Opinión

Panostálgica

La confinamienta fue el espacio obligado de las nostalgias. Tuve tiempo de sentir nostalgia de casi todo. Una suerte de panostalgia. | María Teresa Priego

  • 31/05/2021
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La pandemia como un largo silencio. Sí, casi podría afirmarlo. Un silencio sacudido por el gemido de las ambulancias en la avenida. La cotidiana presencia de la enfermedad y de la muerte. Las olvidamos por unas horas y regresan. Este tiempo alterado, este tiempo otro que transcurre como a contrapelo. La soledad, el silencio, los murmullos de esa muerte que amenaza con ponernos ya fecha. La sensación de aislamiento. Qué combinación. No imagino cómo pensaremos las horas, los días, los meses del encierro, cuando pase el tiempo. Ahora, en lo inmediato, cuando apenas comienzo a encontrarme con otras personas, me queda claro a qué punto la confinamienta fue el espacio obligado de las nostalgias. Tuve tiempo de sentir nostalgia de casi todo. Una suerte de panostalgia.

Una va por la vida con sus duelos y sus felicidades a cuestas. Con sus desgarraduras cosidas con un zurcido que la mayor parte del tiempo queremos imaginar invisible. Andamos ocupadas, andamos afuera, caminamos las calles, nos ejercitamos en todo lo que significa en el sentido más amplio: ganarnos la vida. Y creemos que ya olvidamos. Creemos que estamos tablas con el pasado, con nuestros anhelos, con nuestros sueños. La cantidad de cosas que una puede creer cuando no está encerrada en su casa indagando la diferencia entre un miércoles de pandemia y un domingo de lo mismo. Este tiempo detenido que sin embargo transcurre, porque sí, el calendario lo marca implacable: desde la multitudinaria marcha feminista del 8 de marzo del 2020, ya pasó más de un año. El calendario compartido, el que aceptamos en alegre consenso es implacable.

Pero ¿dónde hemos andado cada una/o realmente? Acá "realmente", no corresponde, por supuesto, a lo que en términos estrictos entendemos por "la realidad". Durmiendo hemos tenido sueños que nos revelan tanto que no sabíamos. Sueños y pesadillas. Languideciendo en un sofá hemos recuperado memorias de las que alguna vez supimos y que después dejamos perderse en el camino. Me invadieron las infancias. Con una intensidad, con una exactitud a la que en algunas ocasiones accedí en el diván. No demasiadas. Ahora sucedía que la tristeza dijera su nombre y el dolor y un cierto abandono. Uno. Dos. Tres. Una infancia de muchos abandonos. Pero nada de lo anterior sucedía ni en la desgracia, ni en el tormento. Sucedía, simplemente. Diría que en un estado alterado al que llamaría nostalgia. Una nostalgia particularmente honda, eso sí. Todo mezclado: comienzos y fin de mundos. Nostalgie. Saudade.

Una nostalgia grande de lo bueno que sí fue y otra grande, grandísima de lo bueno que no fue. Mucho sol. Mucha mar y mucha lluvia. Y mis hermanitos. Cómo hacia adentro de una familia la vida nos fue marcando de maneras tan distintas. Quizá porque nos imaginamos modos muy distintos de construirnos y de salvarnos. No sabemos la manera en la que sucede, pero sucede. La diferencia. ¿Alguien habrá tenido la ingenuidad de pensar que no había nada de qué salvarse? Esa es otra variable a considerar en los análisis de los fines de los mundos conocidos. Y lo que me atacaba en estos meses era una urgencia de ciertos modos de la intimidad. La memoria de reunirnos a revisar las mochilas por la tarde. Y entonces, me enredaba entre aquellas mochilas y las de mis hijos. Nuestras infancias y sus infancias. Esa manera tan distinta de vivir cuando se es niña/o, cuando hay niñas/os en la casa. Tiene tanto de más lúdico y tanto de más meticuloso. Una inventa más cuando hay niños. Mucho más.

No llego al extremo de decir que durante este año me dio por escuchar voces, pero casi. Me llegaban los murmullos de personas que ya no habitan el mundo. Como un recordatorio y como un resarcimiento. Los días se fueron llenando de preguntas. Muy modestas, muy cotidianas. Todo era inusualmente cotidiano. ¿Cómo era el exacto sabor del licuado de mango que preparaba María? ¿a cuál de mis hijos le encantan los chiles rellenos? ¿cuánto había que dejar en el refrigerador el pastel de panetela y tres leches? ¿cómo se deshace el cacao en la boca? Están hechos de sabores los mundos perdidos. Y de olores que regresan. La inmensa nostalgia por los mundos perdidos. Allí se ubicó el centro de mi confinamienta. Todo cambia. Todo. Desde mi ventana miraba un muy, pero muy remoto horizonte de futuro. ¿Habría vacuna algún día? Y terminado el trabajo, el pasado se instalaba entre los muebles. Como un okupa. 

Qué largo aprendizaje de lo que más nos importa. Qué cercanía tan inusual con las personas que no podían estar cerca. La imposibilidad de acercarnos nos unía entre los vivos, nos acercaba a nuestros muertos. Hilitos invisibles atraviesan las calles, las ciudades y los océanos. Sólidos e indestructibles. Más sólidos que nunca porque hacia ellos surgió una distinta toma de consciencia: no dar por hecho. La pandemia ha sido un recordatorio brutal. No podemos dar por hecho la presencia, ni la relativa tranquilidad, ni tantas libertades cuyo valor reconsideramos. Los hilitos de amor que se construyen, que se trabajan. Esa nueva manera de mirarlos. ¿Quizá la esperanza de una nueva manera de mirarnos las/los unas/os a las/los otras/os? Cuánta nostalgia. Cuánta nostalgia de tanta infancia.

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