Opinión

Populismo: ¿una categoría inservible?

¿Qué hacer cuando en un solo concepto de uso común, con tanto desgaste, se refieren hechos, procesos o personajes opuestos?. | Othón Partido Lara*

  • 23/08/2020
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“Gustan los hombres disputar palabras sin entenderlas”.

-Thomas Paine (1737-1809) “El Sentido Común”. 

En “Economía y sociedad”, Weber afirmó que uno de los objetos de las Ciencias Sociales era construir tipos ideales para explicar fenómenos con cierta uniformidad. Esto es, que tuvieran características comunes respecto a acciones “cualitativamente semejantes”. Pero ¿qué hacer cuando en un solo concepto de uso común, con tanto desgaste, se refieren hechos, procesos o personajes opuestos?

El abuso de la categoría por políticos, periodistas y aún connotados intelectuales con escaso afán por el rigor ha debilitado la potencia explicativa del término “populismo”. Peor aún, cuando se utiliza como arma ideologizada para desacreditar sin reflexión los argumentos contrarios. Para atender en parte este problema, Ernesto Laclau elaboró un intento por rescatar la categoría de las llamas de la demonización en “La razón populista” (FCE, 2005). Argumentaba que una variedad de movimientos políticos y sociales en Europa, Estados Unidos o Argentina estructuraban su accionar mediante lógicas políticas enteramente racionales, a las cuales se les podría atribuir legitimidad.

Como podemos constatar, una miríada de actores políticos ha sido denominada como “populista” sin importar si está en las antípodas: Trump, Obama, Menem, los Kirchner, Fox, López Obrador, Berlusconi, Boris Johnson, Pablo Iglesias u Orbán. ¿Tiene alguna coherencia ponerles en el mismo saco? Suena a trivialización de lo político.

Para atenuar tal carencia de uniformidad se dice a menudo que “hay populismos de derecha y de izquierda” pero sigue sin ser un argumento satisfactorio. Todos los actores políticos apuestan a un público y consecuentemente construyen la imagen de un adversario con características esencialmente negativas. La oposición no es propia del populismo, sino de viejas tensiones en la sociedad y la política. Es demagógico suponer que un bando exalta animadversiones y otra parte simplemente pone la cara como víctima propiciatoria de dichas pasiones.

Es una parte desafortunada, pero real en la arena electoral: La disputa a menudo se centra en la caricaturización del contrario y no siempre un intercambio civilizado de argumentos o la discusión de cómo resolver ciertos problemas sociales, que en el fondo deberían ser la razón eficiente de la política pública.

Laclau asociaba la construcción categorial del “populismo” con lo “vago o lo difuso”. Hay muchos ejemplos prácticos recientes en donde esas divergencias pasan de lo difuso a lo inmanejable: El “populistaTrump por ejemplo, aprobó con el apoyo del Congreso un paquete de rescate debido a la pandemia, volcado a favor de los grandes corporativos y cimentó una agenda que podría suscribir un neoliberal sin problemas, dados los inmensos privilegios fiscales a las empresas top de su país. En la conocida dicotomía entre Wall Street y Main Street, quien pronto perderá la reelección se decantó indudablemente por la primera opción.

En sentido inverso, los “populistas” Alberto Fernández y López Obrador recién pactaron con la industria farmacéutica británica y la Fundación Slim la producción en serie de una vacuna contra el covid-19 en una encomiable colaboración público-privada.

A grandes rasgos se pueden identificar al menos tres grandes campos políticos: uno neoliberal, otro neokeynesiano y uno decididamente neofascista con prácticamente nulo interés por la Democracia. Esa quizá sería una clasificación apenas un poco mejor. China por citar un caso pertinente, ha sido exitoso en reajustarse a la economía global y hoy emerge como potencia, pero es muy claro -si revisamos los escritos recientes de Byung Chul Han- que seguirán una fórmula propia alejados de los cartabones construidos en Occidente. Ellos tienen su estructura: un híbrido de Estado centralizado con la libertad de empresa necesaria para jugar en grandes ligas y muy sólidas ventajas competitivas en el mercado mundial.

Cuando era presidente de Chile, Ricardo Lagos externó en entrevista que controlar la inflación o mantener las cuentas públicas equilibradas ya no se podía siquiera pensar como de “izquierda y derecha”. Esa tarea simplemente correspondía a un gobierno responsable u otro que no lo era. Habría que reconocer que ciertas decisiones públicas se toman menos al calor de las pasiones políticas y más con base en criterios técnicos que son comunes en todo el mundo. Es normal, si se observa como parte de un proceso histórico de racionalización del Estado.

Recuerdo que, en las sesiones del doctorado, Eduardo Subirats nos confiaba: “no me gustaría estar en una época como la vuestra, donde es tan difícil determinar lo social”. El tiempo de vida también era el suyo, pero era muy entendible la confusión que expresaba para todos quienes habitamos el presente. En lugar de reconocer tal indeterminación y comunicarla como tal a un público que podría confiar en su opinión, muchos prefieren anclarse en el terreno de los prejuicios.

Por lo pronto, desde hace tiempo, decidí abandonar -sin que ocurra ningún accidente por ello- la resbalosa categoríapopulismo” como explicativa de cualquier cosa. ¡Es necesario tejer más fino!


* Othón Partido Lara

Doctor en Estudios Latinoamericanos UNAM, maestro en Sociología por el Instituto Mora y académico en la Universidad Iberoamericana León.

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