Opinión

Mi México de ayer

Por: Iván Lópezgallo*

  • 15/09/2016
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Chava Flores es uno de los cronistas más recordados del Siglo XX. Sus canciones, jocosas y llenas de doble sentido, retratan a la sociedad de un país que cambió a pasos agigantados y lo mismo nos preguntan a qué le tiramos cuando soñamos, que nos cuentan las peripecias de un gato viudo, los devenires de un velorio en el que se apostó al muerto jugando a las cartas o la triste historia de Herculano, quien se cambió el nombre para no ser albureado cada que se presentaba, como podemos ver en la siguiente canción.

 

 

Sin embargo, don Chava escribió una canción que, pese a no ser tan festiva como casi todas sus composiciones, nos muestra el cariño que tuvo por un país del que sólo nos queda el recuerdo. Se trata de "Mi México de ayer" y en estos días patrios vale la pena escucharla (y de paso gozar con las bellas imágenes que la acompañan), así que acá la tenemos.

 

 

Como pudimos ver, se siente la nostalgia en esta canción. Sobre todo porque si la vida ha cambiado de los noventa para acá, que fue cuando se popularizaron los teléfonos móviles e Internet, imagínense lo que ha sucedido de mediados del siglo XXI a la fecha. ¡Era otro mundo! Sin autos, contaminación, luz, drenaje, teléfono o grandes aglomeraciones..., tal y como podemos ver en este mural de la Hostería de Santo Domingo, que además de ser el restaurante más viejo de la Ciudad de México, es una puerta que nos permite regresar en el tiempo y no sólo disfrutar los mismos platillos que disfrutaban nuestros ancestros a finales del Siglo XIX, sino hacerlo en un ambiente que muy poco ha cambiado con el correr de los años.

 

 

Así, lo mismo podemos ver a un niño jugando con un aro y un palito que a varios frailes y soldados (uno de los cuales lleva detenido a un hombre), un evangelista (que seguramente redactaba una carta de amor) y algunos vendedores; además de uno de los personajes que, pese a los cambios y la modernidad, ha conseguido llegar hasta nuestros días: el aguador. ¿Lo ven?, está surtiéndose de agua allá en la fuente.

 

 

Y aunque han cambiado mucho las cosas, ya que hoy reparte garrafones de agua purificada en lugar de la que recolecta en fuentes, lagos y acueductos, la imagen del aguador y su grito siguen presentes en nuestro día tras día.

 

– ¡Eeeeeeeeeeellllllll aaaaaaaaaaaguuuuuuuuuuuuuuuaaaaaaaaaaaaaa! –se escucha gritar a un hombre maduro–.

 

– ¡Iiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiillllll aguaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa! –se oye a lo lejos la voz de un chamaco–.

 

Y ese particular grito podría ser el preludio de una charla como esta:

 

– Ven acá, Trinidad.

 

– Mándeme, su mercé.

 

– Siéntate en esa silla y cuéntame la vida que llevas.

 

– Imposible, amo: son las siete de la mañana y mis patroncitas se me enojan. Hoy es día de correr y no parar de la fuente a la calle y de la calle a la fuente. Además, amito, que eso de decir mi vida, no sé pa qué le pueda servir a su mercé.

 

– De mucho [...], tú debes tener una curiosa colección de anécdotas y epigramas muy picantes y naturales a tu oficio, con lo cual podré contar al público tu vida toda.

 

– Por ahora no. Y con su permiso me retiro, o me expone su mercé a perder mis marchantes. [...] Y sin decir más, salió Trinidad de mi gabinete, dejándome con un palmo de narices”[1].

 

El texto anterior fue escrito el 27 de septiembre de 1854 y forma parte de Los mexicanos pintados por sí mismos, obra que buscaba describir a los mexicanos de la época y en la que el aguador ocupaba la primera posición, mencionado que era un hombre que pasa “la mitad de su vida con el chochocol[2] a la espalda, como un emblema de las penalidades de la vida, y la otra mitad beodo, pero sin zozobras y sin accidentes... Se levanta con la aurora, pone sus ropas, cíñese sus cueros, carga con su chochocol, se cuelga por delante el cantarito, cubierta antes la cabeza con la coqueta gorrita, y se dirige pian, pian, a la fuente más inmediata”[3].

 

Y para que no haya dudas, la obra incluía una bella litografía del personaje en cuestión.

 

 

 

Así que, aunque hoy entrega agua purificada en lugar de corriente (de que corre, no piensen mal) y utiliza bicicletas o camiones en vez de cargar todo en la espalda, el aguador sigue dando colorido a nuestras calles con un grito similar al que se escuchaba hace más de siglo y medio y es una de las imágenes tradicionales de un país que hace 216 años empezó a luchar por su libertad.

 

@IvanLopezGallo

@OpinionLSR

 

*Iván LópezgalloEstudió Historia en la UNAM. Es Licenciado en Administración de Empresas, Licenciado en Periodismo, Maestro en Narrativa y producción Digital y candidato a Doctor en Administración. Premio México de Periodismo y Premio Nacional de Locución (ambos en 2010) y Mención Honorífica en el Certamen Nacional de Periodismo 2009, todos en Reportaje por Televisión.

 

[1]Los mexicanos pintados por sí mismos. México: 1979, p. 17.

[2]Cántaro grande de barro  que tenía tres asas para sujetarlo a la espalda con ayuda del mecapal,  correa que los aguadores y los cargadores apoyaban en sus frentes para poder cargar las cosas; tal y como vemos en la última imagen.

[3]Los mexicanos... P. 7.

 

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