Opinión

Por desobedecer a su mamá, se convirtió en araña

¿A quién pudo ocurrírsele inventar un personaje tan temible?

  • 09/02/2016
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La semana pasada un amigo me envió una fotografía de la Mujer Araña.  Me la envió con la mejor intención, le pareció interesante.  Así nada más, en toda ingenuidad. Me quedé catatónica. Con Mujer Araña (con mayúsculas) no me refiero a ninguna osada spider girl  de las que escalan paredes, dan saltos espectaculares y se pasean colgadas de un helicóptero con un hilito delgadísimo, pero resistente. La spider girl, a fin de cuentas es humana, divertida, inteligente y hasta bien guapetona, su arañeidad  (por llamarle de alguna manera bien concreta) no sólo no le resta, sino que le suma. Tiene poderes y los pone al servicio de la justicia y el bienestar común. Cosas de esas muy admirables, bien feministas  y hasta heroicas.

                                                                                                                                                  

La otra Mujer Araña, la de las ferias, a esa me refiero. Por si tuvieron la fortuna de no conocerla, pueden observarla en la imagen.  Espero que lo hagan de día, ya ven que luego la noche es bien traidora. Paseaba su infinita desgracia de plaza en plaza.  Dolida, resentida, amargada, arrepentidísima. Por momentos (según quien la personificara) ligera o brutalmente histérica. También conmovedora, es lo peor, una no podía odiarla así nada más.

 

También la quería, deseaba adoptarla, llevársela a su casa y ser su amiga. Un tormento de ambivalencias. Pero en general, la señora tendía a ser cruel y despiadada en sus respuestas. Implacable. Quizá me tocó ver a una Mujer Araña buena persona y no la recuerdo. Le pido unas disculpas retrospectivas por mis fallas de memoria. Aquello era tan horrible, que toda ola empática quedaba sepultada por la inminencia de la amenaza. ¿Existirá todavía? ¿Continuará atormentando infancias femeninas con sus patas peludas? Nunca he vuelto a verla anunciada por ningún lado, de todas maneras, si me tropezara con su carpa, saldría corriendo en la dirección contraria. 

 

¿Cuántas niñas se mordieron las uñas desesperadas en esas carpas? ¿Habré sido la única? Nunca he interrogado a mis amigas, tal vez ya es tiempo de hacerlo. Quizá mi amigo me envió la foto con tanto desparpajo, porque nunca hubo hombre araña alguno en ninguna feria. Y miren que me fijé. Lo busqué ansiosa porque estaba ansiosa por entender el mensaje. Descifrar los detalles del misterio. Ningún varón se convirtió en araña por desobedecer a su mamá. Es un hecho. Así de injusto e inequitativo: Desobedecer con grandes letras se conjugaba en femenino. Niñas del mundo, parecían decirnos: a obedecer se ha dicho. Como si se pudiera.

 

 

 

Es sábado de feria. Un señor vestido con un frac deslucidísimo y marcado por los planchazos anuncia -micrófono en mano- el plato fuerte de entre todos los espectáculos: La Mujer Araña. La mujer que “por desobedecer a su mamá se convirtió en araña”. “¿En araña?” Se dice la pobre niña bajitito, como una pregunta aterradora lanzada al abismo. ¿Acaso semejante cosa es posible? Pero, ¿podría un adulto en frac anunciar así en púbico algo que no es posible? ¿Entraría tanta gente al espectáculo si no fuera posible? Hay cola. Hay personas que hasta comen palomitas y cacahuates tranquilamente mientras hacen la cola.

 

“¿Quieres entrar?”. La niña dice que sí de inmediato. Ya trae el corazón al borde del precipicio. Seguro es una niña muy desobediente. La más desobediente de todas las niñas. Entrar suena a película de horror, como la de “El niño de piedra” que le causó pesadillas por meses, pero no entrar es permanecer en la ignorancia ante una amenaza de dimensiones muy considerables.  Inminente. No entrar es peor. La niña entra a la carpa de la mano de su madre.  Allí está la personaja.  Ocupa todo el escenario. Con fondo de una tela negra, una cabeza de mujer mira al público. Triste. Tristísima. No tiene cuerpo. Es decir, sí, de su cuello salen unas espantosas, repulsivas, peludas patas de araña.

 

La niña tiembla. La expresión de la mujer cambia de la tristeza a la amenaza, de la amenaza al odio. El público puede hacerle preguntas. La niña se sorprende de las boberías que preguntan: “¿Qué comes?”. “¿De niña ibas a la escuela?”. “¿Cómo era tu mesa-banco?”. ¿A quién podrían importarle esas tonterías? ¿Qué más da lo que una coma una vez que ya es araña? Preguntan y devoran sus papas fritas como si nada. Aunque las apariencias engañan. La niña entonces era católica y asistía a una escuela religiosa. Convocó a la virgen de Guadalupe, a San Francisco de Asís (que era su santito preferido), a San Martín de Porres (otro de sus preferidos).  “Que nunca me pase eso, por favor, cualquier cosa menos eso. Si soy una araña, ¿quién me va a querer? ¿Quién se va a casar con una araña?

 

Por allí un adulto grita: “Es un truco”. Ya está. Las cortes celestiales escucharon sus plegarias. Pero la niña no logró descubrir el truco. Ni en esa ocasión, ni nunca. A esa visita siguieron otras. En esa y en más ferias. “Por desobedecer a su mamá se convirtió en araña”.  En alguna ocasión, envalentonada porque se había confesado el día anterior, se atrevió a preguntar: “¿En qué desobedeciste a tu mamá? ¿Cuál desobediencia?  ¿Cuál? ¿Eres araña desde chiquita?”.  La mujer que en esa ocasión tenía los cabellos pintados de rojo (era horrible: el rojo de los cabellos, los ojos maquilladísimos, las patas peludas) respondió de una sola tirada: “Como de tu edad, así como de tu edad me convertí en araña, en araña me convertí, por las desobediencias, una niñez de puras desobediencias”.

 

 

La niña lo supo al instante: estaba frita. “Las desobediencias”. El absoluto. ¿Quién puede no caer en alguna funesta desobediencia? Pero la niña sabía más de lo que ahora confiesa. Sabía que hay una desobediencia más culposa que todas las otras. La Desobediencia a una prohibición clarísima. Dicha o no dicha. Clarísima. No es casualidad que esa pobre niña –ahora mitad insecto, mitad mujer- haya perdido justo su cuerpo. Un dato duro, ¿no? No perdió su inteligencia, ni su posibilidad de hablar, ni su hambre, puesto que dice que come insectos más pequeños y hasta ratones crudos. Perdió su cuerpo. “Una niña tiene que cuidar de su higiene con mucho esmero. Pongan mucho cuidado al bañarse, al asearse. Pero que el aseo no sea un pretexto para tocarse donde no se debe”.  La mirada inquisidora recorre el salón de clases. “Dios está en todas partes”.

 

¿Dónde no se debe? ¿Sí estará en todas partes? La niña se hace la hipócrita, sabía muy bien donde sí se debe y donde no se debe, porque se siente distinto donde no se debe que donde sí se debe.  También porque hay experiencias que casi cualquier niña sabe –a la mera intuición- que jamás de los jamases se le platican a un confesor. “Dime tus pecados”. Ella tenía su letanía siempre a punto: “Dije una mentira (o dos), dije una grosería (o dos), no hice mi tarea, no le presté a mi amiga mi juego de matatena”. Sale y sonríe ingenua, fresca y campirana.  

 

La mujer araña de niña perdió su cuerpo porque desobedeció en su cuerpo. Esa fue la conclusión a la que llegó la pobre escuincla en una de esas carpas siniestras y polvorientas, frente a esa figura sufriente. Sufriente y malvada, hay que decirlo. Como que  la mayoría de las veces, lo disfrutaba la Mujer Araña, como que sentía bonito de pensar que una vez ella condenada por la maldición de la desobediencia, estaba sabroso deseárselo a las demás.

                                                                                                                                                    

La niña miraba obsesivamente su cuerpo, constataba sus extremidades, se sabía al borde del diluvio. “Ya nadie me va a querer”.  La niña adoraba ciertos tipos de irrenunciables Desobediencias. Quizá la amenaza más cruel era la de convertirse en araña muy prontito, tan prontito como para ni siquiera tener tiempo de que se desarrollaran sus senos.  Conocer el amor. Las lágrimas, el sudor y el sexo. Perdería todo antes de tenerlo. Alguna vez preguntó cómo era el truco y si era un truco. “Pues no sé, pero qué importa, tú no tienes nada de qué preocuparte, tú no eres una niña de esas”. Después se fue olvidando del asunto. Bueno, al menos el “asunto” dejó de figurar entre sus preocupaciones conscientes y cotidianas. Ni para qué insistir, ¿cómo desilusionar a su pequeño mundo? Sí, ella sí era una niña “de esas”.

 

La prueba rotunda de que es un horrible truco. 

 

¿A quién pudo ocurrírsele inventar un personaje tan temible?  ¿Quién se tendió en su cama a imaginar los mecanismos para ocultar un cuerpo femenino y colocarle esas patas tan repulsivas?  No me es dado creer que la idea les pareció divertida.  ¿Y de qué tamaño y qué tan perseguidor podría ser el super ego de un adulto a quien además se le ocurre agregarle aquello de “por desobedecer a su mamá?” Un amigo de Veracruz y una amiga de Nuevo León me cuentan que la conocieron en sus infancias, pero que allá era: “Por desobedecer a sus padres se convirtió en araña”.  Lo que ya repartía de una manera muy distinta los territorios de la desobediencia y sus condenas. Pero también los territorios de las responsabilidades filiales.

                                                                                                                                        

Por alguna razón en Tabasco, desobedecer al padre no traía consigo una maldición tan tremenda. ¿Sería el caso? ¿De dónde vendría nuestra mujer araña y por qué su publicidad era distinta? ¿Será que en Tabasco se daba tan por hecho que la educación de una niña era la entera responsabilidad de la madre, al punto que ni siquiera se les ocurría mencionar al papá?  ¿O será que allí los papás eran considerados - todos ellos y sin falla- buenísimas personas incapaces de arañizar a una hija? Podríamos darle cantidad de vueltas, por ejemplo: leyeron “La metamorfosis” de Kafka y salieron de allí oscuramente inspirados. O que la mujer que se convirtió en araña por desobedecer a su mamá nombra (a hurtadillas) ese particular conflicto/rivalidad/malentendido específico y tan común entre la madre y la hija.

                                                                                                                                           

No es que suponga que en la feria se ponían bien divaneros y bien freudianos para planear sus espectáculos, es solo que ese conflicto madre/hija con frecuencia está allí, y ambas lo saben, aunque nadie lo nombre. Aunque lo nieguen por “inaceptable”. Es como una corriente silenciada, subterránea, que forma parte de la cantidad de indecibles que atraviesan las relaciones familiares.  Entonces de pronto por allí aparece una señora, o un señor, a quien se le ocurre inventar a una mujer condenada en su cuerpo a ser un insecto, sin saber ni de dónde le viene una idea tan cruel y disparatada.

 

En todo caso y en resumen: la amenaza estaba dirigida a las niñas. Era un cuerpo de niña el que corría el riesgo de transformarse en araña. Eso le pasaba por Desobediente. Una vez cometidas un cierto número de desobediencias, o ciertas Desobediencias (difícil saber si aquello era de calidad o de cantidad) la niña estaba frita. Sólo una forma de vida: la soledad infinita. La eterna desamada. Sólo un oficio posible: pasear su miseria de carpa en carpa. Amenazar niñas con voz resentida y temblorosa.

                                                                                                                                                    Ya entradas en gastos, bastante más deseables los destinos de “La bella durmiente”, “La Cenicienta”, hasta el de “Caperucita”. ¿No eran envidiables? Si te quedas dormidita no te pasa nada. Dormidita a tus horas y con los brazos y las manitas -en las que suelen terminar los brazos- extendidas por encima de las sábanas. Bañarse rapidito y con camisón. Dormidita. Dormidita y llega un príncipe y te rescata. O un leñador. Alguien te “rescata”, ¿verdad? Pero ¿a quién se le ocurriría andarse dando de besos con la Mujer Araña? Unas se ganaron palacios y Caperucita  la libertad del bosque. ¿No es lindo? Ningún destino femenino más desgraciado que el de la Mujer Araña.

 

Me río, pero sólo de ladito. Que una niña conociera su cuerpo, que deseara aprehenderlo; le arrebataba el cuerpo. Me río, pero sólo de ladito. O sí, sí que a la larga o a la corta entendíamos el mensaje. Y el castigo -para peor- nos llegaría por los poderes oscuros de otra mujer: acá no era la “malvada madrastra” (lo que como quiera es un alivio), sino La Madre. Creo que las niñas tabasqueñas teníamos una salida casi como de manual freudiano: correr hacia los brazos del padre.  En fin, no lo sé, invento. Siento el deseo de hacer una encuesta: ¿Te sucedió conocer a la Mujer Araña? ¿Creíste que era de a de veras? ¿Cómo te deshiciste de ella? ¿Te deshiciste de ella? ¿Puedes jurarlo?

 

@Marteresapriego