lo peor ya pasó. Las mismas imágenes de las autoridades federales sin cubrebocas ni guardando otras precauciones, van en ese sentido.

En contraste, es cierto que el mismo López Gatell ocasionalmente expresa lo contrario, y algunas autoridades locales han adoptado otras narrativas, con acciones en línea con las recomendaciones internacionales. Pero, la contradicción frente a los mensajes verbales y no verbales de los portavoces de la política federal ha sido un obstáculo mayúsculo para que la población interiorice la seriedad de las circunstancias y tome las precauciones necesarias.

Uno de los temas a los que me dedico y que más me apasionan es el de las tecnologías y la forma en la que están impactando nuestra vida, debido por un lado a la rapidez del avance científico y, por otro, a las profundas modificaciones que ha traído en la interacción humana, nuestros hábitos, preferencias y decisiones. Algo que he repetido en numerosos foros es que necesitamos urgentemente desarrollar la habilidad de desaprender y aprender para ajustarnos a este proceso de continua evolución.

En las últimas semanas, sin embargo, hemos presenciado un ejemplo trágico de la incapacidad para enfrentar la incertidumbre; de la falta absoluta de flexibilidad; de la inhabilidad para concebir estrategias aplicables a distintos escenarios que se enriquezcan a medida que tengamos nuevos datos; de no entender que se requiere un plan de aprendizaje.

Aprender es la palabra clave. No sólo a partir de nuestras cifras, sino de la experiencia adquirida por otras naciones a donde el virus llegó antes. En esta pandemia, si existía una ventaja para nuestro país, fue la ruta del contagio. Nos permitió observar cómo se ha comportado la enfermedad en otros países, examinar lo que funcionó y lo que no, contar con una ventana de tiempo para el desarrollo de tratamientos.

Sin embargo, el liderazgo autoritario también ha sido refractario a ello, oponiéndose a las recomendaciones externas, incluso las que no conllevan mayor riesgo a cambio de lo que pueden aportar, como el uso de cubrebocas y la aplicación intensiva de pruebas.

En esta actitud hay una dosis de machismo que no debemos pasar por alto. Una gran parte de nuestra sociedad busca y recompensa las figuras de liderazgo patriarcal, omnipotente y protector que aparenta no tener temores ni dudas. Lo podemos comprobar en los discursos condescendientes, el culto a la personalidad apoyado en poses de superhéroe y en revistas del corazón, con necesario coro de admiradoras suspirantes.

La resistencia a usar cubrebocas es parte del mismo fenómeno. Habría que ver, por ejemplo, este estudio académico reciente que encuentra que los hombres tienen más sentimientos negativos generados por su uso, que las mujeres[2].

Urge cambiar estos patrones culturales que tanto nos dañan. Tenemos que abandonar los modelos de liderazgo tóxico de quien cree que su papel es saber todo, tener razón en todo, estar delante de los demás, no equivocarse para no tener que corregir. Ésta, precisamente, es la receta para cometer los errores más graves y después perder el tiempo y la energía tratando de ocultarlos.

Equivocarse en un pronóstico ante un ejercicio teórico, no es trascendente, pero en la circunstancia en la que nos encontramos, no tener la madurez para cambiar de rumbo ante el fracaso de la estrategia, es dramático. Haber consentido en algún momento que tener 6 mil muertos era una pérdida razonable, ya era éticamente inaceptable, pero la realidad actual en la que rondamos los 30 mil muertos oficiales, con la perspectiva de llegar a 80 mil o 100 mil, es una tragedia inconmensurable.

Detrás de los modelos y los números hay personas. Vale la pena hacer todo lo posible para salvar a una sola, inclusive remontar la muralla del orgullo. No hacerlo nos está costando muy caro.


[1] Continúo con el uso experimental del “femenino neutral”, para sensibilizar sobre la importancia del lenguaje incluyente.

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