Opinión

Peña Nieto y Macri: dos países un destino

En ambos casos existe una total incredulidad y negación absoluta ante los resultados de la terca e indomable realidad, que no se plegó a sus planes. | Alberto Del Castillo

  • 23/09/2018
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En septiembre de este año dos poderosos gobernantes, fervientemente antipopulistas, han elegido su medio favorito, la televisión, para dirigirse a sus indignados ciudadanos. Han decidido dar a conocer sus puntos de vista resguardados en sus zonas de confort, que ambos suponen es el mejor de los vehículos posibles para difundir sus visiones del mundo, lejos de los gritos y gesticulaciones, los reclamos y réplicas de sus gobernados y alejados del terrenal escenario de los mítines y los discursos callejeros que tan bien les sienta a Cristina y Andrés Manuel, sus odiosos rivales.

Los asesores de ambos supieron construir sus personajes con una serie de representaciones joviales que les hicieron triunfar en sus respectivas elecciones con una buena dosis de popularidad, que luego se hizo añicos ante el fracaso de sus respectivos proyectos y sus promesas de bienestar para sus pueblos. Los dos triunfaron en campañas mediáticas que tuvieron un buen impacto entre la población. Ambos mostraron un gran cuidado en la proyección de una imagen vital que pretendieron hacer sentir cercana a los intereses de la gente, con la recreación del estereotipo de una familia feliz, en la que destacaba la presencia de sus respectivas esposas, mujeres atractivas y seductoras, totalmente posicionadas en los primeros planos durante las campañas de sus exitosos maridos. Imágenes de la familia heteropatriarcal, convencional y tradicional frente a la fragmentación de la posmodernidad: apuestas nostálgicas por la homogeneidad en tiempos de una diversidad irreversible que llegó para quedarse.

Peña se dirige a los ciudadanos por última vez. La cámara lo toma de cerca, cómodamente sentado junto a una mesita en su oficina, con su escritorio atrás y la bandera mexicana a un lado. Como si ya no creyera en ella, renuncia al poder persuasivo de la palabra para intercalar en su discurso una serie de costosos spots comerciales que anuncian los supuestos logros de su administración, los mismos que ya habían demostrado su fracaso ante el tsunami electoral lopezobradorista de julio pasado, que reflejó el enojo y el malestar de la gente ante la demagogia y la manipulación oficial. En tal contexto, Enrique enfatiza los inverosímiles éxitos de su gobierno y asegura que lo que se ha visto como graves errores de su gobierno, fue en realidad solamente malos manejos de una política de comunicación deficiente, que no supo transmitir su mensaje correctamente al pueblo, como el caso de la corrupción de su lujosa residencia, conocida públicamente como la “Casa Blanca” o el escabroso asunto de la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa. En su versión de las cosas, el pasado se impone al presente. Es la expresión de un punto de vista resignado que lamenta que las cosas hayan sucedido así y no de otra manera.

Por su parte, Macri prepara cuidadosamente su discurso ante la mega crisis económica de su gestión en el último tercio de su gobierno, la cual pone en tela de juicio su antes casi segura reelección. De pie, con el lábaro patrio a un lado y una especie de altar griego atrás, elige un plano un poco más lejano que el de su colega, el cual lo toma de cuerpo entero hablando y gesticulando en medio de dos micrófonos que envuelven una tarima propia de un discurso oficial, y que subrayan la investidura presidencial desde la cual está dirigiéndose a la nación. Fiel a sus intuiciones, el presidente argentino opta por la proyección de un perfil humano que intenta transmitir su empatía con la mayoría de la población afectada por una devaluación del 50% de la moneda frente al dólar y la inflación correspondiente. De esta manera, asegura hablarle a la gente “con el corazón y la verdad”. En el interior de su mente, el fantasma del corralito y la renuncia fulminante del presidente De la Rúa en el 2001 lo acosan.

Mauricio gesticula y suspira histriónicamente dejando el aliento embarrado en el micrófono. Dicen algunos analistas que es probable que el tan comentado suspiro haya sido convincente para sus asesores solo después de la cuarta o quinta toma. Nunca lo sabremos. Lo cierto es que con tono didáctico de seminarista o predicador que mágicamente asegura saber lo que piensan y sienten las personas la gente, dice a su pueblo que lo lamenta en gran medida, pero que no se podían prever las tormentas internacionales representadas por la sequía en Turquía, la crisis recesiva de vecinos como Brasil o la guerra comercial entre EU y China. Asegura que, pese a todo, la medicina elegida es la mejor a futuro, aunque el paciente, en este caso la propia nación argentina, parezca estar en coma. En su versión de las cosas el futuro todavía puede imponerse a la adversidad del presente.

Total incredulidad y negación

En ambos casos existe una total incredulidad y negación absoluta ante los resultados de la terca e indomable realidad, que no se plegó a sus planes. Estos mecanismos, que son indicadores de una grave patología en la vida cotidiana de las personas, representan también un rasgo inquietante en la manera de enfrentar los problemas por parte de los gobernantes. Esta negación es la que explica en buena parte la incapacidad de ambos personajes para enfrentar los problemas que rebasaron a sus gobiernos y que los han puesto a la deriva. Y es que, si los gobernantes no asumen su responsabilidad frente a los hechos y las situaciones adversas, y si no existe en ellos la menor capacidad o disposición para reconocer la existencia de problemas y a partir de ahí poder nombrarlos, entonces los ciudadanos de a pie estamos frente a un problema de gigantescas dimensiones.

En síntesis, para Peña Nieto el problema residió en un deficiente manejo de su política de comunicación con esa gente con la que había hecho buena química durante su campaña. Recuérdese el slogan más repetido de hace 6 años: “Peña, bombón: te quiero en mi colchón”. El mandatario luce tristón y resignado y ya ni siquiera se refiere al proyecto de su opositor que ha borrado del mapa a su partido, el otrora poderoso Partido Revolucionario Institucional, en el Congreso. (Hace poco incluso le recomendó al PRI cambiar sus siglas). La derrota ha llegado y permea toda la escena. Mientras tanto, para Macri el tema central se encuentra en la presencia inesperada de un contexto adverso, que él asegura categóricamente que nadie hubiera podido resolver. En medio de la vorágine intenta una vez más asociar sus malos resultados a la inercia heredada de los terribles gobiernos populistas del pasado, responsables de todos los males. Parece que olfatea el olor amargo de la derrota en el horizonte, pero considera necesario dar la madre de todas las batallas contra sus adversarios, que él ya descalifica en su discurso como los enemigos de la patria, lo que desafortunadamente es un anuncio de represión y violencia.

El orden simulado de ambos mensajes no alcanza para cubrir el tiradero que dejan como estela. En México la alternativa está a la vuelta de la esquina, con el gobierno de López Obrador que ha anunciado su triunfo como el fin de treinta años de neoliberalismo. Andrés Manuel tiene otras recetas. El implacable tiempo dirá si pudo corregir la salud del paciente. En Argentina todo es incierto. Nadie sabe el tamaño que alcanzará la crisis y el costo para una gestión que parecía destinada a una tranquila reelección, ante la división y fragmentación de la oposición y un gobierno que se acerca al naufragio, sin asideros ni referentes sólidos que ofrezcan soluciones y alternativas viables y concretas.

*Dr. Alberto del Castillo Troncoso

Investigador del Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora del CONACyT y coordinador, junto con Rebeca Monroy, del seminario “La mirada documental”, un espacio de convergencia de estudiantes, académicos y creadores en torno a la historia de la fotografía en América latina. Doctor en Historia por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla y doctor en Historia de México por El Colegio de México, pertenece al SIN y a la Academia Mexicana de las Ciencias.

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