Opinión

Para un roto nunca falta una descosida (o viceversa) II

Folletín semanal. Segunda y última entrega.

  • 28/07/2015
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Y de cómo el Tímido-Tímido y la Tímida-Intrépida terminaron (comenzaron) en el Hotel de Cortés, desnuditos y en estados muy cercanos a la felicidad.

 

"Que se cierre esa puerta,

que no me deja estar a solas con tus besos.

Que se cierre esa puerta

por donde campos, sol y rosas quieren vernos.

Esa puerta por donde

la cal azul de los pilares entra

a mirar como niños maliciosos

la timidez de nuestras dos caricias

que no se dan porque la puerta, abierta...”: Carlos Pellicer.

 

 

Ahora narro, casi como si la historia me llegara de primera mano. Primera mano, primera piel, primera oreja, primera lengua, primeras caricias. Primeros labios. Primeras mordidas. Primeros murmullos.  Primeros pies que se acarician. Primeras piernas que se entrecruzan. Primeros silencios agradecidos que se lamen.

 

Primeras complicidades.

 

El principio de un léxico secreto.

 

El principio.

 

Su ombliguito.

 

(Inspeccionarlo con minuciosidad).

 

Los vellitos en su pecho.

 

(Jalarlos con los dientes con minuciosidad).

 

Esa mirada líquida tan suya.

 

(Descifrarla con minuciosidad).

 

El deseo. El deseo inscrito en el imaginario.

 

En la ternura.

 

En el cuerpo.

 

Sus ojos azules.

 

Tan inmediatos. Tan cercanos. Como un fragmentito del cielo de Tabasco.

 

Es un cielo distinto a todos los cielos del mundo.

 

Es de un azul implacable y suave.

 

Él recorre su espalda y le dice: “aquí, justo a mitad, está la hondonada”.

 

El amor está hecho de hondonadas. Es cierto.

 

Hablan en lenguas.

 

Pero soy una narradora desbalagada y me precipito en momentos avanzados de la historia.

En nuestro capítulo anterior el Tímido-Tímido y la Tímida-Intrépida se dejaron escapar a la salida de la exposición-homenaje a Octavio Paz en Bellas Artes. Corría un sábado de septiembre del 2014.

 

Y sí, ambos fueron  prudentes, temerosos, evasivos, esquivos, cautos, juiciosos, precavidos, moderados.

 

Cobardes, pues.

 

Así nos pasa.

 

El tiempo rueda, se extiende. Cambia, se agita, se rebela, se aletarga.

 

El tiempo.

 

Corre un sábado de julio del año 2015.

 

Las exposiciones “Leonardo Da Vinci. Un ideal de belleza”, y “Miguel Ángel Buonarroti. Un artista entre dos mundos", provocan colas de tales longitudes, que el gobierno del Distrito Federal se plantea abrir el bellísimo edificio de correos como albergue nocturno. Así una puede instalarse desde la noche del viernes, para disfrutar la exposición al mediodía siguiente.

 

Es probable que el Tímido-Tímido haya buscado por las calles a la Tímida-Intrépida durante todos esos meses. No lo sabe con detalle. Es como una vaga sensación adentro suyo.

La Tímida-Intrépida en cambio, sabe –a ciencia cierta- que lo esperó durante horas en una librería de segunda mano que se llama “El hallazgo” en la colonia Condesa.

 

Le dio tiempo de leer (recostada en una esquinita en el piso) un libro de poemas de Sylvia Plath. Lo leyó más de una vez.  Y uno de Elizabeth Bishop. Lo leyó más de una vez.

Él no llegó. A veces el azar anda distraído.

 

Desilusionada, arrastró su imaginaria cobija hasta su casa.

 

El Tímido-Tímido se despertó tempranísimo ese sábado (julio/2015), pero se le fue haciendo tarde.

 

La Tímida-Intrépida igual.

 

Para cuando llegaron (cada uno por su lado) a la cola para las exposiciones parecía que la mitad de la ciudad de México anhelaba viajar el mismo día y en el mismo tren hacia el renacimiento italiano. ¿Quién no querría?

 

El Tímido-Tímido leía: “El códice sobre el vuelo de los pájaros”, de Da Vinci:

 

 “He dividido el Tratado de los pájaros en cuatro partes, de las cuales la primera concierne a la forma de volar batiendo las alas; la segunda, al vuelo sin batir las alas, a favor del viento; la tercera, a lo que hay de común entre el vuelo de los pájaros, de los murciélagos, de los peces voladores y de los insectos”. –Da Vinci.

 

La Tímida-Intrépida –bastante más terrenal, por una vez- se devanaba los sesos por entender cómo leer un mail en su teléfono.

 

Sus miradas se cruzaron. Tímidas. Expectantes. Curiosas. Disimuladas.

 

Se cruzaron de nuevo. Se cruzaron fugaces.

 

“Plutón sí existe”, se dijo la Tímida-Intrépida al verlo, una mujer muy creyente, a su manera. A falta de san Antonio, ese día antes de salir había puesto de cabeza sus fotos de Sigmund Freud y de Lacan. Sus psicoanalistas preferidos.

 

“Segismundo milagroso/ ilumina mi inconsciente/ pantanoso”. “Lacan/ no me hagas el feo/ dime maestro/¿cuál es mi deseo?”.

 

“Si la dejo ir, nunca entenderé el vuelo de los pájaros”, se dijo él.

 

Y ambos –separados por como veinte personas en la fila- por tantos desconocimientos, por tantas historias, sintieron una soledad como nunca antes les había sido dado sentir. Y una esperanza como nunca antes les había sido dado sentir.

 

La Tímida-Intrépida intuyó que estaba al borde de una experiencia patafísica (la ciencia de las soluciones imaginarias). Bebió un sorbito de su botella de agua, respiró profundo y lanzó al aire un largo gemido como de Brunilda, la reina de las Walkirias.

 

Después se dejó caer. (“Lo mío, lo que se dice lo mío, es dejarme caer”, que se dijo).  Amabilísimas personas se arriesgaron a perder su lugar en la cola hacia Michelangelo y Leonardo para rescatarla: “No la sofoquen”, “Hay que rociarle agua”. “¿Qué le pasa señorita, qué le pasa? Yo le cedo un lugar hasta adelante, nomás no se nos vaya”. “Que hable, háganla que hable”, dijo una señora experta en espasmos, metamorfosis y evanescencias.

 

“Esta mujer está enamorada”, anunció solemne un chamán de Catemaco, mientras le acariciaba la frente. “Trae dibujado en la frente el símbolo del huevo que implica un renacimiento”. Varias señoras se acercaron pero ninguna vio nada. Como es lógico, no todo el mundo es chamán/a.

 

“Quiero al hombre de la camisa verde olivo y los ojos azules”, dijo la ciudadana evanescente. “Lo quiero junto a mí. Al lado mío. Quiero mirar junto a él y para siempre la pintura de ‘La giganta’ de Leonora Carrington”. Esa primera pintura que miraron casi juntos, en el Museo de Arte Moderno, en el año de gracia del 2012. (Detalles en el capítulo anterior de la primera entrega de éste, su folletín semanal).

 

Nadie puso en duda su palabra. Nadie se preguntó si estaba loca. Este México que les cuento, es un país en donde las personas deseamos nuestra felicidad y la de los otros. La deseamos con tanta fuerza. Este México que les cuento, es un país que ama el amor y los encuentros amorosos.

                                  

 “Todo nuestro conocimiento tiene su origen en las percepciones”.- Leonardo.

 

EL ENCUENTRO

 

Un coro de voces llamó al hombre de la camisa verde olivo.

 

El Tímido-Tímido se acercó a la Tímida-Intrépida y le murmuró al oído: “He dividido el tratado de los pájaros en cuatro partes, en la cual la primera concierne a la forma de volar batiendo las alas. ¿Qué opinaría usted de una margarita frozen en el Salón luz?”.  Así se llama la cantina en Venustiano Carranza, no invento nada.

 

El Tímido-Tímido sabe muy bien que en todo mensaje que implique una solución-propuesta imaginaria, es preciso deslizar un contenido concreto y de finalidades inmediatas y prácticas.

 

Comieron. Bebieron. Fumaron. Aún no se comen, aún no se beben.

 

Hablaron de los varios azares que los colocaron el uno al lado del otro.

 

Hablaron de las mujeres fragmentadas de Louise Bourgeois.

 

De pronto apareció el ángel que hace de Hombre-Estatua en la calle Madero, es –también- promotor cultural del primer cuadro de la ciudad.

 

“Hay un premio para quien conozca de memoria y palabra por palabra el poema ‘Que se cierre esa puerta” de Carlos Pellicer”.

 

"¿Palabra por palabra?” preguntó el Tímido-Tímido”. “Eso”, respondió el Hombre-Estatua.

 

“¿Y cuál es el premio?”. “Un fin de semana en hotel de Cortés. Con cena de vino blanco y mariscos. Blinis con salmón y/o escamoles. Fresas. Quesos. Zarzamoras. Chocolate fundido. Crepas de cajeta con nueces. Mermelada de pétalos de rosa”.

 

Esas cosas suceden todo el tiempo en el centro de la ciudad de México, todo es cosa de visitarlo con frecuencia.

 

Es en este hotel  en el centro de la ciudad de México, (antigua hostería construida en 1620) en donde el Tímido-Tímido y la Tímida-Intrépida se encerraron a estudiar –muy de cerca- el vuelo de los pájaros. 

 

El Tímido-Tímido comenzó. He aquí la segunda parte –palabra por palabra- del poema con el que ganaron el premio:

 

Por razones serenas

pasamos largo tiempo a puerta abierta.

Y arriesgado es besarse

y oprimirse las manos, ni siquiera

mirarse demasiado, ni siquiera

callar en buena lid”.

 

La Tímida- Intrépida sintió que podía convertirse en la más Tímida-Tímida del mundo mundial. Pero no tuvo tiempo. Cenaron en el patio del hotel de  Cortés. No bien llegaban a las fresas con chocolate fundido que les cuento, y ya el Tímido-Tímido se transformaba. El ahora Tímido-Intrépido acariciaba despacito el brazo de la Tímida-Atónita.

 

“¿Recuerdas el Punto Supremo de Breton y la primera exposición que vimos separados, pero juntos?”. “Recuerdo: El punto supremo es cierto punto del espíritu donde la vida y la muerte, lo real y lo imaginario, el pasado y el futuro… dejan de percibirse contradictoriamente”.

 

El principio de un léxico secreto.

 

“La hondonada”, dijo él, acariciando esa línea que se hunde a mitad de su espalda.

 

“Tus ojos líquidos” dijo ella.

 

Y entonces vuelvo al principio: su ombliguito.

 

El de él.

 

Su ombliguito en la noche como el centro de alguna geografía misteriosa.

 

El centro de algún mundo.

 

“Mi perro”, dijo él, se llama el Absoluto del Amor, ¿tú crees que exista?”. “¿Que si existe tu perro?”.

 

“No, que si existe el Absoluto del Amor”.

 

“No”.

 

“¿Qué existe entonces?”. 

 

“La humildad del amor. Frágil, cotidiana. Soñada, hilvanada, trabajada y vuelta a trabajar. La humildad del amor y su amenaza: la posibilidad de traicionarla. En fin, qué sé yo de aquello que existe”.

 

“¿Y te gustaría un día saberlo, aquello que existe?”.

 

“Me gustaría aproximarme a ese conocimiento”.

 

Hasta acá llego en los datos que una narradora puede ofrecer. Las luces de la fachada del hotel de Cortés permanecen encendidas toda la noche. El fin de nuestra historia (que no es sino el principio de una historia) sucede en la habitación 23. La Tímida-Atónita es, ya lo sabemos, una gemidora y una desmayada compulsiva.

 

Ya sabemos que él es un geminómano-ludicópata, por herencia de la maestra Margarita. Lo que no les dije –porque lo mío, lo que se dice lo mío, es el recato- es que es además un cunnilingómano igual de compulsivo.

 

El Absoluto del Amor se echa a las patas de la cama.

 

El Tímido-Intrépido le murmura (a ella) la tercera parte del poema de Pellicer:

 

“Pero en la noche

la puerta se echa encima de sí misma

y se cierra tan ciega y claramente

que nos sentimos ya, tú y yo, en campo abierto,

escogiendo caricias como joyas

ocultas en las noches con jardines

puestos en las rodillas de los montes,

pero solos tú y yo.

La mórbida penumbra

enlaza nuestros cuerpos y saquea

mi inédita ternura”.

 

Esta ciudad de México que les cuento, es una ciudad de románticos que se lamen –el uno al otro- los ombliguitos.

 

La Tímida-Atónita escribió en su diario:

 

Una ciudad de puertas protectoras que se cierran.

 

Una ciudad de mórbidas penumbras.

 

Y ternuras inéditas.

 

(El Tímido-Intrépido se abrazó a la Tímida-Atónita y soñó con esta canción cantada por Frank Sinatra.

 

(La Tímida-Atónita se abrazó al Tímido-Intrépido y soñó con esta canción cantada por Pati Smith.

 

@Marteresapriego