Opinión

Mujeres imprescindibles

Entre mis referencias obligadas, a las que regreso, en las que me quedo inevitablemente, destacan varias mujeres. | Fausta Gantús*

  • 15/08/2020
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Crecí en el seno de una familia “tradicional” en un estado del “interior”, que en este caso no podía ser más exterior, porque mira al mar, y durante varios siglos fue puerto. Es una ciudad desde que en 1777 el rey Carlos III de España le concediera el título, aunque Campeche para mí siempre será mi entrañable pueblo con mar, del que nunca me voy aunque me aleje, al que siempre regreso aunque reniegue. Crecí en el trópico, que para mí implica el calor húmedo-pegajoso de las mañanas nubladas del verano lluvioso; el resbalar fulgurante del sol en el horizonte marino; la visión de los árboles de guanábana o ciricote en el fondo del patio trasero de casa de la abuela; el paisaje siempre poblado de los de mango o huayas (guayas) o chicozapote o aguacate; el olor a yodo que a ratos llega de la playa, que dejó de serlo cuando algún gobernador decidió empezar a rellenar la costa para ganarle terreno al mar, no porque nos faltara tierra –aquí sí, tierra adentro– sino porque era mejor negocio; ese olor particular de confusas referencias que inunda el olfato cuando hay bajamar; el tufillo de la fruta putrefacta sobre la tierra alrededor de los árboles; ah, pero también el penetrante aroma de las guayabas en el canasto de las frutas –que a mí nunca me agradó del todo–, el del cazón refrito que doraban a punto y el del maíz, un tanto ácido, que salía de  la tortillería o el del chocolate recién molido para hacer las tablillas que luego se transformarían en la bebida nocturna, porque todos sabemos que el chocolate se toma preferentemente en las noche…, al menos en mi pueblo, o al menos en mi casa…; y el aroma de la lluvia que se anuncia, el jabón de mamá, el talco de la abuela…

Y pasé la infancia y la adolescencia en esa familia en el que las figuras masculinas tenían contornos difusos; unas fueron sólo ausencia, otras eran francamente perturbadoras, o debería sacudirme el prurito y decir: francamente detestables y por momentos temibles, en tanto otras más eran ejemplares o queribles pero un tanto distantes. Las femeninas, en cambio, se afirmaban con nitidez y adquirían carácter de referencias ineludibles. Por aquellos tiempos no tenía conciencia de nada de esto, sólo era lo que era y en ese ser transcurrían los días. Entre tanto dedicaba una buena parte de mi tiempo, que cada vez, conforme ganaba años, fue siendo más tiempo de mi tiempo, a la lectura. Devoré con fruición varios tomos de la enciclopedia “Dime, cuéntame” (creo que así se llamaba), así como todos los libros de cuentos que llegaron a mis manos. Con la adolescencia descubrí la poesía y las novelas y con la primera juventud el teatro y la filosofía…

Leí y leí sin percibir, sin darme cuenta que el universo de las letras que habitaba era un mundo de figuras masculinas, en sentido doble, porque las obras estaban escritas por hombres y porque las figuras centrales de las historias solían serlo también. Pero de esto caí en la cuenta mucho tiempo después, ni siquiera cuando descubrí que las mujeres también escribían, sino más tarde aún, cuando de alguna forma me hice consciente de que, entre mis referencias obligadas, a las que regreso, en las que me quedo inevitablemente, destacan varias mujeres; apunto algunas que son para mí imprescindibles: Elena Garro, Clarice Lispector, Alejandra Pizarnik, Virginia Woolf, Margarite Yourcenar.

Si no me hubiera cruzado con esas mujeres no sé la forma que mi pensamiento habría adquirido o lo que habría escrito, pero como no me gusta la historia contrafactual no me interesa jugar con el hubiera. Lo que sé es que ellas, y cuando digo ellas enuncio sus obras, marcaron mi visión del mundo y me marcaron a mí, me posibilitaron pensarme y entenderme, desentenderme y enredarme de formas que sin ellas no habría concebido; definirme y redefinirme en el constante ser en la letra que recrea mundos en apariencia inimaginables que de pronto se construyen en la línea que cruza la hoja en blanco.

*Fausta Gantús. Narradora de historias y otras escrituras. Crítica y opinadora porque los tiempos lo exigen. Convencida de que hay que “desolemnizar” la academia sin perder el rigor y la calidad. Investigadora del Instituto Mora (CONACYT) y profesora de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

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