Opinión

Políticas de apertura, intercambio y conexión

Matilde Souto Mantecón

  • 27/05/2017
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2017 puede quedar marcado por el signo del proteccionismo, el aislamiento, la xenofobia, la segregación, los fundamentalismos, en una palabra el odio. Esos vientos contrarios comenzaron a soplar antes, pero ganaron fuerza desde 2016 cuando en junio triunfó el Brexit y la mayor parte de la ciudadanía británica votó a favor de que la Gran Bretaña saliera de la Unión Europea. Poco después, en octubre, venció el “No” en el referéndum de Colombia sobre los acuerdos de paz con las FARC echando por tierra la esperanza de poner fin a un conflicto que por décadas ha desgarrado al país. En los primeros días de noviembre, el republicano Donald Trump ganó las elecciones presidenciales de los Estados Unidos y tomó posesión en enero de 2017. Su retórica bravucona amenazó en convertir los vientos del odio en un huracán.

Las promesas de campaña de Donald Trump convergen en el proteccionismo, el aislamiento, la xenofobia, la segregación, los fundamentalismos, en una palabra el odio. Levantar un muro a lo largo de la frontera con México y deportar a los inmigrantes ilegales; revisar si no es que derogar los tratados de libre comercio; prohibir la entrada a los Estados Unidos a los ciudadanos de varios países musulmanes, muchos de ellos emigrantes que huyen de sus países devastados por la guerra, una guerra que los mismos intereses de los Estados Unidos han contribuido a recrudecer. Con el argumento de proteger a ese su país, Trump pretende encerrarlo sobre sí mismo excluyendo, expulsando, bloqueando, cerrando el paso a los extranjeros, a los otros.

No es nueva la creencia de que aislarse es una forma de protección, pero su eficacia es efímera si no ineficaz. A lo largo de la historia hay una permanente oscilación entre las políticas tendientes a cerrar y bloquear, contener y frenar, erigir muros de “protección” (materiales e inmateriales) y las políticas de apertura, intercambio y conexión que construyen puentes y pasajes de comunicación. Creo que es inevitable porque todas las políticas de constricción tarde o temprano son derribadas por la fuerza de corrientes y flujos de apertura.

La naturaleza está en constante cambio y movimiento, nada permanece estático, como tampoco la humanidad y lo humano se han quedado nunca inmóviles. Puede postularse que un rasgo esencial del devenir humano, y por ello de la historia, es el cambio constante, el movimiento permanente. Todo fluye y se conecta: mares, animales, plantas, personas, ideas, mercancías. En este sentido la globalización, entendida como el proceso de conexidad alrededor del mundo, es muy antigua y no un fenómeno reciente, de carácter económico, ni promovido exclusivamente por la civilización occidental. Tampoco la globalización es inherentemente buena o mala, benéfica o perjudicial. Es, ocurre, sucede. Tratar de detenerla me parece inútil. Quizá sea mejor procurar encauzarla, aprovecharla.

La conexidad mundial comenzó con la diáspora de la humanidad desde África. Continuó y se amplió conforme la humanidad caminó de un continente a otro construyendo a su paso distintas culturas. Las conexiones se hicieron mucho más densas y ganaron extensión cuando la humanidad aprendió a navegar de modo que no sólo recorrió y ocupó la superficie terrestre sino que también cubrió los mares. A partir de entonces los grandes imperios forjaron su dominio en buena parte gracias al control que ejercieron sobre los mares. La habilidad para convertir las aguas oceánicas en espacios políticos y militarizados definió el establecimiento de lo que puede llamarse el primer orden global y una de las claves de esa primera globalización fue el descubrimiento y conquista de las rutas que permitieron la interconexión oceánica. Uno de los primeros pasajes oceánicos esbozados fue el de Suez. Hacia el año 600 antes de Cristo, el faraón egipcio Necao II ordenó construir un canal rudimentario para comunicar los mares Rojo y Mediterráneo. Cientos de años después, en el siglo XIX, el sueño faraónico se recuperó y se construyó el Canal de Suez que hizo posible la navegación continua entre ambos mares. Otro pasaje frecuentado desde la antigüedad fue el del estrecho de Malaca, el paso situado entre la isla de Sumatra y la península de Malasia que debía atravesarse para ir y venir entre el Mar de China y el océano Índico. Por el estrecho de Malaca navegó en el siglo XV la Flota del Tesoro conducida por Zheng He, uno de los más famosos y legendarios navegantes chinos, quien llevó al imperio del este la primera jirafa africana, un animal que los chinos pensaron que era un Quilin, el ser mitológico asociado al nacimiento de Confucio.

En el extremo occidental de este hemisferio, el pasaje más importante es el del estrecho de Gibraltar, que era conocido como las Columnas de Hércules y conducía del Mediterráneo a un gran mar al que el geógrafo musulmán Al Idrisi en el siglo XII describió como el Mar Tenebroso porque sus aguas eran muy profundas y oscuras. Se trataba del océano Atlántico, también llamado Mar Océano o el Océano Occidental. Después fueron los navegantes portugueses en el siglo XV quienes descubrieron la ruta que conectaba a ese océano con el Índico y los castellanos, guiados por un genovés, quienes atravesando el Atlántico encontraron América, de modo que los ibéricos conectaron América, Europa y África. A partir de entonces la carrera por explorar los mares y descubrir nuevos pasajes de interconexión alcanzó un ímpetu formidable que llevó a cruzar a lo largo y ancho el Pacífico, el océano más grande del mundo, con lo que se consiguió rodear al planeta navegando de un mar a otro. En cierta forma el antiguo concepto helénico del Océano como un río alrededor del Universo adquirió un nuevo significado.

La comunicación marítima alrededor del mundo se construyó a lo largo de siglos y a ella contribuyeron distintas culturas de oriente y occidente. Esa conexión produjo que se forjaran los sistemas imperiales más poderosos, fantásticos y brutales de la historia. Prácticamente ningún grupo humano permaneció aislado y en realidad todos se forjaron por contactos entre sí, para bien y para mal. Este proceso no ha terminado y dudo que alguna vez lo haga, así que pretender hoy encerrar una cultura y doblarla en sí misma es inútil, peor aún, necio y peligroso.

Matilde Souto Mantecón. Profesora e investigadora del Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora. Especialista en historia moderna, se dedica a investigar sobre intercambios marítimos y prácticas políticas y como docente imparte la asignatura de sistemas imperiales de los siglos XV al XVIII en el propio instituto y en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.






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