Opinión

Ni una gota de humedad, una novela de Adriana Bernal

La escritura de Adriana Bernal en su novela "Ni una gota de humedad", nos toma por los cabellos por su inteligencia. | María Teresa Priego

  • 08/12/2020
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"Quizá, lo que habría que aceptar es que el punto de partida de esta historia, de mi historia, son estas ruinas que ves". Nos sumerge, la escritura de Adriana Bernal. Nos toma por los cabellos por su inteligencia. Por todos los años de trabajo interior que implica la honestidad de una escritura tan intimista. Por su manera de nombrar el espanto con un "así era". Así. No hay tantos adjetivos que agregar. La protagonista se llama Valentina e intenta escribir (por recomendación de su tanatóloga), una carta de despedida para Dominique, quien acaba de morir. "Me tomaré mi tiempo porque lo que todavía no sé es si quiero despedazarte, desenmascararte o despedirme". La mejor amiga de su madre. Su "tía" de adopción. La que estuvo allí cuando nació. La que se "ocupaba" de ella. El verdugo. La Ama. ¿O, tal vez Dominique es una versión del Amo? Todo es tan confuso. ¿Qué es Dominique? ¿Quién y qué?

Valentina adulta escribe: "Y es que sí, así de cabrón es el amor al verdugo. Quieres que desaparezca, pero no sabes qué vas a hacer sin él. Sí, así de cabrón el profundo amor. Porque por cada golpe, por cada castigo, también hay un aprendizaje, una lectura, un documental. Por cada fuetazo del que puede dar cuenta una memoria corporal, una neurona, también existe una experiencia feliz anclada: una visita a la sala de conciertos, una tarde en el teatro". La novela comienza con la visita de Valentina a la casa de Dominique y de su madre Dominga. La que fue su casa de infancia y adolescencia. Su madre le pide que busque en los armarios los objetos que serán entregados a la familia de Dominique. Entonces, como ahora en su escritura: tiene que buscar los "objetos".

Encuentra el manojo de llaves. Abre una puerta. Otra. Un cajón. Para abrir armarios se necesita un manojo de llaves y mucho valor. Adriana/Valentina escribe: "No es que esta mañana me haya levantado con la intención de sentarme en la silla de la autocompasión a echarte la culpa de mi incapacidad de vivir, de estar, de seguir. Justo todo lo contrario. Me he levantado no sólo de la cama sino del diván, de la silla, de cualquier objeto estático que me facilite la inmovilidad para tratar de entender". Se necesita estar ya en posibilidad de acomodar la memoria. Se necesita una vida de tomar fuerzas para romperle ya la cara a esa gran Otra del amor/odio. Romperle la cara y abrazarla.

Cuando Dominga anunció su embarazo, Dominique y su madre Trinidad, dijeron: "aquí estamos". El padre biológico de Valentina era un señor muy ocupado. Sobre todo, los fines de semana. No sé bien cuál sería el verbo adecuado para describir su distracción, "Padre-Caín", se evaporó, digamos. Quizá atónito ante la inesperada existencia de esa cabecita rizada. La realidad se va deslizando imperceptiblemente, un día, Dominique y Trinidad se mudaron a vivir con ellas. Las unió la "carencia", escribe Valentina adulta. La "falta". No es casualidad que Dominique y Dominga sean nombres tan parecidos. Esa fusión que se fue dando entre ambas. ¿Quién sentía qué? ¿quién pensaba qué? "Fue a partir de sus carencias que solidificaron sus vínculos". Mujeres. Espejos. La una de la otra.

Pero Dominique y su voluntad de dominio supieron hacerlo: la carenciada no era ella, sino la otra. Su personalidad es así. Dominique impone a su familia, su visión del mundo, su "racionalidad" a ultranza. Impone los anhelos, los resentimientos, los dolores de su propia historia. "¿Con qué derecho, moldeaste la arcilla virgen, la humedeciste, la acomodaste en el torno de tu desgracia personal para intentar —supongo— la mejor de tus creaciones?" Valentina es su minúscula Galatea. Esa niña brillante, curiosa, rebelde, se convierte en su "obra". Pero, primero, había que "domarla". Dominique desplaza a Dominga. De la misma manera imperceptible en la que se fue haciendo indispensable, se convierte en la Ama de la casa. ¿Qué haría Dominga sin ella? ¿qué sería de Valentina sin ella? El planeta de la crueldad "es por tu bien" se instala en el más siniestro estilo de la pedagogía negra. 

"¿Dominique no era mi mamá. Ni mi papá. Ni mi tía. No era nadie y lo era todo. Y la odiaba y la amaba". Alrededor los roles en la familia están definidos. Definir es una actividad que los humanos adoramos, nos da tranquilidad. ¿Cuál es la relación entre Dominique y Dominga? "—A ver mi’jita, ya, en serio, tú nos vas a decir, ¿verdad que mi sobrina y tu mamá son novias?” Hay palabras que simplemente no existían: "HOMOPARENTAL: Palabra impronunciable. Indefinible en el Diccionario Familiar. No nombrar. No pronunciar. No definir. No incluir". Lo que existe entre Dominique y Dominga es un pacto gitano, como de "sangre y muerte". Un pacto que Valentina no alcanza a descifrar de qué está hecho, pero que la incluyó desde su primer día en el mundo. Tan hondo y feroz que Dominique apalea a Valentina y Dominga solo puede mirar hacia otro lado. Así de hondo.

Dominga arrastra (como cada una) su historia: "Visto desde apenas la punta del iceberg de su pasado, ¿qué puede ser peor que vivir a la sombra de una hermana muerta, adorada por su madre, en un país ajeno sin ser ni exiliada ni transterrada, sólo migrante y tener que dejar de cecear para ser aceptada?" Dominga tiene miedo de Dominique. Pero Dominga, al parecer, tiene sobre todo miedo de sí misma. Fue la niña que creció en el lugar de su hermanita muerta. "Dominga se adapta", escribe su hija. "¿Como fuese, Valentina ya cumplía casi dos años y gracias a Dominique, decía Dominga, tenían una familia que sin apellidos ni lazos las arropaba. Aquello bien valía la pena, y a cambio se hacía la ciega, la sorda o lo que hiciera falta". Ese entrecruzamiento de historias de mujeres. Ese legado.

"¿El hilo de la pérdida es lo que nos une? ¿Cuántos metros mide? ¿Con qué tijera se corta? ¿Será acaso que la gran enseñanza de vida que me heredaste fue hacerme perder todo para que cualquier cosa que obtuviese de la vida fuese ganancia?" Valentina huye y regresa. Dominique la maquilla para que en la escuela no se noten las marcas de los golpes en su rostro y en sus brazos. Cuello alto. Manga larga. "¿Por qué todos sospechaban, algunos venían, otros cuchicheaban, pero nadie, absolutamente nadie, intervenía?" Como ella misma escribe: "La ropa sucia se lava en casa". La niña ruega porque su mamá deje a Dominique y la elija a ella: "Quizá si me voy, mi mamá me elija a mí. Quizá". Pero Dominga no puede. Dominga no pudo.

"Tu lugar debió haber sido la cárcel, unos cuántos añitos; o por lo menos, una orden de restricción. Hoy día, por largo, costoso y doloroso que fuera el proceso legal, no saldrías tan bien librada. Cierto que tampoco mi madre". Y, sin embargo, Valentina, aquella enfermerita que cuidaba a Dominique cuando se quedó paralizada, regresa. A despedirse. A cuidarla una vez más. "Te vamos a conectar... Te aviso que es jueves. Respirarás. No habrá más angustia por respirar". Dominique le ofrecía libros y conciertos y sueños. La misma persona que la hacía desarmar el escritorio, retirar el palo que lo sostenía de la pared, para golpearla con él. "Dominique fue la primera persona que vi al nacer y nuestro vínculo se prolongó por cuarenta años". Valentina apaleada y entrañable. Lee. A toda hora. Lee como una descosida. Como una desgarrada en busca del zurcido indispensable. Valentina escribe.

Hay frases en la escritura de Adriana. Tantas. Agudas, precisas. Tremendas. 

"No te quiebras de un día para otro. No te duermes completita y despiertas hecha añicos. Vas despostillándote, como la taza de café, poco a poco". Sin darte cuenta. Te van despostillando. Pero Valentina pasa de la voz pasiva a la voz activa. Tratar de entender a les despostilladores para poder decir: "esa despostillada que soy yo, escribe". Esa niña silenciosa: habla. Esa niña maquillada para que nadie descubra los rastros de la violencia en su piel: escribe sin maquillajes. Irrumpe en aquel universo de lo no dicho, y dice: "Es saberte en medio de la pérdida. Es reconocer que perder es mucho más. Es no saber cómo ganar". Hasta que sabes. Hasta ese día. La lectora recorre las páginas. Y, sí. Llora. Por aquella niña. Por su niña-yo. Vayan ustedes a saber. Despostilladas/os somos. Por las dos. Una gran escritora. Una gran novela. Gracias, Adriana. 

("Ni una gota de humedad" se encuentra ya en Amazon).



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