Opinión

Memoria y resarcimiento

Gustav Klimt figuraba en la lista elaborada por los nazis de aquellos a quienes consideraban creadores de un “arte degenerado”.

  • 26/01/2016
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“¿Sabe usted cómo se dice ‘jamás’ en el lenguaje de un campo de concentración? ‘Morgen früh’, que significa: ‘mañana en la mañana’”: Primo Levi.

 

“Quien desee saber algo acerca de mí –como artista, lo que es por sí solo significativo– debería mirar atentamente mis pinturas y allí buscar reconocer quién soy y qué ando buscando”: Gustav Klimt.

 

Una extraordinaria película basada en hechos de la vida real.

La GESTAPO irrumpe. La familia Bloch-Bauer se reúne en el salón. ¿Quién de ellos después de la entrada de los nazis en Viena podía ignorar la inminencia de esa irrupción violenta?  En “The lady in gold documental”  (No me refiero aquí a la película, sino al documental subido a las redes por el abogado de Altman, Randol Schoenberg), María Altman narra: “Vinieron y se llevaron las cosas. No te preguntaban. Sólo tocaron el timbre y abrí y allí estaban ellos. No estaban en uniforme porque era la GESTAPO…mi padre murió dos semanas después…murió de un corazón roto”. Se llevaron todos los objetos de valor, entre ellos el cello Stradivarius que su padre tocaba todas las tardes. 

 

Antes (no se menciona en la película) el marido de María, Fritz, había sido detenido en el campo de concentración de Dachau, del que fue liberado después de dos meses. La destrucción era cosa de días. Meses. María y Fritz  Altman lograron huir hacia Colonia, luego a Londres, hasta refugiarse en Estados Unidos.  El documental narra la historia detrás de una película, que en este caso, pareciera muy fiel a los hechos de la realidad. “La dama de oro”, una  apasionante película dirigida por Simon Curtis.

 

  Retrato de Adele Bloch-Bauer I.

 

 

Durante tres años Gustave Klimt trabajó en el retrato de su amiga Adele Bloch-Bauer. Parece que realizó más de doscientos sketches antes de decidir ¿cuál postura del cuerpo, cuál expresión en el rostro, qué hacer con las manos? Adele, era una intelectual judío- vienesa casada con Ferdinand, un empresario azucarero.  Ambos amaban el arte y recibían en su salón a los más admirados artistas y pensadores de su época. Entre ellos, se menciona a Sigmund Freud.

 

En 1907, Klimt entregó el “Retrato de Adele Bloch-Bauer I”. En 1912, entregó su segunda obra inspirada en Adele: “Retrato de Adele Bloch-Bauer II”. Adele murió en enero de 1925 de una enfermedad cerebral que pudo ser meningitis. En su testamento solicitaba a su esposo que donara sus retratos a la Galería Nacional de Viena. He allí la “confusión” que permitió que durante tantos años, la obra figurara como legítima propiedad del Belvedere. Su esposo no cumplió su deseo y las conservó en su casa junto con los cuatro paisajes de Klimt que formaban parte de su colección. Cuenta Maria Altman (sobrina de Adele y Ferdinand y protagonista de la película), que reunió las obras en la que fue la habitación de Adele, como en un amoroso memorial. También que en el pequeño buró junto a la cama colocó un retrato de Klimt. Las obras permanecieron en la casa de la familia Bloch-Bauer hasta que fueron robadas por los nazis. Pasaron 60 años hasta que María Altman, quien se juró que jamás regresaría a Viena, supo que podía luchar por recuperarlas.

 

La versión de que el pintor fue algo más que un amigo de Adele ha hecho correr tinta; en palabras de su sobrina María: “Le pregunté a mi mamá si lo de Adele y Klimt fue algo más que una amistad, y me respondió: ‘Cómo te atreves a hacer esa pregunta, lo de ellos fue una amistad intelectual’”.  Pero también agrega que su madre solía decir que: “Aún cuando ella estaba cien por ciento segura que las personas tenían algo más que una relación intelectual, en esa época, la gente tenía sus affaires y no los discutía’”. En todo caso, esa pintura de la llamada “época dorada” del artista,  es  considerada una de sus obras más impactantes por la belleza de sus trazos y su intensa carga erótica.

 

Retrato de Adele Bloch.Bauer II.

 

Gustav Klimt figuraba en la lista elaborada por los nazis de aquellos a quienes consideraban  creadores de un “arte degenerado”.  Para mostrar primero al pueblo alemán, y luego al austriaco, los “horrores” inconcebibles de un arte que llamaba a la “decadencia” de la humanidad,  a su “degeneración”, inauguraron en Munich en 1937 una vasta exposición en la que junto a las obras de artistas como: Chagall, Max Ernst, Kandinsky, Paul Klee, Kokoschka, Emil Nolde, colocaron letreros infamantes. Este rechazo a la obra de Klimt explica por qué al momento del despojo en el departamento de la familia Bhoch-Bauer, el  nazi llamado Dr. Fürher, no consideró adecuado conservar las pinturas de Klimt para las colecciones privadas de Hitler y Göring. La inmensa colección de Göring incluía el 50% de las obras robadas a los “enemigos del Reich”.

               

María Altman asegura, que en cambio, el collar con el cual su tía Adele posa en la primera pintura y que le regaló a ella en el día de su boda, terminó en la colección de joyas de la esposa de Göring. ¿A quién le importaba robar objetos a personas a quienes obligarían unos días, unos meses después a caminar hacia los campos de exterminio? La propaganda nazi había infiltrado la ferocidad de un discurso antisemita que encontró eco en millones de personas. El 12 de marzo de 1938, fecha del llamado Anschluss, (anexión) de Austria a Alemania, mies de austriacos salieron a las calles para vitorear al ejército alemán. Así,  como se muestra en la película, en análisis históricos y diversos documentales.

 

El Belvedere compró las obras al Doctor Fürher, imposible imaginar que ignoraran que eran producto del saqueo, pero ese no era el problema, sino, ¿cómo llamar a una pintura que retrata ni más ni menos que a una mujer judía? Bruno Grimschitz, el curador pro-nazi decidió nombrarla: “La dama en oro”.  No deja de ser sorprendente que La Galería Nacional haya comprado obra de Klimt.

 

Un tremendo dilema moral para las generaciones de austriacos de post-guerra: ¿Mantener el silencio, no es ser cómplices de los crímenes del pasado? ¿La construcción de un país democrático y respetuoso de los derechos humanos es posible sin mirar hacia atrás y nombrar el sufrimiento de los ciudadanos austriacos (o de otras nacionalidades) de orígenes judíos perseguidos y asesinados? ¿Es soportable en términos morales que los museos exhiban como “propiedad del Estado” obras de arte robadas a familias que después fueron destruidas? ¿No es indispensable regresar a los sobrevivientes de estas familias lo que les pertenece?

                 

Adele y Adele.

   

A los 82 años (residente en California) María se enteró de que las obra de Klimt, propiedad de su familia fueron robadas por lo nazis y no donadas por su tía como había supuesto durante los largos años de su exilio en Estados Unidos. Es interesante ver la película y entender la confusión entre el testamento que sí hizo Adele, el hecho de que ella no podía donarlas, puesto que el propietario era su esposo, los acontecimientos que vinieron después: la escalada nazi en Austria. El saqueo, la huida. Se encontró una carta de Ferdinand al pintor Kokoscka, escrita antes de su muerte (en Suiza) en la que le aseguraba que algunas pinturas de su colección le serían restituidas. 

           

Algunos casos de restitución de bienes robados por los nazis tuvieron lugar antes que el de María Altman, lo que sentaba un precedente. Cuarenta y cuatro naciones (Austria incluida) firmaron The Washington Principles on Nazi-Consiscated Art.  En 1998, el Partido Verde austriaco presentó una iniciativa de ley que exigía transparencia con respecto a la historia de las obras de arte exhibidas en los museos, también planteaba la restitución de estas obras a sus legítimos propietarios despojados de ellas durante el periodo nazi .

 

El 4 de diciembre de 1998 el Consejo Nacional aprobó la Ley de Restitución de Objetos de Arte de los Museos y Colecciones en Austria. Fue esta ley, y un largo proceso que pasó por la Corte de Estados Unidos y un Tribunal de Conciliación en Viena,  lo que permitió que Maria Altman (su apellido de casada) nacida Bloch, recuperara (después de ocho años de batallas legales) las seis pinturas de Klimt que pertenecieron a sus tíos y que su tío Ferdinand les había dejado a ella y a su hermana como herencia.  El periodista austriaco  Hubertus Czernin,  revisó los archivos (entonces recién abiertos al público) de la Galería Nacional y descubrió que los Klimt no pertenecían al Estado Austriaco, sino a los sobrevivientes de la familia Bloch-Bauer.

 

La película es mucho más que los procesos judiciales. Mucho más. Es el viaje de memoria de una mujer que tuvo que abandonar su vida, para salvar su vida en medio de una de las más inmensas catástrofes de la historia.  El viaje de una mujer que regresa a donde imaginó que nunca regresaría: esa calle, ese que fue su hogar en Viena.  Pero, ¿a qué ciudad regresa si la suya ya no existe? ¿Cuál es esta Viena, esta Austria después de la deportación masiva de sus ciudadanos judíos? Después del exterminio.  ¿Quién se acuerda? ¿Quién está dispuesto a recordar?  Ella sabe.

 

Y sin embargo, regresa. Y la memoria que la jala hacia el vacío y la pérdida la rescata también. La memoria. La convicción de que en esa batalla logra resarcir algo del pasado.  “Mantenerlos vivos”. El recuerdo de un baile, de su padre tocando el cello, de su tía regalándole su collar preferido el día de su boda. Adele se hace acompañar por un joven abogado descendiente de judíos –también- austriacos, emigrados a Estados Unidos.  El hijo de su amiga. ¿Qué sabe él del pasado? ¿Por qué la acompaña?  Primero por dinero, uno sólo de los cuadros está valuado en 135 millones de dólares. Después, quizá, porque esa historia es la de su familia, la suya.

               

El pintor Gustav Klimt y uno de sus bocetos para el retrato de Adele Bloch-Bauer. 

El gobierno austriaco perdió la disputa en un tribunal de arbitraje en Viena.  ¿Olvidar y negar? O, ¿recordar, aceptar y resarcir? En el caso de la familia Bloch -Bauer, ganó el no a la negación y al olvido. Ganaron la justicia y la memoria. Cantidad de expedientes siguen abiertos en el mundo con reclamos de restitución de obras de arte por parte de los sobrevivientes de la Shoa. El debate se da en los más importantes museos del mundo. ¿Acaso es moralmente legítimo no investigar la procedencia de las obras que se exhiben?

 

No puedo olvidar –toda diferencia guardada con el “caso” que inspiró la película y su contexto histórico- el bellísimo penacho de plumas llamado “Penacho de Moctezuma” y más tarde, “El penacho del México Antiguo”, que permanece en el Museo de Etnología en Viena (la mayor parte del tiempo ha estado en bodegas), llevado a Europa por los españoles en el siglo XVI, y cuyo intento de recuperación  ha sido causa de un largo litigio entre México y Austria. El gobierno austriaco alega que su regreso sería imposible, dado que las “vibraciones” del traslado lo destruirían.

 

No puedo evitar recordar ese momento en el que lo tuve frente a mí en el museo, creo que fue a principios del 2005, y me dije- como seguramente miles de mexicanos que lo han visto en la realidad o en fotografía- “Este penacho pertenece al pueblo de México”.  Me desbalago, es cierto.  Mezclo historias, devastaciones, saqueos. ¿Quizá algún día?

 

@Marteresapriego