Opinión

Qué bonito es lo bonito

“La pintura me salvó del desastre… mis obras hablarán por mí”: Artemisia Gentileschi.

  • 12/08/2014
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Una/o amanece con un deseo de que suceda eso que podríamos llamar “lo bonito”. La vida tiene sus altibajos, sus complicaciones, sus claroscuros, a veces sus periodos dolorosos, dificilísimos. A veces una/o se despierta sonriente y ligera/o, otras medio catatónica/o, otras con una sensación de pesadumbre,  y/o de angustia. Nos despertamos en algún lugar de la amplísima gama de los estados de ánimo: desde entusiastas navegadores…hasta de plano barquitos encallados. Pero en el fondo de esos seres humanos aferrados a la vida y a la dulzura de vivir que solemos ser, una/o quiere, una/o busca, una/o anhela “lo bonito”.

Entiendo por “bonito”, la búsqueda del lado soleado en las aceras de la vida. A pesar de la oscuridad inevitable. Lo “bonito” viene con la gentileza y con la ternura, con el respeto a los otros, que no es sino la mejor expresión del respeto por una/o misma/o. ¿Para qué cruzarse en luz roja, si se puede esperar a la luz verde? ¿Para qué aventar hojalata a mitad de la avenida, si se puede ceder el paso? ¿Para qué dar de empujones en el metro, si se puede hacer el esfuerzo por entrar con orden? ¿Por qué ocupar el asiento que se le puede ofrecer a una persona mayor, al señor o a la señora que carga un niño? ¿Para qué estropear el césped de un jardín público o dejar basura, cuando la limpieza y el verde son un contento para todos? Es tan pequeñito y tan día a día.

“Lo bonito” se construye, en lo privado y en lo público, es el resultado de un colectivo en el que cada persona, de manera individual, decide intentar los territorios del bienestar. En la familia y afuera.  Intentarlo cada día, cuando una se despierta para escribir su nueva página. Por cantidad de razones, cada día es un reto. ¿Qué privilegiamos en ese reto?  A veces las ciudades nos devoran. Las preocupaciones se nos suben a los pies y nos van escalando como hiedra. A veces parece tan difícil elegir el bienestar, sentimos que nos queda tan lejos.  Como un faro inalcanzable.

Pero, ¿y si vamos despacito y de a poquitos? El bienestar no es un absoluto. Casi nada lo es.  Es la elección –cuando se puede- de una manera de mirar al mundo y de aprehenderlo.  Es la elección de las minúsculas y cotidianas bellezas. Como cuando va una por los segundos pisos en la ciudad de México y se llena de alegría mirando la cantidad de macetitas de material reciclado, llenas de flores de colores, en las ventanas y en las azoteas.

Ingres. Museo Nacional de San Carlos.

“Lo bonito” es un tono de voz que acoja y no que aleje. Una caricia. Un acto generoso. Una amabilidad intercambiada a mitad de la plaza. Ofrecer regalos de esos que no se compran, de los que no tienen precio. Aprender a escuchar es un regalo, por ejemplo, para el otro y para una/o misma/o. Compartir es un regalo. “Echarse el hombro”, construir confianza y lealtad. La solidaridad con la familia de origen y/o con la familia de elección. Las amigas/os. La solidaridad entre vecinos. ¿A veces nada de eso funciona? Es cierto.  Hasta que funciona. En esa “dirección” o en otra. Siempre hay, siempre habrá esas personas a cuya demanda de amor somos capaces de responder, esas personas que responden a nuestra demanda de amor. Siempre hay, siempre habrá para cada uno de nosotros, esa posibilidad de crear un refugio con macetitas recicladas y flores de muchos colores en las ventanas.

Y era domingo en la plaza del Monumento a la Revolución, y los niños y adolescentes andaban en sus patinetas y en sus bicis.  Se bañaban en las fuentes bajo el sol con unas carcajadas deliciosas. Cantidad de personas subían por el elevador para admirar la vista. No defiendo ese elevador tan criticado. No me parece que estropee al Monumento, pero no me atrevo a afirmarlo. Sólo constaté que la familia entera, incluidos los abuelitos, pueden ahora subir para admirar la vista.  El domingo era como una gran fiesta llena de promesas, con tortas, y vasos de mangos picados y sandías. Es tan cotidiana la cotidianidad.  Es –tantas veces- tan sencillo, lo que nos puede provocar contento. Aprender a agradecer, aprender a mirar.

Allí a unas cuadras del Monumento y de los muros del Frontón, está el Museo Nacional de San Carlos, con su jardincito detrás. La colonia Tabacalera, es un lindo barrio de casas antiguas.

El arte como promesa. El lugar del arte en la búsqueda de “lo bonito”.  Las maravillas que pueden ofrecer casi todos los museos en casi todas las ciudades. A veces nos encanta toda una colección, a veces basta con la catatonia que nos produce un sólo objeto. 

Simone Cantarini. Colección Sgarbi.

El arte como viaje, como revelación. No es una obligación ir a un museo, ni una manda, ni hay que ir a fuerzas para “cultivarse”. Bueno, no digo que sea el caso del aprendizaje de todos, pero en mi generación así nos lo repetían en la escuela.  Hasta la lectura nos la lograron transmitir como una verdadera monserga.

“Tienes que leer…si vas a la ciudad de México ‘tienes’ que ir al Museo de Antropología”. “Tienes que…tienes que”.  No se hablaba de la sorpresa, de la delicia, de los placeres, de todo lo que el arte y la literatura tienen de lúdico.  Nadie decía: ”¿Cómo ves un tramito de felicidad? Vámonos al museo”.

El Museo la Venta en Villahermosa y su pasmosa realidad, fue en mi infancia una experiencia de viaje mucho más intensa que todas las palabras que insistían en colocar a la arqueología en los espacios de lo aburridísimo. Ese espacio del Museo, tan privilegiado y tan otro: La laguna, las piezas de la cultura olmeca, las lagartijas, lagartos, changos, osos hormigueros. Y más piezas olmecas. Había manatíes en la laguna. El maravilloso túnel del tiempo. Allí nada más, tan cerquita y tan  a mano.

Pero entonces, es el mes de agosto en la ciudad de México. El Museo Nacional de San Carlos ofrece su habitual exposición permanente, que es bellísima. Incluye un Ingres de cortar el aliento. Una María Magdalena de Zurbarán. El edificio mismo es un regalo, con sus salas de pisos de madera que crujen. Y crujen.

Hasta noviembre, el Museo nos trajo la exposición: “Teoría de la belleza, pintura italiana en la colección Sgarbi”.   Desde el siglo XIII hasta comienzos del siglo XX.  38 obras creadas por pintores, dos pintoras. No es poquito dos pintoras: Artemisia Gentileschi  (1593-1656) y Orsola Maddalena Caccia (1596-1676), si pensamos que ambas trabajaron en una época en donde la presencia femenina en el arte respondía a una especie de milagro. Actividad mal juzgada para una mujer (como casi todas, por otro lado) y considerada “contra natura”.

Gentileschi comenzó a pintar en el taller de su padre Orazio, entre los discípulos varones. Fue violada.  Entonces se esperaba que el agresor “resarciera el daño” casándose con ella. Para suerte de Artemisia no sucedió. Ella y su padre lo demandaron. Lo que siguió fue un largo y denigrante juicio en el que la víctima fue observada, exhibida, lastimada. Pero Artemisia pintaba, sus personajes femeninos que sufren atraviesan los siglos. Nos están esperando.

Artemisia Gentileschi. Colección Sgarbi.

No sé cuántas obras de Gentileschi hayan sobrevivido hasta hoy. Quizá todavía hay obras suyas que sigan siendo atribuidas a otros pintores. Que si su padre, que si los discípulos de su padre. Pero por muy distintos caminos, y esos azares generosos de la vida, hoy…hay dos pinturas suyas en exposición en la ciudad de México: La Cleopatra de la colección Sgarbi en el Museo Nacional de San Carlos (temporal),  y la María Magdalena del Museo Soumaya de Polanco. (Colección permanente). Una puede andar la ciudad e ir de la Gentileschi a la Gentileschi.  Así de bonito.

Orsola Maddalena Caccia, pintó sobre todo temas religiosos, también es hija de un padre pintor. Un padre que supo aceptar sus talentos en femenino. Eso sí, en este caso,  con su hija viviendo en un convento. La colección Sgarbi incluye obras de Ribera, Tiziano, Bononi, Damini. Es propiedad del historiador y crítico de arte italiano Vittorio Sgarbi. El catálogo resume así: “Lo que comenzó con una inclinación por la literatura y los libros, se transformó en un nuevo proyecto en 1983, cuando el coleccionista emprendió lo que antes le parecía inasequible: atesorar obras que reflejan su búsqueda constante de la belleza”.

“Lo bonito”, pues. Tan al alcance de la mano. Esa manera de entender la historia de occidente recorriendo los movimientos artísticos. ¿Por qué la pintura del Renacimiento creó la perspectiva? ¿Qué estaba sucediendo en ese momento en las sociedades y en los discursos que las construyeron? ¿Qué vivía una mujer del siglo XVII? ¿Qué nos hereda de su voz y de su mundo?

Artemisia Gentileschi. Museo Soumaya.

“Lo bonito”. El domingo. La compañía. La plaza, los niños en sus patinetas. Se ríen. El piso de madera del Museo que cruje. “¿Cruje el piso viejo o cruje mi corazón que anda contento?”, que una se dice. La Gentileschi, los panuchos de la esquina. “La alegoría de la pintura” de Simone Cantarini. Los balcones con flores. El patio del Museo.  Las palmeras. Los novios encimados en una banquita y entregados a un abrazo que haría estremecerse al “Bando de policía y buen gobierno”.

 

La dulzura de vivir que fluye a veces, así nada más, como manantial.

Y que a veces no fluye naditita, pero una se empeña.   

Porque “lo bonito”, una/o lo busca, lo crea, se lo inventa, se lo gana.

“Lo bonito” está allí: evidente, o agazapado.

Pero allí está, segurito y a la espera.

Y la botella se va al mar.

 

Que lo disfruten:

Artemisia Gentileschi: Su obra y su historia

Tráiler de la película “Artemisia”,  de la directora francesa Agnès Merlet

Orsola Maddalena Caccia

(La presentación está en italiano, pero podemos conocer algunas obras de “la monja pintora”).

 

@Marteresapriego