Opinión

Patriarcado, sexismo y violencia política

Las mujeres existimos y no vamos a dar un paso atrás. | Carla Humphrey

  • 11/11/2021
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En un análisis profundo de los sistemas de interacción social, se obtiene que el patriarcado se relaciona históricamente con la violencia; en éste la “masculinidad” es entendida como un comportamiento de hombría agresivo y dominante, que se traduce en desigualdad social, en discriminación sexual de las mujeres y en violencia de género contra las mismas.

El patriarcado aprovecha cualquier espacio para controlar la vida pública y privada de las mujeres, nuestros deseos y nuestros planes de vida, a fin de lograr que asumamos y perpetuemos los estereotipos femeninos y los roles de género que representan una barrera para el pleno ejercicio de nuestros derechos.

En diversos espacios de nuestro país y del mundo entero, se sigue educando a las niñas en la pasividad, la sumisión, la dependencia, la incondicionalidad y la limitación; lo que las hace más vulnerables al control y, sobre todo, al padecimiento de comportamientos violentos y a la asimilación del rol de víctimas.

La violencia contra las mujeres puede ejercerse en muchas formas; las leyes mexicanas tipifican los diversos tipos de violencia que pueden ejercerse contra las mujeres. La violencia simbólica, que generalmente está asociada a la influencia de concepciones socioculturales aprendidas, fue abordado en los años setenta por el sociólogo francés Pierre Bourdieu, describiéndola como aquella violencia que no utiliza la fuerza física, sino la imposición del poder y la autoridad; sus manifestaciones son tan sutiles e imperceptibles que es permitida y aceptada por el dominador y el dominado.

Por lo tanto, la violencia simbólica es la base de todos los tipos de violencia; pues está presente en las costumbres, tradiciones y prácticas cotidianas, que refuerzan y reproducen las relaciones basadas en el dominio, la sumisión y la discriminación.

Tal es el caso del sexismo, entendido como todo acto de discriminación e invisibilización; como actitudes que conllevan a la desigualdad entre hombres y mujeres, no sólo en términos de presencia e imagen, sino en el tratamiento de los contenidos y del propio discurso mediático. En específico, son actos discriminatorios que atentan contra los derechos y dignidad de las mujeres; tanto en los mensajes como en la forma en que se nos presenta y representa en comparación con los hombres. Incluso con el propio lenguaje, se excluye e invisibiliza a las mujeres.

En 2015, el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) diseñó por primera vez un Módulo que midió el ciberacoso, al incluir preguntas relacionadas con este tema en la Encuesta Nacional sobre Disponibilidad y Uso de las Tecnologías de la Información en los Hogares (ENDUTIH). La más reciente encuesta que aborda el tema es de 2020.

Se preguntó a las personas de 12 años en adelante algunas situaciones que pudieran enfrentar en medios electrónicos, fundamentalmente en el Internet y en los teléfonos celulares. Los resultados son impactantes, el 22.5% de las mujeres refirieron haber enfrentado ciberacoso, contra el 19.3% de los hombres.

Las situaciones experimentadas con mayor frecuencia por las mujeres que han vivido ciberacoso son: recibir insinuaciones o propuestas sexuales (35.9%), contacto mediante identidades falsas (33.4%) y recibir mensajes ofensivos (32.8%). Para los hombres que han vivido ciberacoso fueron: contacto mediante identidades falsas (37.1%), recibir mensajes ofensivos (36.9%) y recibir llamadas ofensivas (23.7%).

En suma, los datos muestran que hay diferencias significativas entre las agresiones que reciben los hombres y las que reciben las mujeres, así como la frecuencia de las mismas. Menciona la ENDUTIH que las reacciones más comunes que tienen las mujeres que enfrentan ciberacoso son: bloquear a la persona, cuenta o página (70%), ignorar o no contestar (25%), cambiar o cancelar la cuenta (13%) y eliminar las publicaciones (12%).

Ejemplifico con mi caso, los comentarios misóginos han regresado a mis redes sociales en los últimos días; he recibido amenazas, suplantación de identidad, publicación de información personal, provocaciones para reaccionar de forma negativa y muchas más. Al igual que otras mujeres, he decidido ignorar y no contestar a las provocaciones, las cuales buscan demostrar que no podemos participar en el espacio público, en la toma de decisiones. En pocas palabras que no podemos existir.

Las mujeres somos incómodas para un sistema que intenta ahora mediante perfiles de redes sociales, en muchos casos anónimos, falsos o de muy reciente creación, recordarnos que hay lugares que no nos pertenecen. Mi mensaje, como el de muchas mujeres que han levantado la voz, es muy claro: existimos y no vamos a dar un paso atrás.

También indica la ENDUTIH que los sentimientos que tienen las mujeres al experimentar el ciberacoso son: enojo (68%), desconfianza (38%), miedo (32%) e inseguridad (29%). Como mujer violentada por el ciberacoso hablo en este espacio del problema que enfrentamos muchas mujeres todos los días, mi caso es sólo uno más. Me reconozco como una mujer que enfrenta estas conductas, las identifico y las denuncio públicamente como acciones inaceptables. No podemos, no debemos nunca callar.

Por supuesto que las mujeres servidoras públicas debemos rendir cuentas de nuestra actuación profesional; pero los ataques deben centrarse en cuestionar el desempeño en los cargos, en las agendas o temas que promovemos, en las razones para apoyar o no un determinado asunto o en las propuestas que elaboramos. Los cuestionamientos enfocados a la vida personal y privada de las mujeres, que nada tienen que ver con el ejercicio de un cargo público, constituyen claramente violencia política en razón de género, y en ningún caso debemos permitirlos.

La violencia contra las mujeres en redes sociales, impulsada por figuras patriarcales como el “machismo”, transmite erróneamente que el varón es por naturaleza superior a la mujer. Se acompaña esta violencia de frases sexistas que han sido parte de la educación, lo que inconscientemente ha conducido a perpetuar la discriminación y desigualdad entre mujeres y hombres.

Para eliminar la violencia contra las mujeres no basta con la concientización; los hombres deben detectarla y prevenirla, también los otros síntomas propios del patriarcado. Una alternativa son las nuevas masculinidades, que buscan cuestionarse las formas de pensar, sentir y actuar propias de los varones; formas que han sido impuestas desde fuera, a través de construcciones sociales.

Al respecto, en un evento sobre nuevas masculinidades efectuado en 2014, José Alfredo Cruz Lugo, maestro en sexología educativa, consultor y especialista en Género y masculinidades, expuso que, para contrarrestar este síntoma del patriarcado, los hombres deben aprender habilidades que les permitan desarrollar y expresar sus sentimientos.

El futuro exige derribar la normalidad del patriarcado que violenta diariamente y de diversas formas a las mujeres. En otros países se han impulsado modelos como “El Movimiento de los Hombres por la Igualdad”, que apuesta por el cambio personal de los hombres hacia posiciones más igualitarias, reconociendo al patriarcado como el origen de una sociedad marcada por las injusticias y las desigualdades, descolocando a los hombres en una situación de ventaja por el hecho de serlo.

En estos modelos, los hombres se plantean perder privilegios para ganar en igualdad, desde el convencimiento de que con el cambio ganamos todas y todos; pues con una nueva masculinidad se responde y combate a la masculinidad tradicional; la cual ha sido, es y será, marcada por la violencia, la discriminación y la desigualdad con un grupo históricamente desaventajado: las mujeres.

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