Opinión

Mnemósine, la diosa de la memoria

Reproducimos el pasado en los objetos que nos rodean.

  • 01/11/2016
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Ahora les propongo un muro de la memoria a la manera de Aby Warburg, el historiador del arte (1886-1929), en su Atlas Mnemosyne. Un Atlas que no narre momentos de la historia de la humanidad, sino de la nuestra. El muro de cada quien. El muro de lo dicho y de lo no dicho. De las palabras y de los silencios. Construir un muro de imágenes y objetos cuya relación profunda desconocemos, pero que están allí, porque nos son indispensables. Porque adentro nuestro se vinculan. ¿Cómo? Es cuestión de indagar. Un vasto y “arbitrario” periódico mural. ¿Por qué una coloca la foto de su padre rodeada de caracoles y estrellas marinas? ¿Acaso las elecciones de aquello que escogemos como entorno en nuestros hogares es accidental? ¿O quizá ese padre nos significa el mar? La memoria. Atrapar el tiempo. Reproducimos el pasado en los objetos que nos rodean. Vivimos el presente, planeamos el futuro en los objetos que nos rodean.

 

Atlas Mnemosyne de Warburg. (Fragmento).

 

Mnemósine es la diosa de la memoria y el recuerdo, la inventora del lenguaje y de las palabras. La diosa del tiempo. ¿Qué podría existir de más fascinante? Me llegó un trabajo de traducción que me ha remitido a cantidad de referencias (para mí hipnóticas) que tienen que ver con el arte y su anhelo de atrapar el instante, el libro se llamaría en Castellano “Estética del movimiento cinematográfico”. Habla de la fotografía, por ejemplo, y del momento en que a través de la cronofotografía comienza la búsqueda del movimiento de las imágenes tomadas por la cámara. Habla de lo que significa la fotografía: un segundo detenido en el tiempo, un segundo que se convierte en “eterno”.

 

La imagen de la foto sobrevive a quienes posaron para ella. Como sucede – con nuestros muertos – en la memoria. La imagen de una persona que fue y ya no está, detenida en un gesto. Nunca olvidaré los bigotes hacia arriba del tío Oscar, a quien nunca conocí, posando sobre su caballo en una foto refugiada en uno de aquellos antiguos marcos de vidrio convexo, en Teapa, Tabasco, en la casa de la tía Dianita y la tía Chepita. Los abuelos el día de su matrimonio. Mi mamá (con un inmenso moño en la cabeza) al lado de su hermano. Mi hermanita Georgi. Mis papás jóvenes, con sus cuatro hijos pequeños en el mar. Las fotos que casi todos tenemos. En cajitas, cofrecitos, álbumes. Ahora también en las computadoras, pero yo sigo prefiriendo las cajitas, los cofrecitos y los álbumes.

 

Mi Atlas Mnemosyne (Tal y como Warburg llamó a su obra de panel tras panel llenos de objetos). Comienza (por el momento, quizá todo cambie de lugar con el tiempo) con el pequeño Ojer, el hermanito muerto de mi mamá, del que estaba prohibido hablar y de quien, por la misma razón, yo quisiera hablar cada vez y a la primera oportunidad. Ese pequeñito con ricitos en la única foto suya que existe se llamaba Ojer. Murió a los siete años. Es probable que su madre haya escondido esa foto cuando la obligaron a desprenderse de todo lo que pudiera mantener (desde el exterior) los recuerdos de su hijo. Su muerte y el silencio obligado que la acompañó pasados los nueve días, marcó a más de una generación de nuestra familia. La negación del dolor y de su omnipresencia, y el secreto, marcan a una familia. Hasta que un día alguien murmura el nombre, ¿treinta años después? Y Ojer se integra a esa memoria otra, que también nos acompaña: la de lo no vivido.

 

Lo público y lo privado. El macro y el micro. ¿Cómo marcó a cada persona, a cada familia la Revolución Mexicana? A mi bisabuelo (el abuelo de mi madre) lo sacaron de su casa (“sin zapatos”, me dice mi tía Norma, e insiste sobre este punto). Se lo llevaron “sin zapatos” y nunca regresó. ¿Cuál es la historia de esas mujeres solteras y huérfanas, que atravesaron Tabasco por horas y horas a caballo para reunirse con su hermana casada? Huyendo. ¿Qué guarda el silencio de esas mujeres en la foto? Perdieron a su padre y a un hermano. ¿Cómo era ser mujer “sin un hombre” entonces? Reconstruir una historia familiar, por ejemplo. ¿Por qué la tía Chepita pensaba que ser mujer era “una desgracia”? ¿Cómo tuvo el valor de elegir la soltería en una época en la que permanecer soltera era “una desgracia”? ¿Por qué la madre de mi madre padecía “el mal de nervios”? ¿Por qué era tan común entre las mujeres “el mal de nervios”.

 

La mujer detenida. Manicomio General de la Castañeda.

 

La fotografía, como la memoria guardan las imágenes de nuestras personas bien amadas, las que están con nosotros y las que no. Y las imágenes de nuestra propia evolución interior y exterior. La propuesta de Warburg no es cronológica. Me permitiría decir que los vínculos entre un objeto y otro en cada panel y la manera en la que están colocados, responde a sugerencias de la memoria consciente e inconsciente. Junto a las fotos de la tía Dianita colocaría piedras de río, como las del Puyacatengo en Teapa. Cuadernos llenos de palabras junto a las de mi abuela María. Las fotos de mis hijos las rodearía de libros, postales con pinturas, y esculturas. Imágenes de cine, divanes, puentes barcos. Sus propias pinturas, sus escrituras y los juguetes que conservo. Las rodearía de diccionarios minúsculos, para que siempre tengan las palabras a mano. Y una pequeña brujulita, para que sigan aprendiendo a escucharlas, aprehenderlas y acomodarlas.

 

¿Qué coloca cada persona en su Atlas? ¿Por qué una postal de Roma o del desierto de Sonora? ¿Junto a qué? ¿Cómo se ordena y/o desordena la memoria? Cuando una habla con sus hermanos, por ejemplo, los recuerdos de infancia se conversan desde los Atlas diferenciados de cada memoria. Siempre es así con todas las personas, por supuesto, pero quizá es en ese núcleo de los orígenes donde constato cada vez, a qué punto lo que cada quien registra puede ser distinto. “Pero, ¿no lo recuerdas?” Y una recuerda ese día, esa hora, y distintos contenidos en ese mismo día y en esa misma hora. Las diferencias de escuchas y retenciones. ¿Cómo selecciona la memoria consciente? ¿Qué guarda y qué no? ¿Y la otra?

 

Quisiera pensar que en el ejercicio de creación de nuestro personalísimo Atlas Mnemosyne descubriríamos tantísimas cosas. Importantes. Dejadas de lado.

Ahora mismo me sucede en este ejercicio de escritura. Una cunita. Junto a una máquina Singer. Junto al primer texto que Diego publicó en la página de cine de El Heraldo, cuando tenía doce años, y que su abuelito le hizo enmarcar al lado del billete de cien pesos que le pagaron por él. “Es el primer dinero que te ganas, y te lo ganaste escribiendo”. La colección de minúsculos instrumentos musicales de Jerónimo, para recordarlo con los ojos cerrados escuchando música clásica y comiendo lechugas. Es el único niño que he conocido (en familia de carnívoros), que exigía su plato de ensalada como si fuera un helado. Jerónimo que mira y mira y mira. Sí, es lo que se dice un mirón, estudiando ya en la universidad de quienes deciden convertir su mironería en profesión. ¿Cómo no iba elegir estudiar cine, con los ojotes que tiene?

 

Sebastián y nuestro pacto secreto. Justo en el momento de su llegada al mundo exterior. Sebastián y su camisetita roja en Palenque. Y los pelícanos que le llevaban mis mensajes, y una foto del lagarto imaginario que vivía en nuestra casa cuando eran niños. Sebastián y una foto del diván de Freud, porque jugábamos a que él era el Dr. Pepino Zanahoria, de oficio psicoanalista y escuchaba a sus distintos pacientes que yo interpretaba lo mejor que podía. Su colección de memorias del fútbol. La manera en la que el fútbol lo unía a su hermano diez años mayor que él. Y allá van los dos pequeños orgullosísimos junto a la banda de amigos del hermano mayor, rumbo al partido de los Pumas.

 

Atlas Mnemosyne. (Fragmento).

 

Hacemos una descripción de “imágenes” y debajo corre un río subterráneo. Ya lo sabemos. El de los significados de cada memoria. El de la memoria inconsciente que surge con cada detalle. Lo que una no dice, pero se escurre entre las palabras. Una sabe muchísimo más de lo que dice y se dice, aunque tantas veces no sepa que lo sabe. Junto a los instrumentos musicales de Jerónimo colocaría una foto de mi hermano mayor, Marco Antonio, porque él también ama la música, y porque a pesar de mi absoluta falta de oído, a él le debo cantidad de hermosas memorias que tienen que ver con ella. Los acetatos. La casa de la calle Madero. Mi hermano menor ante quien descubrí a los seis años que deseaba como loca ser mamá, y el que no entendía por qué era hijo de mi mamá y no mío. Injusticias de la vida, eso pensaba yo.

 

El Atlas Mnemosyne de Warburg llegó a mi vida, justo en esta visita de emergencia a la ciudad de los orígenes. La ciudad de las calles que se inundan. Nunca lo había visto antes, así son las “casualidades”. Lo acomodo en mi cabeza, mientras lo llevo a la realidad. Muevo los objetos de un lado para otro. En mi cabeza. Mi hermanita Georgi en un tranvía en alguna ciudad de la ex Yugoslavia, Zagreb, quizá. Mi hermanita Georgi en la playa de Miramar en Tabasco. Arena. En la casa tengo un mueble (que era de mi hermana) al que llamé: “Mis abuelas, mi mamá, mi hermanita y yo”. Está lleno de objetos de ellas colocados sobre arena. Arena de Miramar, de Cancún y de otras playas remotas, mezclada. Quien vaya al mar, viaja con una botella llena de arena de regreso a la casa. Fotos. Botellitas antiguas de perfume. Maniquíes. Muñecas. Libritos. Caracoles, conchitas. Minúsculas reproducciones de objetos antiguos. Tantos objetos de amor y de memoria.

 

La transmisión de las femineidades. Para bien, para regular y para mal. No sé ustedes, pero quizá me he pasado la vida – sin saberlo y sin notarlo demasiado- construyendo ese Atlas. ¿Será así para todos? Quizá mi pasión-obsesión por el psicoanálisis como formación y como experiencia vivida, tiene que ver con el Atlas. ¿Cómo escucho las palabras de los que ya no están, pero que yo sé que me hablan adentro mío? Nos hablan a la manera en la que las transmisiones conscientes o no, atraviesan las generaciones. ¿Cómo escucho los anhelos de esa mujer que es mi mamá, a través de lo que me ha dicho y de lo que no me ha dicho? ¿Qué está en mí, en nosotras, de esas mujeres que vivieron la Revolución? ¿Y de aquellas épocas en donde el dolor femenino, la desesperación ante las limitaciones y el encierro desataban el tan recurrente “mal de nervios”? ¿Qué me dice, a través de lo no dicho de mi madre, esa abuela materna a quien le asesinaron a un padre y a un hermano, y después perdió un hijo?

 

¿Dónde se coloca una en/ante/para/por/sobre/s/según esas historias familiares? Las de la familia de los orígenes, las de la familia que formamos. En el primer caso, ¿se puede elegir? ¿Puede una moverse del lugar en el que la colocaron? Descolocarse del sitio asignado y colocarse en el lugar que una desea. Allí donde se sabe. Donde una es la que es y ha sido, y no la que dicen y/o le dijeron que era. El Atlas Mnemosyne es entonces un Atlas de objetos que nos llevan – sobre todo- a preguntas. Es un vastísimo Atlas de preguntas. Algunas tendrán respuestas y otras no. No importa, con muchísima frecuencia para guiarse en la vida, para vivirla, para sentirla, para amarla, con las preguntas basta. Cuando encontramos nuestras preguntas verdaderas. Nuestras preguntas necesarias.

 

Indagar. Recrear. Elegir. Guardar. Soltar. Nombrar. Ven Mnemósine, atraviesa la Laguna de las Ilusiones en cayuco. Nada de que en “lancha” o “barcaza”. No, en cayuco. Está pringando. Nada de “lloviznando”. No, pringando. Cuídate de los lagartos porque ya se han comido de un solo bocado, a más de una diosa. Escala los balcones a esa velocidad que se llama: “va que le vuela el cotón”. Corre la puerta de miriñaque. Nada de que “tela de alambre”. No, miriñaque. La mesa está puesta. Pibipollo, chanchamitos, totopostes y tamales de masa colada. Acá sabemos como tentar a las diosas griegas. Está guardado (sí, eso también con todos sus detalles) en la memoria de la cabezota Olmeca.

 

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