Opinión

Minimalismo

Habrá espacios en que la realidad se imponga y la negociación política tenga que darse. | Ricardo de la Peña

  • 29/05/2022
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Como suele ocurrir cada seis años, las elecciones de 2024 marcarán un momento de definición del futuro político de México. Es común que las elecciones intermedias, en las que no se pone en juego la Presidencia de la República, sean meramente de mantenimiento, mientras que cuando hay elección presidencial los virajes en el sentido del voto ciudadano sean muy relevantes, alcanzándose movimientos incluso de decenas de puntos en el reparto de sufragios y alterándose de manera significativa la composición del Legislativo.

Lo posible y lo deseable

Es verdad que los contendientes aspirarán a lograr una mayoría contundente que les permita establecer una agenda de cambio radical. Desde la opción actualmente gobernante, ello le permitiría consolidar y avanzar en el proyecto que consideran una transformación cuasi-revolucionaria de las condiciones para ejercer el gobierno y definir los repartos de beneficios sociales entre grupos. Desde la opción opositora, será oportunidad para revertir lo que consideran un deterioro de las bases para el desarrollo y la destrucción de las instituciones democráticas que posibilitan una poliarquía.

Pero también es cierto que una expectativa racional es que el reparto de posiciones que se dé, quienquiera que resulte ganador de la elección presidencial, dará una ventaja exigua en el Legislativo federal que no permitirá llevar adelante reformas constitucionales y que incluso hará tortuoso el camino hacia cambios en leyes secundarias sin un intercambio político entre las partes.

La agenda del porvenir

Siendo así, lo pertinente para uno y otro polo en la disputa por el poder político en 2024 sería plantearse una agenda que aceptara que no se detentará una mayoría absoluta en el Legislativo y que, por ende, asumiera un minimalismo que comprometiera ajustes realistas y considere la necesidad de tender puentes para el diálogo continuo con los contrarios. No sería asunto de plantearse reformas de gran calado, menos un cambio de régimen o de sistema, sino apenas el establecimiento o continuación de políticas públicas acordes con los objetivos centrales del proyecto que enarbola aquel lado que resulte ganador de la silla presidencial, con adecuaciones normativas en leyes secundarias que pudieran llegar al límite de lo posible sin contrariar disposiciones constitucionales, y relevos paulatinos en órganos de mando de instituciones autónomas que vayan reflejando la condición mayoritaria de quien así se haya posicionado.

Habrá espacios en que la realidad se imponga y la negociación política tenga que darse. El terreno fiscal y el equilibrio federal pudieran ser áreas donde el deterioro esperable de las condiciones existentes obligue a sentarse a las partes a pactar reformas de mayor profundidad. Es un hecho consabido que la recaudación en México es demasiado baja y que es necesaria una revisión que parta de una equidad distributiva entre estratos de ingreso y entre componentes de la Federación. Otros espacios pudieran afectarse, bien sea para continuar la senda del actual gobierno, bien para revertir sus efectos considerados perniciosos: participación de las fuerzas armadas en la administración, reforma de las corporaciones de seguridad pública, de las estructuras de control de la corrupción y procuración de justicia, respeto de garantías fundamentales y derechos humanos. Pero más allá de estos ajustes, se ve difícil, si no imposible, arribar a reformas más trascendentes. Luego, se tendrá que andar con lo existente.

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