Opinión

Por el derecho a la tristeza

La tristeza simplemente. Tan humana. Tan silenciosa y tan azul. | María Teresa Priego

  • 11/12/2018
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A veces imagino que la tristeza es azul. Como ese periodo en el que Picasso eligió ese único color para pintar. Hay en sus pinturas de entonces algo de entrañable y de fantasmático. La tristeza tiene mucho de silencio, de indecible. Por momentos nos habita. A veces sabemos por qué. A veces no. Aún cuando suponemos saber por qué, habría que concederle todo lo que un estado de ánimo trae consigo de inconsciente. Lo que no sabemos a ciencia cierta. Lo que ni siquiera imaginamos. Aquello que contiene nuestras memorias más remotas.

A casi todas/os ante la tristeza de una persona amada nos da por decir: “pero, ¿por qué estás triste?” “No estés triste”. También nos lo decimos a nosotras/os mismas/os. Como si la tristeza tuviera que negarse, rechazarse. Como si su destino más deseable fuese enmascararla. Maquillarla. Acallar sus murmullos en el ruido exterior. Me imagino un manifiesto por el derecho a la tristeza. A nuestras horas. No me refiero, por supuesto, a la depresión o a los estados de ánimo de una melancolía grave en donde es indispensable una ayuda profesional. La tristeza simplemente. Tan humana. Tan silenciosa y tan azul.

A veces, se nos oprime el corazón. Ese puño que regresa y que lo oprime. Me da por confundir la tristeza con la nostalgia. Como si fueran gemelas en algunas circunstancias. Diciembre es un mes lleno de nostalgias: de lo que fue y de lo que no. Quizá una de las manifestaciones más intensas de la nostalgia es la de lo no vivido. O de aquello sí vivido que nos era bueno y ya no puede repetirse. La tristeza y la nostalgia son/pueden ser una travesía hacia la creación de futuro. Si las aceptamos. Las arropamos y nos arropan. Son tiempos de lluvia. Son tiempos de dolor. Son tiempos de tormenta.

Aquel árbol de Navidad con todos sus significados en la familia de los orígenes. Para bien y para mal. Y las versiones que una va creando a lo largo de la vida. Son tantas. La nostalgia infinita por aquel padre joven. Sano. El nacimiento que parecía enorme en la casa de la abuela materna. Aún fabrican esos mismos personajes, esas mismas casitas y estrellas y animalitos. Y pesebres. Aún los espejos se convierten en lagos en medio del musgo. Los pozos son idénticos. Esa combinación de criaturas de tamaños desiguales que creaban un microcosmos. Los nacimientos tabasqueños incluían lagartos, tortugas, tejones, manatíes, changos y piecitas olmecas.  Tenían un cielo de cartulina azul con estrellas fugaces plateadas. El microcosmos de la infancia.

El padre trabaja hasta muy tarde en los días festivos. La niña mira hacia la puerta con insistencia. Ya todos están allí menos él. La madre cada vez se impacienta. Conversan y conversan en voz muy alta. Así hablamos en Tabasco: en voz altísima. Nos da por arrebatarnos la palabra. La niña escucha y sabe que existe en su vida un milagro repetido cada noche: su padre llega. Es lo que se llama “un hombre de pocas palabras”. Poquísimas.  Nunca levanta la voz, quizá porque creció en Yucatán. Es en su vida una doble instancia: entre la presencia y la estrella fugaz. Sobre ese fascinante cielo azul de Tabasco. Es, la niña está convencida: una fuerza de la naturaleza.

Ahora es ella quien abraza el cuerpo fragilísimo del padre. Así vamos. Como un día sus hijos abrazaran el suyo. El padre no es un hombre religioso y lo que amaba en los nacimientos eran los personajitos que se entregaban a sus labores: el carpintero, el campesino que siembra, el herrero. La mujer que transporta el agua. Amaba esos pequeños pueblitos inventados. El padre atraviesa el umbral. Para la niña el mundo se ordena con su presencia.

La nostalgia. De golpe creo que necesito musgo. Y personajes y animales. Casitas. Hacer algo con esta tristeza grande. “Papá, cuéntame la historia de esta mujer que siembra la tierra y la de la que trae el agua. Cuéntame la historia de los niños que asisten a la escuelita del nacimiento.  Papá por favor: cuéntame una historia”.  Porque el hombre de “muy pocas palabras” era un buenísimo narrador. A la niña le gusta sobre todo que le cuente su infancia. Le gusta sentir que lo abraza cuando era un niño. Ahora también. Lo abraza en todas sus edades –las de él, las de ella– cada vez que lo abraza.

El padre se inventaba un padre. Un padre amoroso y bueno que al parecer, nunca existió en la realidad. Los abandonó de niños y ese era un hecho sabido y más que rotundo. Salvo para él. No le decía “papá”, sino “don César”. Alguna vez lo llevó de viaje en un barco, “don César”, poco antes de pasar a retirarse. Mi padre se quedó fijado en ese momento en el vínculo con su padre. Al menos en lo que le era posible decir en voz alta. La niña lo escucha. Ya su madre y su abuela paterna le explicaron que así no sucedió. Lo escucha y de alguna manera entiende que esa fantasía tan suya lo sostiene. También entiende que el desamparo del padre está allí. Innombrable. Era un hombre de su época.

Tan lleno de innombrables. Su hija escucha lo que él no dice y lo guarda.

Ahora siento esa necesidad vertiginosa de escribirlo, de escribirle. Las cartas que ya no puede leer. Las memorias que les comparto. Como una botella al mar. Quizá alguien las lea. Quizá alguien siente esa tristeza, esa nostalgia profunda. Quizá juntas/os podamos recrear cada una/o ese abrazo fundamental. Escribirlo. ¿Conseguiré lagartos y changos en el mercado de Coyoacán? Mi padre fue un niño muy triste que de adulto negó su tristeza. Fue lo que él pudo hacer. Y aún así supo crearse muchas maneras de esperanza y de felicidad. Un niño que miraba hacia la puerta por la cual su padre no entró nunca más. Le agradezco tanto que acudiera a la cita con mi infancia.

Le agradezco  esas memorias. Esas certezas. Está cayendo la noche sobre la ciudad de las calles que se inundan. La niña terminó su tarea. Está atenta. El ruido de la llave en la cerradura. Los pasos firmes de su padre. A veces se precipita en sus brazos y otras se hace la desentendida. Para que él camine hacia ella. Ahora frente a la computadora deja la puerta de su estudio abierta. La hija ya más que adulta. Hay algo que quizá ya aprendió en el camino: un padre tiene muchas maneras, tantas, de acudir a la cita. La esperanza que se renueva en toda su suavidad y su dulzura, es una de ellas. En toda su fuerza.

Las traiciones del cuerpo

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