Opinión

Otro día de las muertas

Más feminicidios, más asesinos libres, más olvido

  • 11/11/2017
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Era de esperarse. Las y los detractores del lenguaje incluyente, aquellas personas que creen que no sirve de nada, que es un desperdicio de energía, de palabras y de valiosos segundos de tiempo (capitalismo encarnado), se manifestaron en las publicaciones de sus redes sociales preguntando si acaso nadie iba a reclamar el hecho de que fuera “Día de muertos” y no hubiera lenguaje incluyente en dicha expresión. Bueno, sí lo hubo. Es más, en México y en el mundo, todos los días son de muertas. La verdad cuesta trabajo comprender lo que las personas tienden a publicar para llamar la atención, sentirse comediantes, obtener unos cuántos “likes” o “me divierte”. O tal vez hay un interés genuino de visibilizar que aquí todos los días hay, al menos, siete muertas.

Este año, nuevamente, unas catrinas vestidas de negro, vestidas con flores rosas y veladoras, se unieron a la Procesión de las Catrinas de la CDMX, no solo por el placer estético o el esparcimiento. Estas catrinas tenían una consigna específica: no más feminicidios. En una ofrenda colectiva, amigas y familiares de tantas desaparecidas, sobre todo las madres, así como activistas que buscan visibilizar la violencia feminicida de nuestro país, se agruparon para orar, recordar, pedir justicia y recordarle a la sociedad que, a pesar de la normalidad con la que estos feminicidios se toman, esas muertas, sus muertas, nuestras muertas, duelen, gritan desde las entrañas de las podridas estructuras que “llevan las riendas” de la justicia en México.

La gran mayoría de los medios de comunicación que conocemos no suelen cubrir este tipo de expresiones. Se embelesan con las imágenes impactantes y bellas de personas disfrazadas de manera sobresaliente. Buscan el rating, la mejor foto, la nota con más likes. No las voltean a ver, ni con los retratos colgados del cuello de las manifestantes que gritan sus nombres: Lesvy, Mara, Victoria, Seymar, Jessica, Valeria, Anayetzin, Dayana… ¿Y qué de los nombres invisibles? Aquellas que no fueron buscadas, almas en cuerpos inertes que yacen en alguna zanja, arrojadas en algún contenedor de basura, sin vida en algún cuarto de hotel o en la casa del hombre en el que confiaron. Esas niñas y mujeres cuya posición social, su clase, el acceso de sus familias a los medios, a la justicia y cuyas condiciones de existencia, no les permiten ser encontradas, lloradas y nombradas… ¿Dónde van nuestras muertas cuando no tienen nombre?

La indiferencia ante noticias de cuellos cortados, asfixias, cuerpos apuñalados y encerrados en el closet o en el baño, desollamientos, quemaduras, tortura, violación; una insensibilidad encarnada en quienes nos informan de esto todos los días, hablando de ello como un suceso natural. El feminicidio naturalizado en las canciones, los programas de TV, la publicidad, sin que nadie se pregunte qué está mal, qué pasa en una sociedad en la que se cometen estos crímenes a diario, qué pasa con las relaciones amorosas, con las amistades, las instituciones, las leyes.

¿Cómo es que nadie se pregunta el porqué de los casos de feminicidio más mediáticos? Si acaso un par de culpables han sido encarcelados, interrogados y luego puestos en libertad.  Nuestras muertas aquí, en nuestras ofrendas, y ellos, los asesinos, en plena libertad, definitivamente con más protección de la que tuvieron ellas. ¿Cuántos años, cuántos feminicidios encubiertos? ¿Cuántos casos pasados y presentes, ignorados o sin posibilidad de llegar a nuestros ojos y oídos a través de las redes sociales? ¿Cuántas violencias naturalizadas nos enseñaron a ver, perpetrar y aguantar?

No es que los feminicidas hayan salido de sus guaridas para dar lecciones a las mujeres a raíz del más reciente feminismo (aunque seguro hay casos). No es que nuestras madres, abuelas y bisabuelas desconozcan las violencias aquí narradas, y que no se hayan salvado de la muerte a manos de sus maridos más de una vez. No es que las informaciones diarias de secuestros y violaciones a niñas y mujeres cuyos cuerpos son mutilados y despojados de toda dignidad hayan brotado repentinamente. Esta violencia existe hace mucho, pero ha sido ignorada. Hoy lo sigue siendo, de hecho, pero con suerte activistas y catrinas camufladas hacen que no olvidemos, al menos los nombres que sí conocemos, y que hagamos consciencia de los miles de casos que se disuelven en el olvido de la pobreza.

Ese Día de Muertas en realidad fue un día más de asesinadas, porque las palabras sí importan, porque no es lo mismo ser hallada muerta que haber sido apuñalada, porque el uso del lenguaje es también un acto de justicia. Las catrinas de aquella caminata no se libraron del acoso, los insultos, el desdén y la incomprensión de algunas personas (cada vez menos) que sentían que les arruinaban su celebración. Al menos estas catrinas no perdieron la naturaleza crítica que les caracterizó en su origen, y con pasos inquebrantables le cantaron a La Llorona una triste verdad: “a nadie le importa mi muerte, más que a mi madre”.

El Día de Muertas terminó, pero aquí seguimos, con sus cadáveres colgándonos en el cuello, atorados en la garganta. Sus vidas, sus caras, hermanas nuestras: luchamos por mostrarlas, para que sus rostros, sus nombres, no sean olvidados en este día o en otro. Para que el recuerdo de cómo sucedió su muerte no sucumba al primer meme que inunde la pantalla, para que dejemos de creer las justificaciones y revictimizaciones de las que se valen medios y autoridades para exonerar las desapariciones y muertes de tantas mujeres.

Las extrañamos, nos faltan y seguimos buscando justicia.

Hasta encontrarla.

@AleCaligari | @OpinionLSR | @lasillarota