Opinión

Populismo, anaempatía y redentorismo (2a parte)

La historia nos enseña que los experimentos populistas han acabado muy mal para los más necesitados. | Leonardo Martínez

  • 05/03/2020
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En esta segunda parte continúo comentando sobre los rasgos del populismo, y para recordar el contexto resumo los rasgos abordados en la columna anterior:

El populismo nace con un líder carismático, que se cree omnisciente y dueño de la verdad universal, que le habla a la gente continua y frenéticamente por todos los medios a su alcance y que en el caso mexicano establece cotidianamente la agenda nacional con el uso litúrgico de las conferencias mañaneras. El populismo desprecia la libertad de expresión y la crítica; mantiene una concepción mágica de la economía, según la cual el despilfarro es siempre una inversión en beneficio del pueblo; dispone del erario como patrimonio privado, cuyo líder usa discrecionalmente a veces para enriquecerse, a veces para realizar proyectos faraónicos o de fantasía. El populismo reparte directamente los recursos públicos a la gente, siempre con oscuros fines proselitistas y para ampliar sus bases de apoyo. El populismo usa con destreza un arma peligrosa: el fomento consciente y sistemático del odio entre clases, entre grupos, entre bandos políticos y sociales.

Retomando los conceptos que Enrique Krauze incluye en su libro El pueblo soy yo, se dice: “El populismo desprecia el orden legal. Una vez en el poder, el caudillo tiende a apoderarse del Congreso e inducir la “justicia directa”, remedo de una Fuenteovejuna que, para los efectos prácticos es la justicia que el propio líder decreta. Como en otros casos en los que el populismo ha llegado al poder, el Congreso y el poder judicial fueron apéndices del poder controlado por Perón y Evita, Chávez, Maduro y tantos otros populistas latinoamericanos.”

No deja de sorprender la fidelidad con la que el párrafo anterior retrata la situación actual. La captura del Congreso y de los órganos constitucionales autónomos forma parte de una estrategia de consolidación del poder absoluto al que le estorba el orden legal. Preocupa que, como lo han mencionado otros analistas, López Obrador percibe el marco jurídico desde una óptica marxista según la cual el derecho es utilizado como un instrumento de opresión del pueblo.

En lo que se refiere a la justicia directa, el presidente ha usado su misa mañanera en múltiples ocasiones para señalar culpables y absolver criminales sin recato alguno y sin reconocer la existencia de un debido proceso. Este es un ámbito en el que López Obrador se siente muy a gusto porque en él convergen naturalmente su autoconcepción mesiánica y su declarado redentorismo.

Y es justamente con esos temas que empieza una de las sentidas cartas públicas que el poeta y activista social Javier Sicilia le ha dirigido a López Obrador, de donde retomo un párrafo completo por su pertinencia para el asunto de marras: “Tú y yo a lo largo del tiempo hemos tenido serias y profundas diferencias. Me simpatizas más que cualquier otro de los candidatos a la Presidencia de la República, pero me repugnan tu mesianismo y tus aires de redentor que, al igual que lo han hecho otros, he criticado a riesgo de tener que soportar el linchamiento en redes de muchos de tus correligionarios; incluso, en 2011, una amenaza de muerte. Me disgustan también algunas de tus ocurrencias que nacen de ese mismo redentorismo, como cuando en 2011 propusiste una “república amorosa”, despropósito que critiqué en mi artículo “¿Es posible una república amorosa?” (Proceso 1833), sin que eso –fuera de una retahíla de insultos– abriera un debate serio contigo ni con los mejores y más brillantes de tus camaradas.”        

La sinceridad de Sicilia le ha ganado el desprecio público de López Obrador en más de una ocasión, porque como dicen por ahí, la verdad no peca, pero incomoda.

Krauze también nos recuerda que el populismo fustiga por sistema al “enemigo exterior”: “Inmune a la crítica y alérgico a la autocrítica, necesitado de señalar chivos expiatorios para los fracasos, el régimen populista requiere desviar la atención interna hacia el adversario de afuera.”

Sin embargo, peculiar como lo es sin duda el populista mexicano, se somete frente a los de afuera y se envalentona con los de adentro, con sus connacionales, entre quienes ha encontrado a sus peores enemigos: aquéllos que en su imaginario son los únicos culpables de todos los males que padecemos, los “neoliberales” y los “conservadores”.

Qué ironías, de verdad, sobre todo a la luz de lo que creo que también es un rasgo del personaje que encarna al populismo obradorista: el creerse diferente y estar seguro de ser mejor gobernante que todos los que le han precedido. Pero las incongruencias entre el país de las nubes que tiene en su cabeza y los fracasos cotidianos han empezado a despabilar algunos incautos: los costos sociales son altos y la gente los resiente más temprano que tarde. Su popularidad está cayendo y como que empieza a agarrar tendencia a la baja.

Aún así lo repite casi todos los días, palabras más, palabras menos: “Nosotros somos diferentes a todos los anteriores, nosotros no somos corruptos”. Pero como dice Denise Dresser: “Repite sin cesar que -en comparación con los expoliadores del pasado- sus intenciones son nobles, sus colaboradores son impolutos, su gobierno no encubre ni solapa. Pero la terca realidad lo desdice.”

El gozo rebosante y la anaempatía que López Obrador muestra todas las mañanas frente a las víctimas de los dramas cotidianos que vive el país, en particular el de los feminicidios, es por decir lo menos, insultante. Y lo es más cuando lo refuerza de manera mezquina diciendo que la gente está feliz y que los problemas del país no le quitan el sueño. La soberbia aflora y el descontento crece.

La historia nos enseña que los experimentos populistas han acabado muy mal para los más necesitados. Culpar a otros y regalar ilusiones es un recurso eficaz mientras no se rompe la burbuja, pero ésta tiene límites y cuando por fin explota la cruda es dura y las consecuencias implacables. Para allá vamos, agárrense.