Opinión

Masculinidades depredadoras: la violación como arma de dominio

Como bien dice Segato, la violencia contra las mujeres no puede ser "solo un asunto de mujeres". | María Teresa Priego

  • 23/02/2021
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"Es necesario trabajar con los hombres. Los que van a desarmar el mandato de masculinidad son los hombres... Son la primera víctima cronológica del mandato de masculinidad. Tienen que encallecerse, suprimir una parte de su vulnerabilidad, de su sensibilidad". 

-Rita Segato

La semana pasada la antropóloga feminista Rita Segato impartió una conferencia desde Argentina en el contexto del diplomado de capacitación en temas de género para formadoras/es de docentes, organizado por el Instituto Nacional de las Mujeres y El Colegio de San Luis, A.C. "Reflexiones para comprender las estructuras de la violencia contra las mujeres". Segato regresa a sus experiencias en los años 90, cuando ante el considerable aumento de violaciones en Brasil, un Secretario de Seguridad Pública le preguntó: "¿Qué está sucediendo?" La antropóloga decidió que, para entender, era necesario escuchar no solo a las víctimas, sino también a los violadores. Y decidió ir a entrevistarlos en la cárcel.

A los entrevistados se les aclaró que sus respuestas "ni los beneficiarían ni los perjudicarían, el único objetivo es comprender". Segato afirma que las conversaciones revelaron que "para el violador hay un aspecto (en su acto) que es opaco. ¿Qué hizo? ¿por qué y para qué?" Un pasaje al acto cuyos mecanismos él mismo no logra explicarse. También señala una constante: en términos sociales la violación se interpreta como "un acto de deseo... el discurso aparente es el de la atracción sexual y la sexualidad",  y es necesario extraer a la violación de ese contexto para analizarla con una mayor exactitud. "El deseo sexual no estaba colocado en las respuestas de los violadores". La "explicación" de la violación como consecuencia del "deseo sexual" siempre ha sido, de todas maneras, más que absurda e inadecuada. Parte de sostener una supuesta imposibilidad masculina de "contener" impulsos e ignorar lo que usurpar el cuerpo de una mujer implica como ejercicio de poder. Es decir, no cualquier hombre obtiene goce sexual sometiendo y dañando a otra persona. Cosificándola. Actuando contra su voluntad y su integridad física y emocional. Segato cita los mandatos de la masculinidad y sus alcances, ¿cómo se es "hombre"? ¿cómo se asegura -en los imaginarios- la pertenencia al mundo de los "hombres"? y dice: "En más del 50% de los casos el violador no actúa solo". El crimen se da en complicidad con otros. Como si fuera una "ceremonia" de pertenencia que se escenifica en el sadismo. 

Pero también señala y es particularmente interesante, cómo aun en los casos de los violadores que actúan solos, en sus imaginarios, no están solos: "Profanar el cuerpo de una mujer para mandar un mensaje a sus 'tutores' imaginarios... En el acto que han cometido siempre hay un otro presente". El "otro" del mandato. El "macho alfa". El que no es una presencia física sino un ideal a alcanzar: el soberano, el poderoso. "La violación no busca una satisfacción sexual, es la satisfacción de la necesidad de dominio sobre los cuerpos de las mujeres... No es el deseo de un sujeto por un cuerpo de mujer... la líbido está puesta en mostrar a los otros hombres que pueden dominar un cuerpo... El hombre tiene que decirles a los otros hombres que es un hombre".

Y hace referencia a los procesos de insensibilización a los que los hombres son sometidos en ciertos entrenamientos militares: "Manuales de entrenamiento para la violación, programación para la violación como acto de guerra". Y a cómo en los ritos de iniciación para formar parte de grupos delincuenciales: "Un niño es un hombre cuando ya mató". Cuando ya no siente más. Cuando es capaz de violar y matar como si la víctima no fuera un ser humano. Cuando es capaz de romper sus vínculos, de anular su capacidad de empatía. "En todas las sociedades la violación es una práctica común, violencia de género hay en todo el mundo, pero no todo patriarcado es un patriarcado violador". ¿En dónde reside la diferencia? En los contenidos diferenciados del mandato de masculinidad. En lo que en una cultura se valora o no, como "masculino". 

Entre más conflicto le cree a un hombre el no responder a los mandatos, entre más vulnerable se sienta, entre más fragilizado, más recurrirá a la violencia contra las/los niñas/os adolescentes y mujeres como una forma de ganar poder y de afirmarse. "Los violadores de calle, ven (y hablan de) su órgano sexual como un arma". Ante la impotencia de no ser ese "macho alfa", "solo les queda extraer el tributo de los cuerpos femeninos". Sostener en la violencia ese pacto consciente o inconsciente que se juega entre hombres, y que tantísimos de ellos no pueden, no quieren cuestionar. Pero los mandatos son transformables. Las culturas cambian. También las maneras de establecer los vínculos hacia adentro de las familias. 

Y, como bien dice Segato, la violencia contra las mujeres no puede ser "solo un asunto de mujeres": "Tenemos que convencer a los hombres para que se demarquen del mandato, lo desobedezcan y puedan entender que desobedecer es noble, se necesita ser 'muy hombre' para desmarcarse del mandato de la masculinidad".

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