Opinión

Néstor de Buen, abogado de raíz profunda

Abogado que dejó huella en los canales estrechos de justicia que van creciendo con la fuerza de la gente.

  • 27/04/2016
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A Néstor de Buen lo conocí en forma de libro cuando yo estudiaba derecho en la UNAM.  Era de los últimos tratadistas vivos que practicaba el buen derecho, que lo sentía y defendía con pasión.

 

Este lunes 25 de abril partió dejando un gran legado. Era del grupo de exiliados españoles, de los grandes que llegaron a nuestro país recibidos por Lázaro Cárdenas.  A pesar de que llegó a México siendo niño, su acento español lo distinguió con prestancia toda su vida.  Fue un mexicano entrañable.

 

Cuando lo conocí me lo imaginaba muy serio, -por eso de ser escritor de libros- pero descubrí que le gustaba contar chistes y sarcasmos en sus conferencias que dictaba frecuentemente. Cuando hablaba lo hacía divertido, contaba anécdotas de sus andares en los tribunales y litigios, ante un público regocijante que lo seguía.

 

En alguna ocasión que demandé al Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), -de las tantas que lo hacía-, me lo encontré en persona en una de las audiencias que llevaba en la Junta Federal de Conciliación y Arbitraje. Yo representaba a muchos trabajadores y a él le tocaba absolver posiciones -responder preguntas- como demandado en el juicio por parte del IMSS.  Por supuesto que a todo me respondía que no, como todos los abogados hacen en los juicios. Yo le preguntaba: -¿su representada despidió al actor?, el respondía -no.  -¿Su representada por conducto de su jefe de personal despidió al actor?, él respondía –no, y así hasta el cansancio.

 

La verdad mi interés era conocerlo. Fuera de la audiencia, le dije que compartía su pasión por el derecho laboral; por el carácter tutelar que debía tener, la necesidad de ser un verdadero instrumento de defensa del obrero.  El litigio, con contrapartes en asuntos del IMSS, me permitió conocerlo más y nos hicimos amigos. Cuando me saludaba me decía: ¿Manolo cómo estás?, -con un acento español característico-. Me daba gusto encontrarlo.

 

Ya había leído algunos de sus textos en la universidad y era asiduo lector de sus artículos, en ese tiempo, en El Universal.  Me gustaban por acuciosos y hasta divertidos. Escribía sin atadura alguna. Era de los pocos abogados laboralistas que cuestionaban todo lo injusto, sin resquemor alguno.  Después lo hizo en el diario La Jornada hasta que sus fuerzas se lo impidieron.

 

A pesar de conocerlo como abogado patronal, sus textos los hacía en favor del obrero.  Eso no me lo podía explicar y él siempre respondía -Yo sólo soy abogado de las mejores causas. Su comentario era frecuente, aunque sus raíces eran de abogado civilista. Un derecho muy distinto al laboral, porque aquel es la defensa de las individualidades, aunque sean colectivas, donde todos son iguales y no hay protección procesal especial para alguna de las partes

 

El derecho laboral en cambio tiene un propósito social, pero Néstor alertó de su desmoronamiento por el acecho de la sociedad capitalista.  Recuerdo sus comentarios sobre como el mismo trabajador para conseguir y mantener el trabajo era capaz de renunciar a sus derechos laborales. Decía -el trabajo se ha convertido en destructor del derecho del trabajo. -La mayor contradicción de nuestros tiempos-.

Mi mayor sorpresa fue su defensa por la seguridad social. Yo me preguntaba -¿cómo un abogado del IMSS puede defender la seguridad social? y Néstor lo hizo; hasta dejó de representar al IMSS y se pasó del lado de los trabajadores convirtiéndose en su mejor defensor. Cuando se dieron las contrarreformas privatizadoras de las pensiones, fue de los primeros en oponerse .Lo hallé años más tarde defendiendo los intereses de los trabajadores y representando al Sindicato Nacional de Trabajadores del Seguro Social. Fue allí donde compartimos la experiencia de trabajar juntos para defender el sistema de seguridad social.

 

Después acompañó la heroica lucha de los trabajadores de Luz y Fuerza del Centro, aglutinados en el Sindicato Mexicano de Electricistas cuando el Estado panista con locura demencial despidió a 43 mil trabajadores. También estuvo con el sindicato minero en una de sus más difíciles fases de defensa de las huelgas de Taxco, Sombrerete y Cananea en el embate panista de Felipe Calderón y Javier Lozano. Junto con su hijo Carlos de Buen dieron una verdadera lección de cómo defender el derecho de huelga. Tres veces fueron declaradas inexistentes por la Junta Federal de Conciliación y Arbitraje y tres veces restauradas por la promoción de excelentes amparos.

 

De las últimas veces que lo vi, fue subiendo las incontables escaleras del Palacio de Justicia donde se tramitan amparos, iba solo, sin apoyo de nadie, porque no le gustaba que alguien lo hiciera. Lo pude alcanzar y tratar de cuidarlo para que no tropezara. -Por su puesto no tan cerca para que no me rechazara-. Al llegar al Tribunal Colegiado al que acordamos acudir, ya lo esperaba el abogado Oscar Alzaga del sindicato minero, al mismo tiempo que abogados de esas oficinas se paraban para abrazarlo. “¡Maestro qué gusto saludarlo!”,  -lo fue de muchas generaciones en la UNAM-.  Recuerdo cuando protestó porque le quitaron su cubículo y lo jubilaron (casi) a la fuerza. Eso lo molestó mucho, -que su alma mater lo tratara de esa manera-.  Era un abogado en toda su extensión. Un abogado defensor, un gran maestro.

 

Nos acompañó muchas veces en la Asociación Nacional de Abogados Democráticos (ANAD) para apoyar movimientos sociales, el derecho de huelga, el sindicato, la contratación colectiva y la estabilidad en el empleo.  Allí estuvo a pesar de la molestia gubernamental y el orgullo nuestro.

 

Néstor de Buen es de esas personas, de esos defensores que dejan huella, en esos canales estrechos de justicia que van creciendo con la fuerza de la gente, con su conciencia, desde su raíz profunda que nunca se va.

 

Correo: mfuentesmz@yahoo.com.mx    Twitter: @Manuel_FuentesM

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