Opinión

Para leer a la Tía Claudia

Con la reactivación económica, retornó la apatía. | Roberto Remes

  • 23/12/2020
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Hace unos días pudimos ver las fotos de los festejos de fin de año de un magnate de la televisión mexicana y sus equipos de trabajo, sin mayores precauciones: espacio cerrado y decenas de personas sin tapabocas. Ellos argumentaron sus libertades individuales, lo cual bajo la actual emergencia es relativo. En estos días la Ciudad de México ha alcanzado la máxima saturación de los hospitales, camas y respiradores, frente a la pandemia de covid-19: este libre albedrío tiene consecuencias en la salud pública y existen los mecanismos legales para acotarlo.

En 1971 surgió un texto muy famoso de análisis semiótico del poder, Para leer el Pato Donald, de Ariel Dorfman y Armand Mattelart. Bajo estos autores, Disney, con todo el aparato productor de contenidos, asume una misión ideológica de determinar una nueva relación entre Estado y Sociedad: en vez de Papá Gobierno, la figura dominante es el tío, esa figura bonachona y generosa que regala cosas a los sobrinos sin estar obligado, como lo están los padres. Para leer el Pato Donald representa la reproducción del capitalismo mediante mecanismos ideológicos.

¿De quién es la responsabilidad de que no me enferme de covid-19? Estoy consciente de que yo, como un adulto con empleo, no sólo llevo la responsabilidad de cuidar mi propia vida, sino la de mi familia. Sin embargo, de forma agregada, es decir, la suma de todas las responsabilidades, es el Estado el que debe velar por mi salud, y por las necesidades básicas de las personas afectadas económicamente por la pandemia.

Quiero decir, y volviendo al caso de Dorfman y Mattelart: si yo llevo una responsabilidad con mi círculo cercano, el Estado lleva una responsabilidad conmigo. Los malos resultados en términos de la pandemia son respuesta a la política pública, no a “ciudadanos irresponsables”. Las culpas no pueden individualizarse a los ciudadanos. La salud pública es responsabilidad pública.

Si bien la suspensión de garantías o las restricciones que se establezcan por la vía del Consejo General de Salubridad no son atribución de los gobiernos locales, las restricciones en ciertas actividades económicas que puedan detonar los contagios, sí lo son. El subjetivo semáforo, al final de cuentas, es una atribución local y nuestro gobierno se negó a activar el rojo por semanas, hasta que la enfermedad se desbordó de nuevo.

Claudia Sheinbaum es la alcaldesa de mi ciudad, y como tal lleva la responsabilidad de tomar las decisiones necesarias para gestionar de la mejor manera posible la pandemia.

En términos de imagen pública, me queda claro que Sheinbaum ha hecho lo correcto: una comunicación clara, constante, apoyada de su equipo de confianza. En términos de forma, hoy inspira más confianza que los cantinfleos de Hugo López-Gatell. Pero en términos de fondo, en realidad forma parte del mismo desastre: la Ciudad de México ya no tiene camas para enfermos graves de covid-19.

Ni en los primeros meses de la emergencia sanitaria enfrentamos los actuales niveles de saturación. Entre marzo y junio, la gente estaba dispuesta a hacer casi cualquier cosa que planteara el gobierno. Conforme vino la reactivación económica, retornó la apatía. Sheinbaum desaprovechó el mejor momento.

Hace unas semanas, se instrumentaron los códigos QR en cada local, para que se generara una trazabilidad de los contagios. También se reforzó la estrategia de las pruebas rápidas ¿recuerdan cuál era el discurso oficial cuando Enrique Alfaro insistía en las pruebas rápidas? Hubo un rechazo total, pero el modelo coreano parecía de los más efectivos. Pregunta a los lectores: ¿cuántas veces han escaneado un código QR, a cuántas personas han visto entrar a un local sin hacerlo? La medida es un fracaso porque llegó demasiado tarde, llegó durante la temporada de daltonismo y apatía.

Comparto la necesidad urgente de reactivar la economía, pero la decisión de volver a suspender algunas actividades económicas se tomó demasiado tarde, porque justo se antepusieron la economía y la política a la vida humana. Los límites entre uno y otro pueden ser discutibles, pero todos tenemos claras las actividades que estarían generando más contagios: la convivencia sin cubrebocas en lugares cerrados, es decir bares, restaurantes, cafeterías.

Nuestro gobierno ha emprendido la estrategia que Dorfman y Mattelart acusan de Disney. Evitar que en la relación entre gobernantes y gobernados se manifieste una relación entre padre e hijo. Les acomoda mucho más mostrarse como los tíos Buenaonda. Pero no, se exige del gobierno responsabilidad en la toma de decisiones, políticas públicas que contengan la pandemia y no la simulación, sea por causas políticas o económicas.

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