Opinión

Pandemia: responsabilidad compartida

Urge que cada sociedad y ciudadanía asuman con seriedad y rigor lo suyo, de otra manera, la tragedia irá en aumento. | Joel Hernández Santiago

  • 15/07/2020
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La gente sale a la calle como si fuera un día de fiesta; sin recato-sin pudor sin miedo al contagio, las multitudes están ahí y muchos sin las prevenciones sanitarias debidas para su protección y la de otros. En México aumentan los contagios pero también aumenta la irresponsabilidad de muchos que piensan que ‘no existe tal enfermedad’ y que ‘esto no me va a pasar a mí’...

Todo está ahí, en las calles de la ciudad de México, en las capitales de los estados o en municipios. Hay una especie de fervor enloquecido entre muchos por salir y recuperar ‘su libertad’ aun cuando el país está en uno de los momentos más críticos de la pandemia.

Y sí, se entiende que mucha gente tiene que salir por responsabilidad profesional y por necesidad. Salen quienes tienen que hacer tareas de ayuda: médicos, enfermeras, personal de apoyo sanitario; labores estratégicas de ayuda y servicios indispensables. 

Pero también salen multitudes de gente que tiene que trabajar para conseguir su sustento diario. Muchas de estas personas trabajan en la famosa ‘economía informal’ por la que tienen que gestionar su propia actividad para conseguir ingresos, debido a que el mercado laboral formal no les dio o no les da acceso. 

El que una economía tenga que aceptar el autoempleo, sin servicios públicos de salud y apoyo es un sistema mal estructurado; el que gran parte de la fuerza de trabajo no tenga trabajo es, en sí mismo, una tragedia social y económica. Pero por el momento es así, desafortunadamente: Es la solución para un gobierno –muchos gobiernos antes y hoy– que no impulsan el empleo formal. 

Y sí. Es verdad que la gestión de la pandemia en México ha sido operada y coordinada por la autoridad responsable en la Secretaría de Salud con las secretarías estatales y municipales. Pero también es cierto que han caído en serias discordancias, negativas, especulaciones y tanto más, que hacen que la credibilidad en sus datos y cifras cada día mengue más. El resumen está a la vista: al momento más de 300 mil contagiados y más de 30 mil fallecimientos por este mal... 

Las señales que envía la subsecretaría de Salud a la sociedad mexicana son confusas y asimismo contradictorias, de tal forma que mientras el presidente insiste en que la gente debe salir a ‘recuperar su libertad’, lo que significa salir para consumir y mover el mercado en un país cuya crisis económica ya está aquí y sus consecuencias trágicas aún son impredecibles.

Por otro lado la ambigüedad de la subsecretaría de Salud en el sentido de que salgan sólo quienes deban salir “y los que no, no”, aunque “no se les puede obligar”.  

“Permítanme ser franco, demasiados países están en la dirección equivocada, el virus sigue siendo el enemigo público número uno”, dijo apenas el director general de la Organización Mundial de la Salud, Tedros Adhanom Ghebreyesus, en la sede de la entidad en Ginebra. Esto luego de que unos días antes hiciera la advertencia a México sobre la decisión de reabrir sus economías pese a mantener altas cifras diarias de contagios”.

Esto es, que cuando la curva de contagios y decesos por lo mismo están en ascenso, lo absolutamente recomendable es el confinamiento, sólo así se evitará el riesgo de contagio y de severas crisis de salud; esto mientras no exista la cura, mientras la vacuna-antídoto no aparezca y mientras los médicos-enfermeras y apoyo sanitario tengan que luchar con sus propias fuerzas para recuperar a quienes se han enfermado... 

Pero todo esto parece inútil frente a una sociedad necia. Si. Muchos que no debieran salir todavía lo hacen al llamado de confianza y de “perder el miedo” según se ha dicho. Y salen. Y conviven en plena cercanía y, como ya se ha dicho, sin recato ni protección... 

Es cierto que el gobierno no puede obligar a que la gente se quede en su casa de forma permanente durante tanto tiempo; es cierto que se han hecho llamados –por vagos y ambiguos que fueran– para que se mantengan bajo resguardo; es cierto que a la vista de las cifras y del terror que causa ver el número de enfermos y decesos debería ser un detente para que la gente se mantenga aislada durante el tiempo justo en tanto pasa la tormenta.

Pero no. Ahí están los mercados públicos-tianguis-vendimia, saturados, gente que camina y adquiere sin pensar en su propia salud y la de su familia. A la pregunta de por qué lo hacen sin las protecciones debidas, las respuestas son que “ya era mucho tiempo encerrados”; “no pasa nada, todo está bajo control”; “¿y por qué tengo que ponerme cubrebocas si el mismo presidente no lo usa?”... Y tantos más argumentos cuyo argumento radica en la pura suposición y la confianza ajena. 

Una labor seria de gobierno es la de coordinar de forma apropiada y justa esta movilidad ahora tan abierta y en muchísimos casos tan irresponsable. Un trabajo que lleve a que de forma directa el gobierno inste al resguardo y a la protección, antes que la solución de un mercado que, en el futuro, sin clientes, será asimismo una tragedia que se puede evitar. 

Y urge que la gente, mediante un proceso de comunicación exigente, asuma la responsabilidad de su propia vida, la de su seguridad en salud y su familia. Hacer entender esto es difícil, pero lo es más cuando se cae en ambigüedades, vaguedades, y con un sentido más mercantil que humano y vital. 

La responsabilidad de los resultados es compartida entre gobiernos y ciudadanos. Urge que cada una de las partes asuma con seriedad y rigor lo suyo porque, de otra manera, la tragedia irá en aumento, aun entre aquellos que aseguran que “a mí no me va a pasar”. Ojalá no. 

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