Opinión

Necropolítica y horrorismo cotidianos

Una cadena de interrogantes en viaje al infierno. | Teresa Incháustegui

  • 21/02/2020
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Achille Mbembe, a propósito de una conferencia impartida justo en el México de 2011, utilizó el término Necropolítica para referirse a la puesta en obra de una poli´tica donde la vida se produce desde su desechabilidad, desde su condición precaria y prescidible, identificando esta puesta en obra como una lo´gica de administracio´n de la muerte.

En su perspectiva las formas del aniquilamiento, de la negación del valor de la vida, sobre todo de ciertas vidas, que hizo su aparición en el fascismo nazi como racionalidad y como práctica de una gubernamentalidad de exterminio, no es algo del pasado sino una condición del presente utilizada en divesos lugares y momentos como una práctica de poder.

La nota de la semana fue el asesinato de Fátima y el desollamiento de Ingrid, ayer fue el asesinato de una niña de catorce años en Puebla y de un bebé en Coahuila, aún sin nombre, pero ya marcado por el mismo sino de la crueldad; la “ejecución” (como si de un acto de sentencia justa se tratara) de Bárbara Greco, locutora de La Poderosa Estación de Radio en Ciudad Juárez.

Si asentimos que en México se vive desde hace poco más de una década un horror tras otro, en una ya larga cadena de casos que van desde San Fernado, Salvácar; Ayotzinapa,Lesvy, Ingrid, Fátima, Zihuateutla, Jacona..etc., donde los nombres y toponímicos del horror se multiplican y suceden a velocidad de metralleta, como escenas de una película gore que se nos viene exhibiendo y que vivimos como espectáculo.

Si convenimos que esta pendiente al infierno se abrió en diciembre de 2007 cuando Felipe Calderón decretó que para la seguridad de unos -el México que identifica como ganador, al que no se cansa de convocar y querer representar- habían de morir muchos otros -el México perdedor que no alcanza a comprender, o siquiera reconocer- escalándose cuesta abajo en el sexenio de Peña Nieto la contabilidad de muertos, descuartizados, desaparecidos, quemados, cremados, pozoleados, dispersados sus restos en fosas, cuando no dados como alimento a cerdos en chiqueros, hemos de acordar en concluir que esa convocatoria a la Necropolítica que inaugura Calderón, encontró tierra fértil entre nosotros. Si no fuera así, cómo podríamos explicarnos o siquiera intentar entender subjetividades como la Santiago Meza López (alias El pozolero) que disolvió trescientos cuerpos en sosa para los Arellano Félix; a Juan Carlos Hernández Béjar, El Monstruo de Ecatepec, la del parricida Benjamín Sermet o la de la propia Giovanna “N”en el caso Fátima.

Es cierto que el Estado es responsable o, al menos debiera comprometerse en serio en revertir este clima de feminicidios, infanticidios y atrocididades atrozmente normalizadas, que el gobierno parece incapaz de detener con los dispositivos habituales y en el marco de las formas democráticas. El panorama que pintan estos horrores dejan ver un poder y una autoridad quebrados, instituciones públicas y privadas cercenadas, que hacen aguas por todas partes mostrando por doquier la presencia de los mismos tentáculos que activan la crueldad y los abusos. Somos una sociedad alebrestada y rabiosa que tira sus conflictos y problemas por la ventana, mientras abre la puerta a la descomposición, pero pide al Estado que todo lo resuelva.

De ¿qué poder o poderes estamos hablando en el caso de México? ¿Cuál es su fuente, quiénes son su actores, cuál es la geneologia de este horrorismo? Cuáles son los procesos dispositivos y momentos que han hecho posible esta descomposición tan profunda; cómo han modelado estos procesos de descomposicón las subjetividades de las personas, para poder explicarnos cómo hemos podido devenir en lo que somos hoy: una sociedad sin referentes, sin memoria, sin corazón, sin espíritu de contrición ante el dolor y el horror, acostumbrados a presenciar mujeres, niños, niñas, adolescentes, jóvenes que están muriendo o están matando a diario.

¿Qué relaciones debiéramos identificar o reconstruir, entre la corrupción, el nepotismo, patrimonialismo y abuso desaforado en las altas esferas, respecto a la indiferencia, evasión y violación ante la ley y las normas que se practican alegremente como costumbre entre la ciudadanía mexicana y, la prevaricación bajo encargo que practica un sistema de justicia que prohíja impunidad? A nivel de sujetos individuales, ¿qué tienen en común los hombres y mujeres de la vida infame venidos a la fama con estos crímenes, con personajes como Peña Nieto, Lozoya Austín; Juan Collado, Javier Duarte, Tomás Zerón de Lucio, Miguel Nazar Haro o para decirlo rápido, con toda la caterva de operadores de esa cadena de atrocidades y violaciones a los derechos más elementales ligados a la represión política sistemáticamente prácticada por décadas; la tortura en cárceles clandestinas o, la desaparición sistemática de líderes sociales opositores?

¿Qué relación tiene la calculada ternura con la que Giovana empuña la mano tierna de Fátima y la conduce al patíbulo donde se le aplicara la condena a muerte, previa violación y tortura y, la precarización de la vida humana por el olvido de las obligaciones morales y materiales del Estado con la población más pobre, a partir del entronizamiento del mercado como regulador del intercambio social que se impuso desde los gobiernos neoliberales? ¿No fueron declarados excendatarios al sistema en 1994 los más de 15 mil de productores maiceros temporaleros? ¿No se han condenado al olvido y la degradación urbana a la poblacion de las periferias de las grandes ciudades, especialmente la ZMCDMX? ¿No se ha dejado a las y los jóvenes por décadas, sin opciones de vida ni esperanza de un futuro mejor? ¿No se ha decretado de facto carácter supernumerario a los mas 8.9 millones de mexicanos de entre 15 a 29 años, que carecen de empleo? ¿No son pobres sin esperanza unos 20.7 millones de niños y adolescentes que viven en hogares marcados por la pobreza? ¿No se ha despojado a los trabajadores de más de 70% del valor de sus pensiones y condenados a los 25 millones de adultos mayores a una vejez miserable, después de una vida de trabajo? ¿A qué tipo de solidaridad y valores sociales podemos apelar para reconstruirnos si hemos fracturado golpe a golpe los vínculos que nos sostenían?

Nos horroriza y con razón, ver en videos cómo se conduce dócilmente hacía la muerte a una niña angustiada porque su mamá no alcanzó a recogerla y la escuela la echó a la calle, pero somos ciegos, mudos y pasivos, a la película que pasa en cámara lenta ante nuestros ojos desde hace ochenta años: la historia de poderes enquistados en el poder, de instituciones y prácticas privadas y públicas que poco se renuevan, y nos han acostumbrado tanto al abuso, al autoritarismo, al despojo, al olvido, a la complicidad, al silencio, a la connivencia, al disimulo, que ya no nos damos cuenta que somos parte de problema y por ende parte de la solución. No solo es el Estado el que falla, también fallamos nosotros y en nosotros está también buena parte de la solución.