Opinión

Para un roto nunca falta una descosida (o viceversa)

Y de cómo el Tímido-Tímido y la Tímida-Intrépida comenzaron a desearse –de tantas maneras- sin apenas saberlo.

  • 21/07/2015
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Folletín. Primera entrega.

 

“El punto supremo es cierto punto del espíritu donde la vida y la muerte, lo real y lo imaginario, el pasado y el futuro… dejan de percibirse contradictoriamente”.

 

André Breton. Segundo Manifiesto Surrealista.

 

“La giganta”, Leonora Carrington.

 

La primera ocasión en que sus miradas se cruzaron

 

¡Ah! Gimió la Tímida-Intrépida a las 12:00 horas de un sábado del mes de octubre del año 2012 ante la obra “La giganta” de Leonora Carrington, exhibida en la exposición In Wonderland (Mujeres surrealistas) en el Museo de Arte Moderno de la ciudad de México.  

 

¡Ah! Volvió a exclamar con una intensidad tan inquietante, que el guardia de la sala se precipitó al lado suyo, sólo para constatar que la mujer en cuestión mantenía ambas manos sobre su corazón, y en ningún otro lado, tal y como decretan el respeto a la moral pública y el Bando de Policía y Buen Gobierno.

 

Es difícil el oficio de vigilante de museo, tantas horas de inmovilidad (sin meditación trascendental) conducen a gran número de personas a los más turbios pensamientos, sumado a la diversidad de costumbres de esa especie –a menudo estrafalaria– que pulula en los museos. A la exacta distancia de la pintura expuesta justo al lado, el Tímido-Tímido sintió un sobresalto, casi un llamado. “El canto de una sirena”, se dijo ante las honduras del gemido. Desde la escuela secundaria, cuando fue alumno de la maestra Margarita, se convirtió en un admirador hipnotizado de los gemidos femeninos.

 

La maestra Margarita era capaz de narrar la historia de “Los héroes que nos dieron Patria”, con una tal cantidad de gemiditos intercalados (era una gran romántica), que los alumnos no podían más que preguntarse, cómo los héroes, tan ocupados en pasiones innombrables, pero insinuadas, tuvieron el tiempo de darnos Patria. Se hizo pues, imperceptiblemente, un geminómano-ludicópata. “Pero, ¿qué mira esa mujer, qué mira?”

 

“La giganta” –que mira la Tímida-Intrépida– cobija un huevo entre sus manos. Ella leyó algunos significados simbólicos del huevo en la pintura de las mujeres surrealistas, en un texto de Gloria Feman: “A los análisis previos sobre el significado simbólico del huevo se puede añadir ahora un nuevo nivel de interpretación que abarque las dimensiones chamanísticas del viaje desde el descenso al surgimiento, muchos años más tarde, en un País de las Maravillas”. Ya saben que Carrington, Remedios Varo y Katy Horna se reunían para sus estudios esotéricos alrededor de la mesa de la cocina. Los poderes cósmicos.

 

“La casa de los opuestos”, Leonora Carrington.

 

El principio de la creación en femenino. El huevo significaría un renacimiento. “La alquimia, la mitología celta, la cábala, el budismo tibetano, el gnosticismo, la magia, el chamanismo, la psicología junguiana, el culto pre-patriarcal de las diosas y el tarot, son sólo algunas de las fuentes en las que se inspiró Carrington”, escribió Feman. Y esa mujer rodeada de símbolos, protege a un huevo. La Tímida-Intrépida se retiró del cuadro, el Tímido-Tímido avanzó hacia él, y por unos segundos sus miradas –entimidecidas– se cruzaron. Después, ambos salieron hacia el jardín.

 

Ella se sentó en la última banca del lado derecho del jardín. Él se sentó en la primera banca, del lado izquierdo del jardín. Ambos extrajeron sus utensilios y sus almuerzos: Ella un sándwich de salmón ahumado con alcaparras. Una pera. Un pedazo de pan de elote.  Aceitunas. Además: Un termo para café con vino blanco. Un pequeño mantel de florecitas de estilo provenzal. Una servilleta que hacía juego. Un platito de plástico azul marino y una copa azul marino, que combinaban con el mantel. Él extrajo: Un sándwich de jamón serrano con queso de cabra. Una botella de agua.

 

Podría parecer ante los datos que se ofrecen, que la Tímida-Intrépida es una personalidad extrovertida y expansiva, y el Tímido-Tímido, una personalidad introvertida y austera. En realidad, la diferencia sólo atañe de manera directa a los usos y costumbres inscritos en la diferencia sexual: Él lleva consigo un pequeño portafolio en el que además tiene que guardar su computadora. Ella un morral chiapaneco con flores bordadas en el que le cabe la mitad de la casa.

 

Durante el consumo de sus respectivos alimentos, los personajes cruzaron algunas miradas más, como que muy disimuladas y como que muy de reojo. Ella lo cuenta temblorosa en su diario de octubre del 2012. Él sólo escribió en el suyo: “Hoy escuché por vez primera las honduras del gemido de una sirena. La causa no fui yo, sino Leonora Carrington”.

 

La segunda ocasión en que sus miradas se cruzaron

 

El Tímido-Tímido dudó en asistir ese sábado a la exposición de Louise Bourgeois en Bellas Artes. La semana entera había transcurrido en una sobrecarga de trabajo, una reunión de emergencia, un torneo de ajedrez y una llanta ponchada a mitad del tráfico, lo que le provocó la atención negativa de cantidad de conductores exasperados. Demasiado para un alma solitaria. Tuvo la sensación de que una multitud de personas lo rodeaba hasta en sueños. El sol entró por la ventana y se cubrió el rostro con la almohada.

 

Después recordó que era hora de pasear con el Absoluto del Amor. Es su perro. Y se llama así, para que cada vez que alguien le diga: “El absoluto del amor no existe”, (lo que él sabe que es verdad, pero le duele muchísimo) entonces les muestra a su perro, o la foto de su perro y dice: “Ya ven que sí existe”. 

 

La Tímida-Intrépida había asistido la noche anterior a una reunión familiar a la que llegaron su tía Elsa y su tío Ernesto. Nunca había vuelto a verlos. Por suerte. Esa noche volvió a verlos. Por mala suerte. Su tío Ernesto era un abogado defensor de las más nobles causas y al que sólo ella sabía -¿sólo ella lo sabría?- le gustaban las niñas. Su sobrina, por ejemplo. Era una afición secreta para él -y sin consecuencias- como encerrarse a beber whiskey en el vestidor. “¡Preciosa!”, decía el tío Ernesto a cada una de sus sobrinas mientras las abrazaba en público, paternal  y bonachón.

 

La Tímida-Intrépida sintió una oleada de náuseas. Un dolor rudo que se le iba hacia las muelas. Una grandísima vergüenza. Y rabia. La rabia que provocan el silencio obligado -y por lo tanto- la complicidad involuntaria. Se despertó el sábado muy temprano para ir a la exposición de Louise Bourgeois. Le parecía urgente. Hay experiencias que son un resarcimiento. Casi mágicas.        

 

Louise Bourgeois

 

Esa imagen de mujeres sin cabeza. Sin brazos. Cuerpos fragmentados de mujeres. La Tímida-Intrépida tendría una historia que contar: La de las niñas que llegan fragmentadas a su cuerpo de mujer. Le hubiera gustado quedarse niña para siempre. Pero no es dado, un mero asunto de biología. No es dado. No quisiera entrar en detalles. ¿Por qué es la víctima quien siente vergüenza mientras el agresor se placea? Parecería una constante.

 

El tío Ernesto es un héroe de las más dignas causas, ya les dije. ¿Acaso nadie sabe? Los que saben se callan. La Tímida-Intrépida, colecciona maniquíes sin brazos, ni piernas, ni pies, ni cabeza. Nunca se preguntó por qué, hasta que una amiga le dijo: “¿Por qué coleccionas mujeres sin cabeza?”  

 

“No sé, porque las miro y me encariño. Me conmueven. Son maniquíes, no mujeres. Me gusta conversar con ellas”. “Oh”, que la otra le respondió. Cuando una buena amiga dice nada más: “Oh”, una sabe que el asunto es serio y hay algo allí que tiene que escuchar muy de cerca. A una no siempre le gusta escuchar/escucharse muy de cerca.

 

El vigilante de esa sala de Bellas Artes le dice que se levante, por favor, no es posible, ni deseable, ni aceptable que permanezca sentada en flor de loto frente a la “jaula” de Bourgeois, y menísimos que luego se tienda en el piso como si estuviera desmayada. “Es que estoy desmayada”. Es muy difícil el oficio de vigilante de museos. Tanta inmovilidad. “Pero cómo va a estar desmayada si me habla”. “Mi tío Ernesto, ¿sabe usted? Mi tío Ernesto. Me voy a tatuar. Aquí”. Y la mujer coloca la mano sobre el principio de sus senos. “Me voy a tatuar aquí algo tan hermoso, que invente, recupere y redefina mi cuerpo”.

 

“Qué bonito, señorita, como usted dice, redefina su cuerpo, pero yo tengo familia y no pertenezco al sindicato, me van a despedir por las anomalías de su conducta improcedente”. El Tímido-Tímido que ya paseó a su perro Absoluto y llegó hasta Bellas Artes, escucha un tono que reconoce y voltea: Es la misma mujer frente a la pintura de Leonora Carrington. Esos cabellos desenfrenados, ese mismo body negro que termina en faldas de colores, vaporosas y extrañas. “Como de brujita”, se dice. No gime, por esta vez, sólo se hace bolita (ya a esas alturas) junto a una jaula de Louise Bourgeois.

 

El Tímido-Tímido avanza hacia ella, la toma de la mano despacito, la jala, la ayuda a sentarse. Se miran a los ojos. Esta es ya la segunda vez que se miran a los ojos, la jala tantito más fuerte hasta que se pone de pie. La Tímida-Intrépida se sacude la falda, lo mira directo a los ojos, y con un movimiento de cabeza le da las gracias. Corría un sábado de diciembre del 2013.

 

La Tímida-Intrépida no puede ignorar –por despistada que sea– que ese hombre que la jaló de la mano y “la puso en pie” es el mismo del Museo de Arte Moderno. Se emociona. No demasiadísimo porque a los hombres les tiene miedo. Un miedo que reconoce absurdo e irracional. Un miedo oscuro que sabe, en su generalización, muy injusto.

 

Escribió en su diario: “Ese hombre, el de los ojos azules y casi extranjeros llegó junto a mí. Lo primero que vi fueron sus zapatos. Me conmueven los zapatos de las personas, me fijo muchísimo en los zapatos que eligen, en qué hacen con sus pies, sobre todo cuando se olvidan de que alguien los observa. Traía unos zapatotes de suela ancha, como si estuviera preparado para caminar el mundo. Zapatos nómadas”.

 

Él escribió en su diario: “La gemidora del Museo de Arte Moderno yacía en el piso de la sala, como si no hubiera nada más natural y más urgente que hacer en la vida, sino yacer en el piso frío de una sala en Bellas Artes. Le explicó al vigilante de la sala –entre otras cosas– que está a la búsqueda de “El punto supremo”, ese del que escribió Breton. Le decía: “Señor vigilante, ¿y si usted fuera un chaman sin saberlo? Algunas personas aplaudieron porque creyeron que era un performance organizado por el museo. “Lo real y lo imaginario, el pasado y el futuro dejan de concebirse contradictoriamente”.

 

 

La tercera ocasión en que sus miradas se cruzaron

 

Bellas Artes. Un sábado de septiembre del 2014. “En esto ver aquello. Octavio Paz y el arte”. En la sala de ese maravilloso torso de la India. Se reconocieron sin dirigirse la palabra. Caminaron el uno junto al otro sin dirigirse la palabra. “Es un destino, un llamado del Absoluto del Amor… que no existe”, escribió él en su diario a pesar de que a la salida la dejó perderse entre la multitud que caminaba hacia la calle Madero. “El mudito de los zapatotes estaba allí”, escribió ella en el suyo.

 

“Estaba allí y frente al torso femenino –bellísimo– de la India, extendió la mano, y me ofreció un caracol que sacó de la bolsa de su chamarra azul. ¿Qué hombre extraño se pasea con caracoles en las bolsas? ¿Traerá más de un caracol en la bolsa? Sentí mariposas en el estómago y a la altura del pecho. Me retiré las sandalias y de mis pies salieron volando cantidad de mariposas”.

 

Fue exactamente aquí en donde el Tímido-Tímido le regaló un caracol a la Tímida-Intrépida.

 

Y sin embargo, ella salió casi corriendo de Bellas Artes para perderse en la multitud que caminaba hacia la calle Madero. Corrió como sólo saben hacerlo las cobardes. Como corren quienes buscan “El punto supremo”, con la inconsciente (meticulosa) voluntad de no encontrarlo. Corrió como quien no quiere tocar una piel que de todas maneras, ya está tocando.

 

Después fue a su placita preferida y bailó con los Concheros. Bailó como si las conchas tan pesadas en los tobillos la volvieran ligera. Bailó como si con toda esa energía pudiera lograr dos objetivos: Confiar algún día, y liberar al hermoso Caballito de la plaza de su jaula de la ignominia. Un señor “restauró” el Caballito y lo arruinó, lo dejó de un color verdoso y extraño. Así sucede, con eso de “restaurar”. Te pueden dejar verdosa y extraña.

 

Él se fue derechito al bar Gante (para la gente elegante, dice su publicidad) y se tomó al hilo una sopa de pollo y tres cervezas heladas. Se dejaron ir, ¿se dan cuenta? Por el momento, no pudieron hacer nada más, sino dejarse ir. Él escribió en su diario dos días después: “Estaba allí, como supuse”. El resto de las páginas de ambos diarios están en blanco.

 

El próximo sábado, es sábado.

 

@Marteresapriego

 

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