Algunas de las frases más repetidas durante los últimos años al referirse a la situación política del país son “todos los políticos son iguales”, “los partidos políticos tienen que desaparecer” y “necesitamos más empresarios en la política, esos sí son honestos” (esta última destila un enternecedor jarabe de ingenuidad). Pero cómo no van a retumbar por todos lados, si la rampante corrupción, la enervante impunidad y la encabronante desigualdad corroen lentamente a nuestro país.

 

Es de todos sabido que la mayoría de los políticos se enriquecen a expensas de los ciudadanos que los eligen, hunden al erario público en  interminables deudas y casi siempre lo hacen sin castigo o reprimenda alguna. Algo que, dicho sea de paso, incentiva a las nuevas y mañosas camadas a seguir su ejemplo en un interminable círculo vicioso.

 

Así se explica que la grave y tóxica crisis de representatividad democrática que atravesamos nos haya orillado a asumir equivocadamente que sólo nuestra clase política es el cáncer que carcome al país, y que ese cáncer por lo tanto es fácilmente extirpable si desaparecemos a los políticos (como si fueran marcianos con los que convivimos pero no tenemos nada en común). Para ejemplificarlo mejor, imaginemos que después de múltiples accidentes aeronáuticos a causa de reiterados abusos y mal praxis de pilotos de aviones comerciales, se llegara a la conclusión de desaparecer al gremio entero suponiendo que eso solucionaría el problema.

 

Aunque nos duela admitirlo, los políticos –como los médicos, electricistas, arquitectos, et al.- siguen siendo una consecuencia de su entorno. La corrupción no deja de serla cuando el médico acuerda en lo oscuro con una farmacéutica el recetarle a sus pacientes un medicamento que no necesitan, es sólo más silenciosa. Lo mismo con el electricista cuando le pone diablitos a sus clientes. O con el arquitecto cuando le da un moche a la dependencia gubernamental para avanzar en su obra. Esos sucesos no salen con tanta frecuencia en los periódicos o en la televisión, pero sí forman parte del engranaje de la corrupción mexicana.

 

Ahora bien, retomando las aseveraciones que claman por desaparecer a toda nuestra clase política, es preciso señalar que no sólo son demagogas sino también peligrosas. Si desaparecieran los partidos y sus políticos nos quedaríamos sin democracia en tanto no se construyera una nueva forma de gobierno que no los contemple sin caer en un estado de corte autocrático. No sólo eso, los electoreros discursos de “abajo todos los políticos” han generado lacerantes fenómenos a lo largo de la historia que han ungido a infames personajes como Alberto Fujimori en Perú, Silvio Berlusconi en Italia y Donald Trump en Estados Unidos. Los tres, vaya contradicción, impulsados por el establishment que tanto criticaron durante su campaña.

 

Lo anterior no debe inferirse como una crítica a las candidaturas independientes. Estas representan una de las más importantes victorias de la sociedad civil organizada en años recientes. Además, en la actualidad son igual de necesarias para la vida democrática nacional que los partidos políticos mismos. Esto, ya que sirven como un correctivo para nuestra clase política y además porqué le pegan en donde más le duele; en las urnas y por lo tanto en el financiamiento público que recibe.

 

La inexorable realidad hoy en día es que defender a un político de cualquier partido, historial e ideología constituye un deporte extremo. La palabra en si ya tiene una connotación negativa y hay que ser valiente para ir contracorriente y aplaudir alguna iniciativa, declaración o acto público realizado por un político. A todos les tiramos por igual, olvidándonos que hay excepciones a la regla y –como todo en la vida- que siempre hay una escala de grises (aunque debo reconocer que pareciera que algunos de nuestros partidos compiten entre si por ver cuál tiene en sus filas más corruptos como si se tratara de coleccionar a más pokemones).

 

No terminaré el artículo diciendo: para tener una clase política digna y ejemplar hay que aplaudirles o reprobarles a nuestros políticos cuando toque hacerlo, combatir la corrupción en todos los ámbitos, agarrarnos todos de las manos cantando kumbaya y dejar de ver la paja en el ojo ajeno si no vemos la viga en el nuestro. Aunque no estaría nada mal y evidentemente contribuiría en buena medida a una auténtica transformación social, sería ingenuo  no advertir que hoy ese deseo parece casi utópico.

 

Lo que si concluiré, es que no se trata de conformarnos con la clase política actual o clamar por un mundo sin partidos políticos. Lo que hoy no funciona -antes de tirarlo por la borda- se debe enmendar para mañana por más difícil que se perciba. Y para hacerlo se necesita saber disociar lo que sirve de lo fútil. No hay mejor ciudadano que el informado y el que consecuentemente puede diferenciar a los pocos buenos políticos de los no tan buenos. Es fácil y muy cómodo adoptar una postura aparentemente cínica en la que se pone a todos los políticos en la misma canasta. Sin embargo, para ser cínico hay que informarse, ya que de otra manera simplemente es simple holgazanería incívica.

 

Uno de los grandes éxitos de la campaña de Trump fue justamente jugar con esa apatía de una gran parte de la ciudadanía que prefirió no involucrarse y en cambio repitió ad nauseam “todos son iguales”. Como resultado, cada día aparecen más personas arrepentidas de haber sido corresponsables (directos o indirectos) de la llegada de Trump. Comencemos por informarnos para después emitir juicios. Después de todo y como decía Henry David Thoreau; “las cosas no cambian, nosotros cambiamos”.

 

 

Fuente: The New Yorker http://www.newyorker.com/cartoons/a20630

 

 

@alejandrobasave

@OpinionLSR


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