Opinión

Para decir lo indecible. “Mi primer acoso”.

Qué imagen tan terrible de las masculinidades. Qué imagen tan terrible de las femineidades.

  • 03/05/2016
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Los carteles que llamaban a la Movilización Contra las Violencias Machistas circularon a grandes velocidades en las redes. Como una manera de llamar a la marcha, la escritora e investigadora feminista Estefanía Vela, publicó –honda y valiente- un texto que se llama “¿Por qué voy a marchar este 24 de abril?”. Un texto indispensable en el que narra los abusos sexuales de los que fue víctima. La también escritora feminista Catalina Ruiz-Navarro leyó el testimonio de Estefanía, y recordó una experiencia brasileira: los testimonios – a través de redes sociales- de la violencia sexual padecida por niñas, adolescentes y mujeres. Desde la cuenta estereotipas ambas lanzaron el hashtag que ha recibido ya miles de respuestas: “Mi primer acoso”. Gracias a Estefanía y a Catalina por invitarnos a decir lo indecible. Su convocatoria nos llama a sumarnos, a nombrar. A abrazarnos, protegernos. A transformar la cultura del abuso y del silencio.

 

Primavera Violeta. Performance de “Las lloronas vendesilencios”. Foto: Esteban Schmelz.

 

Una niña, una adolescente escucha. El “chiste” narra una violación, los adultos se ríen. Hombres, sobre todo, pero también algunas mujeres para no “quedarse atrás”. Para no parecer “amargadas” y “sin sentido del humor”.  El “chiste” coloca a la mujer que lo “protagoniza” en un espacio peligroso y denigrante.  En un espacio en donde “merece” la agresión sexual, llama a ella, la agradece, o debería agradecerla. Más risas. La violación en los “chistes” suele ser equiparada a una relación sexual consensuada. A una mujer le “urgía”, una relación sexual, (ese es el a priori de quien narra) y le hicieron el favor de violarla. Ella se queda tan contenta. Pide más.

 

No hay diferencia en estas narraciones entre la brutalidad, la cosificación de una mujer,  el “deseo” masculino  sellado en el ansia de someter y dañar,  el abuso en sus distintas tonalidades,  y  una relación sexual en la que dos seres humanos se desean y se eligen. En toda libertad. Sólo es un “chiste”, dicen. El “chiste” misógino es una de las formas más evidentes y repetidas de violencia. Sin embargo circulan, en millones de mesas.  Tan comunes como esas frases: “No se dio a respetar”.  “Si no me dice ella nada, es porque quiere”. “El hombre llega hasta donde la mujer quiere”. “Más vale bruta y en su casa, que puta pa’ la raza”.  Muchas bastante.  peores. Más amenazantes, más vulgares. Más deshumanizantes. Nos las ahorro, porque todas/os las conocemos. ¿Qué tal esta de: “El hombre…es hombre”.  Cada día, esa “naturalización” de la violencia a la que Pierre Bourdieu llamó: “La violencia simbólica”.

 

”Aquí no pasa nada”.  Y junto a esas frases cuyos contenidos tan agresivos intentan negarse y ocultarse, surge una de las frases más repetidas en la historia de las mujeres: “Calladita te ves más bonita”.  Resulta, se dice una niña, una adolescente, que “mejor calladita”. Se llama al silencio, -a la no participación,  a la no denuncia- como un atributo indispensable de la femineidad. A esta frase sumo otro “clásico”: “El hombre es fuego y  la mujer estopa, viene el diablo y sopla”. Debo confesar que lo del fuego sí lo entendía (el fuego avanza y nada puede detenerlo, ¿qué puede hacer el fuego inmisericorde, si ya le sopló el diablo?) pero para mí era un misterio lo de: “la mujer es Topa”. Así lo escuchaba. Y me provocaba mucha angustia. Ser “Topa” implicaba algo terrible. Tan terrible como que el “fuego” podía calcinarte sin que tu voluntad existiera. Un “fuego” siniestro y depredador, puesto que irracional, imparable, diabólico.  Qué imagen tan terrible de las masculinidades. Qué imagen tan terrible de las femineidades.

 

 Las “Lloronas vendesilencios”, y sus disruptivas denuncias.

 

Sí lograba aprehender el contenido sexual de la frase. Y su amenaza. ¿Qué hace una en esta vida para no ser “Topa”? Porque las conversaciones, trasfondos enteros en los programas de televisión, las lecciones en el Colegio de religiosas, las miradas de algunos hombres, y sí, sus manos “inspeccionando” en la oscuridad, o a la luz del día: “si gritas van a saber que eres una puta”, me dejaban clarito que cualquier cosa que pasara: la culpa era mía. “Nadie abusa de una niña buena”.  “Nadie se aprovecha de una niña que se da a respetar”.

 

“Las rameras”, “Las cascos ligeros”, “Las pirujas”, “Las exóticas”, andaban por el mundo provocando sus desgracias. Los hombres –repetían y repetían- sólo actúan en consecuencia. Aclaro que una niña podía caer en cualquiera de esas definiciones abismales, por el sólo hecho de conversar con un muchacho en la puerta de la escuela, o bailar “demasiado”. Casi todo era “demasiado”. Se crea una profunda confusión interior. Algo traemos en los cabello, en la risa, en la piel que nos condena.

           

Fui “topa”, muy pronto, de eso estoy segura. En el Colegio una de nuestras heroínas había sido santificada por arrancarse los ojos: eran tan bellos, que “provocaban a los hombres a su paso”.  ¿Denunciar al agresor? ¿Cómo? ¿Denunciar que yo lo había “provocado”? No sé cuándo me sucedió la primera vez. No sé a qué edad. Se me enreda la memoria. Sólo podría asegurar que el acoso sexual fue una constante durante mi infancia y mi pre-adolescencia. Que me parecía una maldición inevitable. Y que “calladita me veía más bonita”. También que en Tabasco, la edad en la que una niña es ya considerada un objeto sexual (en el peor sentido de la palabra “objeto”), llega prontísimo. A partir de ese momento su suerte está echada: es Topa.

 

Algunas veces –ya adulta- pregunté a otras mujeres si les había sucedido, y salvo una, todas me respondieron con un “no” incómodo, pero rotundo.  ¿Sería yo una enferma durante mi infancia? ¿Una Lolita desenfrenada? ¿Por qué me había sucedido a mí? Todo ese silencio me provocaba una culpa inmensa. Un día caminaba por las calles del centro de Villahermosa con esa amiga que me dijo años antes que sí, “y varias veces”. No pronunciamos –entonces -ni una palabra más.

 

Pasamos frente a la tienda de un señor que era el papá de una niña que estudiaba en el mismo colegio. Le dije: “Ese señor me llevó a la parte de atrás de la tienda para enseñarme una caja Prismacolor de 36 colores, estábamos en la primaria”. “La de 36 colores era el sueño”, me dijo mi amiga. “No me enseñó la caja de colores, me agarró por los cabellos, me tocó horrible, se frotaba contra mí , y me dijo que si lo contaba, él iba a decir que era una mentirosa, me corrían de la escuela y ya nadie se iba a casar conmigo”. “¿A ti también te lo hizo?” dijo mi amiga. No pronunciamos –entonces- ni una palabra más.

 

El contingente Academia, Arte y Cultura en la marcha. Foto tomada por Ydalia Pérez Fernández Ceja.

 

La fiesta infantil se terminaba en la Ciudad Deportiva. Me quedé subiendo y bajando en unos cubos para escalar. Un hombre joven se acercó y comenzó a decirme algo de mis ojos (como en el drama de la santa beatificada), me bajé muy rápido, pero me agarró del cuello. Tengo muy clara la sensación de esa garra en mi cuello. Me arrastró hacia un espacio de juego cercano que era un laberinto. Sí, algún arquitecto creativo reprodujo una especie de laberinto de Creta en la Ciudad Deportiva de Villahermosa. Me tiró sobre la arena y decía no sé qué tantas palabras. Una fue “papaya”. Esa palabra nombra una fruta, allí conocí su significado alterno. Pensé que me iba a matar. No lograba bajarme los jeans. No paraba con aquello de: “Voy a estrenar a una de ojos verdes”.  Hasta que dijo: “¿O ya te estrenó tu papá?”

 

Yo era una niña muy diligente y había recogido un tenedor que se había quedado olvidado en una mesa. Era sólo un tenedor pequeño. No sé cómo logré sacarlo del bolsillo del pantalón y enterrárselo en la espalda. No sé cómo pude. Creo que cuando me dijo lo de mi papá.  Se sorprendió muchísimo y se echó de lado. Lo ganó la sorpresa. Salí corriendo del laberinto intentando gritar, pero no podía. Escuché que me llamaban. Ya me andaban buscando. No era una Topa extraviada con un violador en un laberinto. Me estaban buscando.

 

Claro que me alcanzó, pero las mamás y las niñas armaban una tremenda alharaca, aunque no tan cerca. Me agarró por detrás, me tapó la boca (como antes) con una mano (olía muy fuerte a cigarro), y me arrancó una cadena gruesa que llevaba en el cuello.  Lo mordí.  Sobre todo por lo que dijo de mi papá. Sobre todo por eso: lo mordí. Con una furia gigantesca. “Cuando te crezcan las chichis te las voy a cortar”. Me aventó y se fue corriendo. Alcancé a las mamás y a las/los niñas/os y les conté que estaba así de pálida y aterrada porque un tipo me había asaltado y robado mi cadena. Esa marca, la del robo, sí estaba en mi cuello. Les dije que había recuperado una pieza del juego de cubiertos. No había rastro alguno – de mi perfidia- en el tenedor. Me dieron un Tehuacán. Me concentré en las burbujas. Intenté contarlas de una por una. Lo agitaba y contaba las burbujas.

 

Una amiga de mi mamá le dijo bajito. “Qué barbaridad, la suerte que tuvo, con todo lo que le pueden hacer a una niña y la desgracian para siempre”. Nadie me preguntó si intentaron “desgraciarme para siempre”, antes de asaltarme.  Una tía me dijo que “a quién se le ocurre quedarse sola de marimacha en los juegos, las niñas, junto a sus mamás”. Quizá mi mamá se avergonzó muchísimo. No lo sé. Quizá yo era “marimacha”, porque me gustaba subirme a los juegos y a los tejados con mi hermano. Luego se me quitó lo poquito de aguerrida que tenía. Rapidito.

 

Nos despedimos cargando globos, con bolsitas de confeti, juguetitos, dulces y serpentinas. Una niña cargaba los restos de la piñata. Estaba muy apaleada la piñata. Apaleadísima, la pobre. La buena suerte de la piñata es que murió de cantidad de golpes, pero no le van a cortar “las chichis” cuando le crezcan.  Ella no era humana. En esa época yo usaba todavía corpiño. Nunca se habló del tema. El de fondo. Una Topa fue arrastrada hacia adentro de un laberinto. Se habló mucho del robo de mi linda cadena de oro antigua, regalo de mi abuelita. Una cadena de “tejido florentino”.  Comencé a padecer esporádicas crisis de claustrofobia y de anorexia. Pero como ya era de por sí tan flaca, sólo me ponía más flaca.  Me recetaron Emulsión de Scott todas las mañanas. También me entraron unos tics nerviosos y la manía de escribir “no”, continuamente, con el índice de mi mano derecha. A veces sobre alguna superficie y a veces en el aire. Así abajito sin que se viera. Nunca dije nada.

 

En mis muchísimos años de psicoanálisis mencioné muy vagamente este episodio, y el de un contador que trabajaba en la oficina de mi papá, y una tarde me encerró en el corredor de los archivos. Les ahorro la descripción de los hechos. Se sentía tan simpático que jugó con la regla para medir y el “¿ya te bajó la regla?”. No tenía yo ningún tenedor a mano. El corredor que era sólo un espacio alargado, terminó quedando en mi memoria –también- como un laberinto. Entre su mano y mis dientes estaba la toalla para secarse las manos. No pude morderlo. Tuve suerte, estuve vestida todo el tiempo. Luego me dejé caer en el piso y vi un como charquito al lado mío. Él salió de allí casi corriendo. Esa vez sí se lo conté a mi mamá. Me dijo que se lo iba a decir a mi papá. Supongo que se lo dijo porque el contador desapareció. Según me dijo Carmelita,  la secretaria, “por desvió  de fondos”. Algo así. Jamás se volvió a hablar del tema. En realidad nunca se habló. 

 

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