Opinión

No es fácil gobernar

Los candidatos a puestos de elección popular carecen, en su mayoría, de conocimientos técnicos relativos al encargo al que aspiran. | Adolfo Gómez Vives

  • 08/02/2021
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En épocas electorales, los candidatos de todos los partidos se presentan ante los electores como auténticos dechados de virtudes. Sus mensajes, llenos de emotividad y optimismo, nada nos dicen de sus capacidades para legislar o gobernar.

Para ser legislador federal o presidente de la República, las normas jurídicas no exigen conocimientos técnicos específicos. Ocurre lo mismo en el ámbito local para gobernadores, legisladores, presidentes municipales y funcionarios de los ayuntamientos. Ello es así porque de lo contrario se atentaría contra el derecho a ser votado, del que gozan todos los ciudadanos.

Pero gobernar no es una tarea sencilla. Se requiere poseer conocimientos técnicos específicos. Por eso, los integrantes del Poder Judicial deben ser licenciados en Derecho. Jamás un ingeniero agrónomo podría ser juez ni magistrado ni ministro de la Suprema Corte.

Los aspirantes a la titularidad del Ejecutivo o a un asiento en alguna de las cámaras del Congreso deberían poseer, mínimamente, el dominio de las normas jurídicas relativas al quehacer financiero-administrativo y a la planeación del gasto de todo el Estado. Tener dominio de los derechos humanos y entender la lógica del porqué estos están tutelados por la Constitución.

¿De dónde obtiene el Estado los recursos que gastará en un determinado ejercicio fiscal? ¿De qué modo se coordinan sus instituciones en la planeación del gasto? ¿Cómo lograr que los recursos financieros alcancen a cubrir todas las responsabilidades constitucionales y legales? Estas son algunas interrogantes que los candidatos a cargos de elección popular deberían poder responder con precisión técnica.

Gobernar requiere también entender la importancia de la división de poderes y los roles de control del Poder que ejercen los órganos de autonomía constitucional, como es el caso del Instituto Nacional Electoral y el Instituto Nacional de Transparencia, por sólo citar algunos.

Quienes ahora, desde el poder, se afanan en destruir a esas y otras instituciones, actúan guiados por la ignorancia, pero también por el deseo malévolo de acumular poder para sí mismos; nada en beneficio de los gobernados.

El manido discurso del combate a la corrupción funciona bien como ariete para destruir a las instituciones que ellos mismos ayudaron a crear cuando formaban parte de la oposición, pero resulta inútil sin la presentación de evidencias ante los órganos administrativos o judiciales con capacidad para sancionar las prácticas ilícitas que supuestamente ocurren en su interior.

No basta tener el deseo ferviente de gobernar para hacerlo de manera óptima. No basta el carisma, ni poseer una oratoria impecable desde la cual vender ideas de cambio y mejoras sustanciales, si no se tiene idea de las limitantes financieras, técnicas y políticas que se deberán enfrentar en el momento de la toma de decisiones.

Gobernar no es una tarea fácil. Exige compromiso ante los gobernados y responsabilidad en la toma de decisiones. En este sentido, los ciudadanos tienen la gran responsabilidad de aprender a discernir entre quienes cuentan con talentos inmejorables para vender espejitos y quienes tienen el conocimiento y la capacidad para atender los requerimientos de todos los habitantes, sin atentar contra las responsabilidades del Estado, como es el caso de la protección de los derechos humanos.

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