Opinión

México polarizado, ¿cómo cambiar la conversación?

Es tiempo de empezar a pensar en cómo cambiar las conversaciones públicas y promover mejores prácticas de diálogo. | María Fernanda Salazar

  • 29/03/2019
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Se equivocan quienes piensan que la polarización de un país requiere que las partes en conflicto tengan la misma dimensión o un poder similar. La polarización surge a partir de discursos que apelan a emociones y creencias profundas - aparentemente irreconciliables- que logran espacio protagónico en una sociedad. La mayoría de estas creencias están basadas en prejuicios y enraizadas en las personas; impiden ver hasta dónde la contraparte puede tener razón y obstaculizan la capacidad de encontrar una posible solución. En ambos lados, hay quienes incitan a elegir bandos bajo el chantaje “conmigo o contra mi”.

En medio de estas posiciones, suele haber una masa silenciosa: gente que duda de si su pensamiento o creencia realmente se identifica con alguna de los “incitadores” y busca escaparse de la dinámica. No obstante, mientras más opiniones se visibilizan sobre uno u otro tema, más es la presión por opinar. Esto es claro con la dinámica de inmediatez de las redes sociales, que dejan poco espacio para una reflexión profunda o un debate de calidad. Es ahí, también, donde más cómodos se empiezan a sentir quienes incitan esta dinámica: las estrellas de las redes sociales.

México está polarizado, y no hay duda de eso. Por un lado, tenemos a un presidente que tiende a lanzar temas de formas y con tonos que desatan polémica e incitan a tener un bando. Pero hay que ser justos, la polarización, para existir, necesita más de un incitador. En ese sentido, no escapan de esta dinámica quienes han adoptado la costumbre de reaccionar de manera crítica y sin mesura a cualquier cosa que salga de la boca del presidente; peor aún, ni siquiera consideran la posibilidad de “pasar” de algún tema. Tienen que reaccionar a todos ellos, siempre en absoluta contraposición.

Lo interesante, además, es que en esta dinámica también existe la posición de quienes buscan fungir, desde plataformas públicas y masivas, como los llamados “puentes” (bridge-builders); gente que asume dentro de la misma conversación, la posibilidad de negociación y neutralidad. No obstante, estas personas -sabiéndolo o no-, contribuyen también a la polarización de la discusión y, con ello, a la imposibilidad de construir salidas al conflicto.

En este sentido, empieza a parecer urgente dar respuesta a cómo terminar con la dinámica de desgaste social a la que podría volver a conducir la permanente discusión de temas públicos en un tono que no construye ni abona a su solución. Es necesario recordar que al menos la mitad del sexenio de Peña Nieto, y todo el sexenio de Felipe Calderón, se caracterizaron por una dinámica similar, sin importar cuánta gente estaba de un lado y del otro. Esto, no abona a la democracia, no abona a la construcción de una dinámica social en la que de hecho se resuelvan los temas más agraviantes y apremiantes.

Por ello, es tiempo de empezar a pensar en cómo cambiar las conversaciones públicas y promover mejores prácticas de diálogo: comunitario, local, regional y también nacional, sobre diversos temas, sin que ello signifique seguir encendiendo la polarización. Esto, desde luego, no significa que los temas importantes se evadan: por el contrario, se trata de abordarlos de maneras que en los hechos encuentren cauces y posibilidades de resolución o transformación.

Lograrlo, exige que quienes estamos interesadas (os) en impulsar y fomentar esto, empecemos a acercarnos a esas personas silenciosas, empecemos a trabajar con esas personas con un enfoque de empatía, de permitir que sus voces sean escuchadas y que sus propios problemas se vean reflejados en la discusión y diálogo.

México no se reduce a lo que dice el presidente cada mañana, como tampoco se reduce a lo que quienes reaccionan a cada palabra que pronuncia quieren decir sobre la realidad nacional. Hay mucho más que ver, hay mucho más que escuchar, hay mucho más que dialogar y resolver de manera colectiva.

Cambiar, pues, la conversación, es un compromiso y una práctica que debemos iniciar ya.

La promesa de pacificación

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