Opinión

México, el tratado y el comercio con China

Debemos pasar a una estrategia de fortalecimiento del mercado interno asociada al incremento de la producción nacional. | Jorge Faljo

  • 19/01/2020
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El senado norteamericano acaba de ratificar el nuevo acuerdo comercial entre México, Estados Unidos y Canadá conocido como T-MEC o USMCA (en inglés). Sólo falta que el presidente norteamericano lo firme y que Canadá, su parlamento y primer ministro, hagan lo mismo.

El T-MEC abandona el concepto de libre comercio ante la exigencia de Trump de pasar a un “comercio justo”; es decir, un intercambio comercial esencialmente equilibrado. Bajo el TLC México pudo venderle a los Estados Unidos mucho más de lo que le compraba; en los últimos años hemos tenido un superávit comercial (más ventas que compras) de alrededor de 80 mil millones de dólares.

Con el T-MEC se establecen no sólo condiciones a las exportaciones mexicanas, sino al funcionamiento de toda la economía nacional, que apuntan a corregir ese desequilibrio comercial. Dos son las vertientes principales de cambio. Una es la exigencia de un mayor contenido regional; es decir, generado en cualquiera de los tres países del tratado, en las exportaciones mexicanas a los Estados Unidos.

Esto afecta de manera importante al modelo exportador de México que en buena medida lo que hace es ensamblar materiales y componentes provenientes del sureste asiático. Hemos empleado los dólares del superávit con los Estados Unidos para financiar un déficit de tamaño similar en el comercio con China.

Una segunda vertiente de cambio inscrita en el T-MEC es reducir la diferencia de ingresos entre la mano de obra norteamericana y la mexicana, donde la segunda a duras penas gana alrededor de la décima parte que la primera. El nuevo acuerdo establece cuotas de producción de automóviles en las que los trabajadores deben ganar un mínimo de 16 dólares la hora; lo que sólo se cumple en los otros dos países.

Otra medida orientada a la nivelación salarial tendrá un impacto más generalizado; es la exigencia de que en México se acaben los contratos de protección, los sindicatos blancos y evolucionemos hacia una transparente democracia sindical y un marco de justicia más favorable a los trabajadores.

Dado el grado de integración de la economía mexicana a la norteamericana es mejor cualquier acuerdo que ninguno. El presidente López Obrador festejó la aprobación norteamericana diciendo que con este tratado habrá más confianza para invertir e instalar empresas en México, para que haya trabajo con buenos salarios y bienestar para el pueblo.

Tal vez una condición necesaria, pero, de acuerdo al secretario de Hacienda, Arturo Herrera, el nuevo tratado no es suficiente para impulsar la economía. Sobre todo si vemos que en 2019 México tuvo un crecimiento cero y aunque el pronóstico para este año es ligeramente positivo, no deja de estar basado en el optimismo simplista de costumbre.

Tampoco son muy buenas las perspectivas de crecimiento de la economía mundial. Y en este contexto Trump acaba de firmar con China la fase uno de un acuerdo comercial con una orientación similar a la del T-MEC. El acuerdo básico es que China se compromete a elevar sus compras de productos norteamericanos en 200 mil millones de dólares en los próximos dos años. De este modo se reducirá en una porción substancial el gran déficit norteamericano con ese país que en 2018 fue de 419 mil millones de dólares. Aunque los aranceles impuestos por Trump lo redujeron en casi 70 mil millones en 2019.

Con este acuerdo lo que recibe China es que no se cumpla la amenaza de imponer aranceles a 160 mil millones de dólares de importaciones electrónicas (celulares y laptops), y que se reduzcan los aranceles del 15 al 7.5 por ciento en otros 112 mil millones de dólares de importaciones. Importa señalar que Estados Unidos mantendrá altos aranceles, del 25 por ciento para 250 mil millones de dólares de otras importaciones chinas.

Tanto el T-MEC como el acuerdo fase uno con China establecen reglas de administración del comercio favorables a los productores norteamericanos. Esto supuestamente revertiría, al menos en parte, la pérdida de unos 5 millones de empleos industriales norteamericanos bien pagados en los últimos treinta años, y también revitalizaría a su sector agropecuario, sobre todo por mayores ventas de soya y carne de cerdo.

Los dos tratados introducen modificaciones sísmicas que impactarán en los próximos años el comercio internacional y la economía mexicana.

No se prevé que las mayores compras de China a los Estados Unidos revitalicen un comercio mundial en decadencia. Lo más probable es que China reduzca sus compras provenientes de otros países.

De manera paradójica puede afirmarse que el acuerdo entre Estados Unidos y China es más favorable para México que el T-MEC. Ya la disminución del déficit norteamericano con China en 2019 colocó a México como el principal país proveedor norteamericano. Es una señal de la oportunidad que se abre para nosotros en la medida en que Estados Unidos fuerza la reducción de su déficit con China.

Sólo que esa oportunidad no será aprovechable sin una estrategia definida de crecimiento industrial esencialmente substitutivo de las importaciones de componentes chinos. A eso nos lleva el T-MEC y, si cumplimos sus requisitos, podría fortalecer las exportaciones mexicanas.

Sólo que el costo de avanzar en la substitución gradual de China como proveedor norteamericano es hacer lo que hace el país asiático; elevar sus compras de productos norteamericanos. Lo que no puede hacerse bajo la ya rebasada filosofía del libre comercio y requiere de un intercambio administrado.

En una perspectiva mundial de bajo crecimiento, sobreproducción y debilidad de la demanda, necesitaremos de medidas audaces de transformación de la economía nacional. Debemos perder la ventaja comparativa que nos han dado los salarios de hambre y pasar a una estrategia de fortalecimiento del mercado interno asociada al incremento de la producción nacional.

Las transformaciones en puerta y el aprovechamiento de sus oportunidades requieren de un Estado fuerte, rector de la economía, que abra oportunidades a la inversión privada en una estrategia de substitución de importaciones orientales tanto por producción interna como por el incremento de importaciones trinacionales que impone el T-MEC.