Opinión

Oda a la diferencia

Si alguien quiere hablar de tercera vía, la única ruta es la tolerancia. | Roberto Remes

  • 20/04/2021
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Una pregunta que me hago constantemente, y más en tiempos de campaña, es si puedo ser gobernado por una persona por quien no voté. A lo largo de mi vida, sólo han ganado una minoría de los candidatos votados. Entre los que ganaron algunos me han decepcionado; entre los que no voté, algunos me han sorprendido.

Sin importar su tendencia política, bien me habría gustado ser gobernado por Tony Blair, Angela Merkel, Felipe González, Francois Mitterrand o Lázaro Cárdenas. En el caso de la pandemia, Jacinda Arden es mi favorita. Estando bien gobernados, la tendencia política del gobernante se vuelve un problema nimio, lo más importante es la misión, es decir, si al final de cuentas gobierna para todos.

Por muchas décadas, en distintas latitudes, se ha hablado de “la tercera vía”. El papa Pío XI, en el siglo XIX habría sido el primero en utilizar el término; Anthony Giddens sería uno de los pensadores más relevantes. Hoy, en México, un partido toma el término como marketing, y trata de presentarse como la tercera vía; sin embargo, salvo que tienen el mejor jingle, todavía no encuentro por qué puedan ser la tercera vía.

Sin embargo, las menciones que hice de grandes líderes mundiales podrían darnos la pista de cuál es la tercera vía: por un lado, es gobernar para todos, entender los puntos de vista del contrario y, a pesar de la diferencia, tender puentes para una sociedad. Con la polarización presente, se diluyen las posibilidades de tener un presidente, un gobernador o un alcalde que, en vez de confrontar, construya. La visión del gobernante sin duda es un factor clave, pero la visión no es nada si no viene acompañada de tolerancia e inclusión, pues no incluir a todos representa una visión incompleta. 

Está claro que nuestro presidente actual no es la tercera vía. Tiene un lenguaje en el que sólo habla con los afines y confronta con los demás. Incluso persigue a quien actúa apegado a la ley, como los jueces y auditores, alegando lo opuesto sin mayor respeto a la investidura. En Ciudad de México pasa lo mismo, y podría asegurar que en casi todas las gubernaturas. Claudia Sheinbaum jamás tenderá la mano a un opositor, a la crítica siempre responde con muecas; el gabinete de soberbios, salvo honrosas excepciones, tampoco lo hará; al interior de las dependencias la conducta se repite.

De hecho, desde que ganan, muchos gobernantes cometen el error de romper las lanzas. Parece que el triunfo los inviste de un halo de pureza. La crítica es afrenta, y la diferencia es un interés que tiene pies. Tal vez tengan toda la razón quienes aseguran que los opositores a Morena se ven tan mal como Morena. ¿Pero entonces cómo hacer esa oposición distinta que supere la confrontación?

Los objetivos de corto plazo están trazados. Todos los partidos buscan ganar elecciones, pero salvo algunas zonas específicas del país, sólo Morena y la Alianza Va por México tienen posibilidades. Los partidos grandes se benefician de la confrontación porque justo simplifican la conversación para sus electores. En teoría los partidos que no tienen posibilidades de ganar deberían ser propositivos y liberarse de las ataduras que tienen los punteros y así enriquecer la conversación.

Ese fue el papel de Acción Nacional por muchos años, hasta que la posibilidad de ganar elecciones, es decir, la alternancia fue rebajando su propuesta política. Para ser precisos, fue a partir de la confrontación con el actual presidente como Jefe de Gobierno, cuando todos los partidos abarataron su propuesta. Hoy me sorprende mucho cómo partidos sin posibilidades de ganar alcaldías quedan atrapados en el juego demagógico.

Pero entonces ¿qué hace la diferencia? es justo la tolerancia, la posibilidad de que un candidato gane sin decir que sí a dos posturas contradictorias, y que como gobierno se detenga a construir acuerdos y genere vinculación con todos los actores locales. Eso es posible, pero en el cortoplacismo pareciera que no.

No hay de otra, si alguien quiere hablar de tercera vía, la única ruta es la tolerancia, el detenerse a revisar qué hizo el predecesor, no asumir que no ha habido mejores que uno en el pasado, separar la idea propia y genial, del esfuerzo metódico por hallar la solución más adecuada. Eso es lo que vamos a encontrar en los grandes líderes mundiales y esa será la ausencia más frecuente en los líderes demagógicos de todos los países.

Por lo tanto, o dejamos de tener esperanza en quienes nos hablan de una tercera vía sólo como marketing, o la empezamos a buscar no en los demagogos que hacen la campaña viral pero vacía, sino en aquellos que hacen propuestas innovadoras, audaces, que no se van a arrancar el aplauso o el voto fáciles.

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